Arte

Opinión | Trilogía existencialista de Roy Andersson


Por Gustavo Cruz / @piriarte | Septiembre, 2014

En 1970, el cineasta sueco Roy Andersson estrenó su ópera prima En kärlekhistoria, cuyo título se traduciría literalmente como “Una historia de amor”, pero que fue distribuida en el resto del mundo como Una historia de amor sueca. En el romance adolescente que retrata la película, encontramos la torpeza y la inocencia que se consideran requisitos para un amor puro. Formalmente está tan bien contado este primer amorío y apela a un momento tan intenso de las biografías personales de cada uno de nosotros que el final, un crudo recordatorio de la lucha de clases al interior de las sociedades europeas, queda completamente eclipsado. Así, la ópera prima de Andersson se vuelve una de las películas más incomprendidas de las que tenemos noticias, que además causó que el director se retirara de la producción fílmica por un periodo de 30 años. Cuando él proponía guiones mucho más centrados en lo social y lo político, las productoras le pedían otro romance, otro éxito de taquilla.

A causa de esto —en un giro un tanto irónico de la vida—, impedido de analizar y criticar a la sociedad de consumo, Andersson se dedicó a la publicidad y hace comerciales televisivos de un humor y una inteligencia que uno pensaría imposibles de surgir en el ámbito del mercadeo. Pero es gracias a este trabajo que el director nórdico vuelve al cine y lo hace con un radicalismo sorprendente. Producto, quizás, del hastío de trabajar en agencias publicitarias o, también, consciente  de que no se puede ser sutil con el público de las industrias culturales; sí quieres decirles algo importante sobre sí mismos, tienes que decírselo de la manera más seca y directa que puedas, para que no desvíen su atención hacia las trivialidades.

Su segunda película, Canciones del segundo piso (2000), abandona por completo la narración tradicional. En lugar de una historia, la cinta se compone de viñetas en las que una cámara inmóvil retrata escenas de desencanto y desquiciamiento que se suceden una tras otra hasta aplastar todo entusiasmo, robándonos risas y suspiros en el proceso. La inmovilidad de la cámara podría sugerir una asociación con el teatro y con esto una anulación de lo cinematográfico. La preocupación de Andersson tiende más a lo pictórico, sus viñetas se inspiran en los grandes maestros del barroco. «Esto tampoco es cinematográfico», puede reprochar cualquier seguidor de Bresson, pero la obra se produce a través de la sucesión de las viñetas, ninguna —por muy rica que sea visualmente— se sostiene por sí sola unida al dispositivo del montaje, la sustancia del cine.

Este año estrenó A pigeon sat on a branch reflecting on existence en el Festival de Cine de Venecia, siendo reconocida con el León de Oro, máximo galardón del festival. Esta cinta, al igual que su antecesora, Tú que estás vivo (2007), es estética y argumentalmente coherente con la primera entrega, formando una trilogía sobre la existencia misma.

Esperamos que la última entrega de esta trilogía sea parte de la próxima Muestra Internacional de la Cineteca, como lo fueron sus predecesoras.