Arte

Opinión | Tracey Emin y su cama de €3.2m


Por Andrea García Cuevas / @androclesgc | Agosto, 2014 

Después de una ruptura amorosa en 1998, la artista británica Tracey Emin pasó 4 días sin salir de su cama. Lo que fue un fracaso personal y un episodio traumático se convirtió más tarde en una de las obras más polémicas, más icónicas y también más caras del arte contemporáneo. Se trata de My Bed (1998), una instalación compuesta por la propia cama de la artista, envuelta en sábanas arrugadas, con ropa interior sucia encima, y rodeada de botellas de alcohol, cajetillas de cigarros, preservativos usados, pastillas anticonceptivas, pañuelos, un perro de peluche y unas pantuflas.

La obra es testigo de una crisis y escenario de posguerra. Pero, sobre todo, es un autorretrato, como lo ha mencionado la misma Emin, íntimo, fascinante e incómodo. Cuando fue presentada por primera vez causó furor por su aparente contenido sexual y por exponer sin reservas un momento tan personal (la fragilidad humana) frente a la mirada pública que, en vísperas del siglo XXI e incluso ahora, no carece de un conservadurismo pretencioso e hipócrita. Y es que, más allá de las pantaletas y las huellas de libertad —que siempre han irritado a esa mirada común—, My Bed exhibe aquello que se oculta en la consciencia colectiva: el placer de ver. El arte revela el deseo (¿obsesión?) de siempre ver y sitúa al espectador como un voyeur. La cama de Emin es un ejemplo claro, de ahí que incomode, porque la ropa sucia se lava en casa, dice el dicho popular de antaño, pero no se puede dejar de ver.

A principios de julio Emin rompió su récord de venta y se convirtió en la artista viva más cara cuando la casa de subastas Christie’s la vendió por €3.2m, el triple de su precio estimado. El éxito comercial de la pieza está respaldado por la validación institucional: la artista formó parte del legendario grupo de los Young British Artists —que en la década de los noventa irrumpieron con propuestas provocadoras— y fue nominada al prestigioso Premio Turner en 1999, precisamente por My Bed. No obstante, en su valor económico hay otro trasfondo, el de la obra de arte como fetiche. En este caso, su aura como objeto artístico contiene también el aura del artista en su expresión más personal.

El nuevo dueño de My Bed es el coleccionista británico Christian Duerckheim, quien ha anunciado que prestará la obra a la Tate Gallery por 10 años. Después de su compra, el también Duque mencionó: “siempre he admirado la honestidad de Tracey, pero compré [la pieza] porque es una metáfora de la vida, donde los problemas nacen y la lógica muere.” Por su parte, Emin se mostró entusiasta de que la obra regresara a la galería que considera su casa e insistió: “[My Bed] es un autorretrato, pero no uno al que la gente le gusta ver.”