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Archivos confinados y contingencias de la memoria, por Sol Henaro


Octubre, 2020

Con desfases de semanas según las localizaciones geográficas, desde hace unos meses nos tomó por sorpresa la radicalidad con la que apareció el Covid-19 en nuestros vocabularios, decisiones y proyecciones. Nada parecido habíamos vivido y nadie había imaginado, ni en sus más paranoicas y aprehensivas reflexiones, un escenario en el cual hacer frente desde nuestros diversos ámbitos de trabajo a la amenaza del virus.

Durante estos meses realizando el trabajo desde casa —el llamado teletrabajo— además de extrañar el espacio, los libros, los archivos, los compañeros, los usuarios y a nuestro pequeño fantástico mundo nerd, en las noches de insomnio asalta la pregunta por cómo se encontrarán los archivos sin uso, ahí… como nosotros, en cierto modo también confinados.

Hace unos años durante una presentación, Interference Archive —quienes estudian el cruce entre producción cultural y movimientos sociales— expusieron su defensa del uso y acceso a los materiales como una de las mejores estrategias de conservación, en tanto que a través de la consulta los materiales son activados o releídos en el presente1 y, en consecuencia, extienden su vida no tanto material sino simbólica o de repercusión mientras que reconectan con otros sujetos y sus respectivas perspectivas sobre los materiales.

Durante esta temporada los archivos han estado perfectamente resguardados en mobiliarios de alta densidad, con condiciones estables de clima, impecables en su quietud e imposibilitados para la consulta hasta nuevo aviso. Incluso, al volver físicamente a los archivos, por lineamientos de seguridad probablemente se suspenda la consulta pública o bien, se reduzca la cantidad de visitas y vendrá la aplicación de «cuarentenas» a los documentos consultados, catalogados o digitalizados. Si el riesgo reside en el contacto con la superficie física, oportunamente aparece la pregunta por poner en línea los acervos para que a través de la asepsia de la(s) interface(s), puedan ser consultados.

Claramente, más allá del deseo por «liberar» archivos en línea para una consulta descentrada y múltiple, enfrentamos dificultades debido a las economías del sistema cultural que pocas veces ponen el énfasis en los acervos documentales. Añadiría, además, que no siempre es posible poner «todo» en línea ya sea por el propio volumen del acervo, por cuestiones de derechos patrimoniales y morales, o por dificultades económicas para asignar tanto personal capacitado como dispositivos para alojar repositorios digitales (sin convocar otros signos de alarma como lo es la propia obsolescencia del software).

¿Cómo re-imaginamos la vuelta a los centros de documentación, a los archivos y a las bibliotecas cuando logre estabilizarse medianamente la crisis? ¿Cómo racionaremos el acceso o las consultas? ¿Cómo daremos acceso a los materiales físicos que implican ser tocados, hojeados, es decir, sentidos durante una crisis sanitaria que pone la alarma en el contacto?

Ahora mismo las preguntas y estrategias se ponderan, se retoman manuales y catálogos de riesgos de acervos documentales que han surgido después de experiencias donde huracanes, terremotos, incendios e inundaciones han vulnerado o destruido dramáticamente acervos únicos. Sin embargo, los existentes no integraban sino hasta ahora un factor sanitario como el de la actual pandemia. En la actualización de planes de emergencia vinculados a acervos documentales han circulado comunicados, conferencias y testimonios para pensar de modo colectivo qué tipo de parámetros y estrategias podemos considerar juntos. Aquí el pensar necesariamente de modo colaborativo resulta, nunca mejor antes dicho, vital.

Recientemente la UNESCO invitó a reflexionar sobre el patrimonio documental y la posibilidad de reunir materiales que funcionen como testimonios en el futuro. Al leer esto, recordé el artículo publicado en El País el 9 de abril titulado «Las pandemias que fueron, antiguas cuarentenas y nuevas enseñanzas»2 donde la Dra. Ana María Carrillo Farga, historiadora de la medicina e investigadora de la UNAM, traza una deriva desde la peste y la viruela durante los siglos XIV o XVII hasta aquellas como la gripe española, el VIH o la gripe porcina H1N1. ¿Cómo sería posible ese tipo de conexiones y puestas en relación sino a partir del acceso a archivos, bibliotecas y fondos reservados?

Pero así como hay una responsabilidad con el pasado también debe plantearse la necesidad de documentar el presente y apuntar, como diría la investigadora chilena Javiera Manzi, hacia una suerte de «militancia con el tiempo». En esta dirección, me pregunto por las iniciativas que ahora mismo están procurando asir en cierto modo las expresiones visuales, creativas e intelectuales surgidas en el contexto de la pandemia en distintos contextos geográficos. Repositorios del presente como cápsulas de sentido para el futuro.

Hay en marcha varias iniciativas, desde El Museo Etnográfico de Castilla y León con el proyecto 2020 testimonios de una pandemia–Antropología del presente, para crear un archivo oral y visual; o la biblioteca del Museu Valencià d’Etnologia con el proyecto Mems «Els valencians i el coronavirus»  (memes, los valencianos y el coronavirus), con el que se propone recopilar documentos cuya fuente de origen son las redes sociales. Sobre estas visualidades tan de nuestro tiempo, los memes, el artista de net art Canek Zapata, a través de su propuesta editorial y curatorial, me confirma cómo los memes condensan información social, ganando un lugar como parte de la cultura visual contemporánea.

En esta pandemia, al menos en México, los memes una vez más han permitido fugar desde el humor mucha de la frustración, ansiedad y preocupación que también en una suerte de contagio, va y viene entre nosotros. En un contexto como el que atravesamos donde no podemos salir como antes, ¿qué otro tipo de visualidades podríamos reunir si no lo producido o circulado a través de plataformas digitales? Memes, textos y ensayos en línea, antologías en PDF, videos, Instagram lives, podcast. Si esta es la realidad actual y el tipo de plataformas que mueven contenidos durante el confinamiento, ¿cómo documentarlos? ¿cómo estimar su preservación cuando su origen digital conlleva una alarma de riesgo por la obsolescencia del software?

En 2017 programamos la segunda edición de Archivos Fuera de Lugar. Desbordes discursivos, expositivos y autorales del documento en el MUAC. Dos días antes de celebrarlo ocurrió el sismo del 19 de septiembre, ubicándonos en un nuevo «fuera de lugar» que nos obligó a reordenar fuerzas y preguntas éticas. Desde ahí, a puerta cerrada y completamente afectados, compartimos y reflexionamos sobre la vulnerabilidad de la memoria, de los acervos y de los cuerpos.

Durante esos dos días en que nos dividíamos en atender a ponentes internacionales asustados y asistir a las brigadas de apoyo nocturnas, recibí la llamada de la artivista Lorena Méndez de la Colectiva La Lleca para decirme, con una voz muy afectada a través del teléfono, que no sabía si su vivienda tenía daños y por tanto, temía por el archivo de la colectiva. Así, en una suerte de S.O.S. de archivos, sacamos los materiales para albergarlos temporalmente en mi casa hasta que pudieron ser integrados al patrimonio universitario de la UNAM a través del MUAC. Quienes trabajamos con políticas de la memoria no somos inmunes a sentir en riesgo memorias, desde ahí también entendemos la emergencia y ponemos nuestras capacidades. Muchos exigimos el derecho a la memoria e información y nos percibimos corresponsables desde nuestros espacios de trabajo y nuestras prácticas.

Los archivos son frágiles. Se afectan por catástrofes naturales (basta recordar el aluvión en Florencia que en 1966 afectó dramáticamente el patrimonio documental de varias bibliotecas),3 descuidos o accidentes provocados quizás por falta de mantenimiento (Incendio Museo Nacional de Brasil, Río de Janeiro, 2018), acciones-crimen impulsadas por la ignorancia y falta de sensibilidad (universidad mexicana vende por kilo documentos históricos a recicladora, 2019), falta de políticas institucionales o el desprendimiento acrítico de archivos en función de entenderlos únicamente como mercancía y valor de cambio, cooperando con la posible fragmentación de los mismos y en algunos casos, con la imposibilidad de ser de acceso público. Debería estimarse la preservación y activación de los acervos documentales como políticas también, de otras sobrevivencias.

Las políticas de la memoria pueden ser vulneradas por intenciones muy variadas que comparten un objetivo a veces descarado, otras subrepticio: el borramiento o el olvido. Tenemos penosas experiencias donde archivos medulares han sido afectados por perniciosos intereses por desaparecer testimonios y documentos sobre acontecimientos que estructuras de poder persiguen, con el objetivo de no hacer pública determinada información. Un caso no resuelto, por convocar un ejemplo, es el incendio que en 1982 consumió prácticamente todo el acervo fílmico de la Cineteca Nacional de México, con la hipótesis de que el Estado quería eliminar todo registro fílmico vinculado al movimiento estudiantil de 1968.

A propósito de esto, recientemente volví a ver el documental La maleta mexicana, de Trisha Ziff, en el que la directora narra hábilmente, a través de un rico conjunto de entrevistas en distintos contextos, el «milagro» de la deriva de aquellos repositorios artesanales que contuvieron, por décadas, los negativos de Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour sobre la Guerra Civil española, tomados entre 1936 y 1939. Recuperados en México en 2007, de esas maletas corría el rumor, casi como leyenda, que habían sido enterradas en un jardín, una suerte de «embute de la memoria», tal como indica Ana Longoni sobre los escondites de materiales militantes que debían ser clandestinos durante (e incluso después) de la dictadura en Argentina.4 

Queda en evidencia lo que los documentos pueden permitir en términos de relecturas de un momento, además de señalar cómo estas memorias peligran según quién las recibe, conserva, comparte, investiga, esconde o destruye. Convoco otro documental, esta vez de Óscar Menéndez, Historia de un documento, de 1971. Menéndez había partido a París en 1970 para fugar las cintas de México sobre el movimiento estudiantil de 1968 en un deseo claro de salvarlas de la persecución para ser incautadas, censuradas o destruidas. La postproducción la llevó a cabo fuera de México y no fue sino hasta 2004 cuando pudo ser proyectada en México.

En el significado de recluir algo dentro de límites, son muchas las formas que puede tener el concepto de confinamiento. No queremos archivos, bibliotecas, ni centros de documentación zombies. Necesitamos volver a ellos para abrir o continuar diálogos que permitan seguir problematizando los relatos históricos y restablecer el flujo afectivo de la memoria con los sujetos. ¿Cómo daremos cuenta de esta nueva emergencia provocada por el coronavirus? Queremos volver a los archivos y tener experiencias presenciales con ellos: tocar, percibir con nuestros ojos las cualidades de un papel envejecido, vivir la emoción de encontrarse con ellos así sea a través de la profilaxis en nuestras manos y dedos.

Una nueva asepsia se (nos) presenta como impostergable. Confinados los cuerpos, como los documentos, deseamos volver así sea de otro modo a ellos. Vendrá nuevamente un tiempo de profilaxis probablemente radical pero incluso con la mediación del látex, una cosa queda en evidencia: las contingencias de la(s) memoria(s) no serán nunca una carpeta cerrada.

Foto de portada: Centro de Documentación Arkheia, MUAC (DiGAV-UNAM) | Cortesía MUAC.

Fotos de texto: Vista de la exposición Arte acción en México. Registros y residuos. Centro de Documentación Arkheia, MUAC (DiGAV-UNAM). Foto: Oliver Santana

*Este texto retoma reflexiones en proceso presentadas durante la plática vía Instagram live: MEMORIA C, Barcelona-Ciudad de México. Marzo 2020.

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1 Consultar: We are what we archive, Amy Roberts y Louise Barry. En: Archivos Fuera de Lugar. Desbordes discursivos, expositivos y autorales del documento. Museo Universitario Arte Contemporáneo, MUAC UNAM, y Ex Teresa Arte Actual, INBA. Ciudad de México. 2019. p. 50. Disponible aquí.

2 Consultado el 10 de abril de 2020. Disponible aquí.

3 Esos hechos dramáticos para la memoria e información en la región Toscana dieron origen al Centro di documentazione delle alluvioni di Firenze (Centro de Documentación de la inundación de Florencia). Ver aquí. Consultado el 24 de mayo de 2020.

4 Longoni, Ana. Embutes de la memoria. En Contexto y acción, 23 de junio de 2018. Consultado el 24 de mayo de 2020. Disponible aquí.

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Sol Henaro es licenciada en Arte por la Universidad del Claustro de Sor Juana, con máster en Estudios Museísticos y Teoría Crítica por parte del Programa de Estudios Independientes del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona.

Su campo de especialización es la historiografía crítica de prácticas artísticas de las últimas cuatro décadas. Investiga producciones y artistas al «interior del pliegue de la memoria» y apuesta por la generación e intervención de micronarrativas, interés que ha impactado su quehacer docente, académico y curatorial. Forma parte de la Red Conceptualismos del Sur desde 2010. Su investigación sobre Melquiades Herrera tuvo salida editorial en 2014 a través de Alias Editorial y desde 2015 es curadora de Acervo Documental y responsable del Centro de Documentación Arkheia del MUAC. 

En 2017 recibió el reconocimiento Distinción Universidad Nacional para jóvenes académicos en el campo de creación artística y extensión de la cultura que la Universidad Nacional Autónoma de México otorga.