Arte

Opinión | Venus atómica, de Nicole Chaput


Por Isabel Sonderéguer | Enero, 2022

Ingresar a la exposición Venus atómica de la artista Nicole Chaput (México, 1995) en Galería Karen Huber es adentrarse en un diálogo en torno al cuerpo femenino y su representación. Las figuras, híbridos entre pintura y escultura, entre cuerpo y objeto, interpelan a quien mira al momento de recorrer la sala. Las muñecas de Chaput —como le gusta llamarlas — lanzan preguntas respecto a los modos en los que se ha mostrado a las mujeres a lo largo de la historia del arte, intentando ahora romper los moldes y reclamar su derecho a la autorepresentación. El cuerpo es, finalmente, nuestro punto de vista del mundo, el horizonte latente de nuestra experiencia, la piel con la que construimos conocimiento.

La artista condensa en la muestra una serie de referencias provenientes de diversos lugares. Se materializa en sus piezas la combinación de un universo cinematográfico de ciencia ficción con el de la alta moda y referencias a diversos momentos de la historia del arte y la cultura. Las venus anatómicas son mujeres de cera en posición de orgasmo, cuyos cuerpos se podían abrir para ver los órganos internos, diseminadas a lo largo de Europa en distintas escuelas de medicina durante el siglo XVI y XVII. Además de ser una herramienta de aprendizaje, fungieron como mecanismo para la idealización de la figura femenina. Chaput entreteje este imaginario visual con las venus paleolíticas, que se cree se trataron de autorepresentaciones que realizaban las mujeres prehistóricas, como una forma de reconocimiento del cuerpo propio.

La muestra efectúa un ejercicio de estudio y reinvención de las tecnologías de representación de los cuerpos femeninos. El resultado es una especie de pintura corpórea, creada a partir de diversas técnicas textiles que Chaput fue descubriendo en la práctica y de manera intuitiva. Son las figuras que antes se encontraban en sus lienzos, pero no dejaban de estar atrapadas. Esta liberación del marco pictórico les permite volverse cuerpos que habitan nuestro espacio. La artista afirma que ya no quiere hacer imágenes, sino cuerpos, en una búsqueda constante por encontrar nuevas formas de construir corporalidades.

El espacio mismo pone en evidencia las referencias que nutren el imaginario de Chaput. El espejo que sirve como piso de la exposición permite al público jugar con su imagen, realizando un ejercicio de autoexploración y reclamando su derecho al autorretrato al observar desde arriba el reflejo de su cuerpo para imaginarlo de otras maneras, al igual que las mujeres paleolíticas. El color frío con el que están pintadas las paredes contrasta con lo carnoso y orgánico de las obras, remitiendo a un espacio clínico, médico, como aquel en el que se utilizaban las venus anatómicas. Estos elementos están también impregnados de un aspecto metálico, recordando a escenarios del cine de ciencia ficción. La artista se inspiró en una cueva que aparece en la película Barbarella (1968), donde una heroína espacial vestida por Paco Rabanne pierde su inocencia a través de placeres tecnosexuales; y en la paleta de colores de The Lure (2015), musical polaco que parece ser un remix de La Sirenita. De esta película surge también una idea de la transformación del cuerpo a través de lo quirúrgico.

Al mismo tiempo, la elección de este color encuentra su origen en las tiendas de la marca Miu Miu, una de las favoritas de la artista. La muestra está fuertemente vinculada con el universo de la moda y la alta costura. Chaput utiliza su producción plástica como un vehículo para detonar reflexiones más amplias en torno al mundo del arte. Generalmente, es sencillo olvidar que los objetos artísticos son en realidad objetos de lujo. Intentando volver esto evidente, la artista utilizó materiales sofisticados para producir sus muñecas. Desde seda y lana hasta perlas, pero también el pigmento mismo está realizado a partir de minerales preciosos mezclados en aceite. Las pinturas utilizadas para construir estas figuras contienen partículas de mica, las cuales se utilizan también en el maquillaje, o blanco de plomo, material que solía usarse en productos cosméticos. De esta forma, la exposición pone en evidencia el vínculo entre la haute couture y el arte, volviéndolos en un símbolo de estatus y un objeto de deseo.

La pintura va más allá de los límites de lo real, nos muestra sus huecos y sus fisuras, permite abrir la piel y dejarnos entrar a ver lo que se encuentra al interior del cuerpo. Estas pinturas blandas realizan un ejercicio especulativo de la anatomía femenina, apostando por mutaciones que les permitan adaptarse al ambiente hostil en el que existen. Al mismo tiempo, muestran una realidad: los aspectos grotescos, internos del cuerpo. La carne, los músculos, los intestinos y las venas. Los pelos sin rasurar, los dientes y las uñas. Al igual que las venus anatómicas, exhiben aquello que se encuentra oculto bajo la piel, pero tomando esto como punto de partida para su liberación.

Las muñecas se encuentran en posiciones extrañas, contorsionadas. Mostrando una versión distinta, más íntima y en constante mutación, de lo que es habitar un cuerpo femenino. Una representación visual y matérica de la lucha constante que hacemos las mujeres por encontrar nuestros propios espacios, nuestras propias maneras de ser y existir. Chaput creó un mecanismo que le permite materializar, corporeizar, los deseos, sentimientos y humores.

Un acto imaginativo en torno a nuevas formas de representar el cuerpo femenino que aterrizó en seres quiméricos y místicos. Eso sí, en tacones, con esmalte en las uñas y rímel en las pestañas. Esto es, también, una referencia a la industria de la moda y la alta costura. Por un lado, el universo de objetos de lujo hace resonar hasta el infinito una imagen estereotípica, anquilosada y repetitiva de lo que es el cuerpo femenino. Las mujeres (nosotras mismas un
artículo a la venta), solo tenemos derecho a ser hermosas, delicadas, suaves. En cambio, las venus atómicas de Chaput exigen a gritos su derecho a ser grotescas.

Chaput incluso habla desde el cuerpo y la experiencia propios: ¿qué significa navegar el mundo siendo mujer? ¿Qué significa crear representaciones femeninas desde nuestro propio punto de vista? ¿Cómo podemos encontrar formas y figuras que permitan una aproximación libre al cuerpo femenino y nuestros modos de existencia? ¿Cómo podemos hacer pintura alejándonos de las tradiciones masculinas?

Las venus atómicas, al encontrarse libres de la estructura rígida del bastidor, retan la autoridad históricamente atribuida a la pintura, la cual representaba y creaba desde una mirada masculina los cuerpos femeninos. Ellas buscan ahora sus propios cuerpos y deseos, sus propias mutaciones. Lo atómico funciona entonces como una tecnología de la destrucción, haciendo frente a un mecanismo visual que ha resultado dañino, al menos al haber establecido ciertas normas de lo que es y debe ser una mujer. Nicole Chaput las situó, al mismo tiempo, fuera del cubo blanco, para no volverlas a encerrar en un marco estricto. La exposición en la galería es más bien un templo glamuroso, que permite honrar la liberación de estas figuras femeninas.

Las muñecas luchan por salir de la pared, por habitar con nosotros el espacio, por ser cuerpo y piel, por salir corriendo con sus tacones y convertirse ellas mismas en un objeto de alta cultura, que se pueda portar y usar. Por ser la piel que recubra nuestros órganos y nos proteja del ambiente hostil que las obligó a mutar. Y efectivamente, entrar al espacio es acceder a otra dimensión, a la cueva de Barbarella; a un recinto místico, sagrado, que le da por fin a estos cuerpos el lugar que se merecen.

Foto de portada: artforum.com

Fotos de texto: Beka Peralta | Galería Karen Huber

Fotos de texto: Cortesía de la artista.