Arte

Opinión | Taller de escritura mural


Por Sandra Sánchez / @phiopsia | Agosto, 2014 

Quizá, si existiera un programa gubernamental que fomentara la escritura, tendríamos un país con más lectores. Estamos llenos de grafías: la señales citadinas, los encabezados en cada esquina, las redes sociales, las instrucciones para andar en bicicleta o las que quedan arrumbadas entre el polvo y el olvido. Cuando se habla de un país de lectores, se retoma una expectativa vieja del humanismo, aquella que Sloterdijk señala en Normas para el parque humano: la literatura nacional y la literatura universal nos distancian de la barbarie.

Leer no te hace una mejor persona; hay asesinos educados y asesinos incultos, hay doctores en filología déspotas y doctores en filología amables, los curadores no se escapan. Leer amplia las posibilidades de reacción ante situaciones cotidianas, el imaginario se nutre de experiencias, se conocen lugares y también nuevas perspectivas sobre situaciones nimias y excelsas; la lectura genera una memoria, un archivo aparte. Sin embargo, las decisiones que tomamos, como sujetos de imputación moral, sobrepasan cualquier intento de domesticación por medio de las letras, la cultura y la norma. He ahí nuestra supuesta libertad.

La lectura conlleva otro ejercicio que puede propiciar la introspección, la escritura. Escribir es escoger y editar. Primero aquello de lo que se quiere hablar, luego las palabras preciosas y precisas que contendrán el impacto de la experiencia vital o la comunicación de la síntesis del pensamiento. Finalmente, nos encontramos con la forma en que se acomodarán las palabras: una frase, un aforismo, un ensayo académico, un cuento, un recado junto al sándwich del hijo, del amado, de la madre. Se escribe para afuera mientras se expande el adentro. Tal fue el ejercicio planteado por la artista visual e investigadora Verónica Gerber para su Taller de Escritura Mural, llevado a cabo del 11 al 15 de agosto, en la galería de Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

El taller, coordinado por la artista en colaboración con la división de públicos y comunidades del MuAC, busca un diálogo directo con los espectadores. Para participar en la actividad, se lanzó una convocatoria abierta; curiosos y amantes de la escritura se reunieron bajo el cobijo de la imagen y la palabra. La parte teórica del taller se centró en aquellos artistas-escritores que han generado un alfabeto propio, una forma única de generar significantes, en donde el significado no es lo más importante, sino la relación entre la imagen y el acto de escribir: Roberto Altmann, Frédéric Baal, Roland Barthes, Jacques Calonne, Carlfriedrich Claus, Mirtha Dermisache, Christian Dotremont, Pierre Guyotat, Brion Gysin, Henri Lefebvre y Sophie Podolski. La selección de artistas partió del cuento “Vagabundo en Francia y Bélgica” de Roberto Bolaño.

La parte práctica comenzó con una reflexión sobre la escritura ¿qué diferencia hay entre leer y escribir? ¿para quién escribimos? ¿sabemos leer? ¿es necesario inventar otro código? ¿una palabra es una imagen? Entre los integrantes del taller se elaboró un alfabeto nuevo y, después de dialogar, se escogieron y editaron frases que invitaban a reflexionar sobre el acto de escribir: “las palabras se desmoronan, las ideas permanecen”, “la escritura es la trascendencia codificada de la historia”, “si eres un signo, ¡re-signifícate!”. La actividad culminó en una serie de murales en la Facultad de Filosofía y Letras, en donde, al igual que en Los hablantes, el transeúnte no puede decodificar a primera vista lo que la inscripción significa. Lo que mira son grafías, dibujos, imágenes. Hay alguien que habla, que escribe, que dice algo: ¿dónde está el significado?

La generación de un nuevo alfabeto es la invitación a la escritura misma. Leer no te hace una mejor persona, escribir tampoco, pero el simple hecho de poner sobre las ideas sobre papel, las redimensiona. La traducción del pensamiento a la inscripción del mismo permite un segundo momento de análisis: ¿por qué decimos lo que decimos? Sin duda alguna, iniciativas museísticas de esta índole generan nuevas redes y desbordan el simple acto de contemplación en el museo; abren la puerta al trabajo colectivo, a la acción, poiesis, quizá.

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