Arte

Opinión | #OscarsSoWhite


Por Gustavo Cruz / @piriarte / Enero, 2015 

El año pasado, la Academia premió como mejor película Doce años esclavo, del director británico Steve Mcqueen. Es verdad que Mcqueen parece comprometido con nunca superar su ópera prima Hambre, su mayor logro cinematográfico, pero Doce años esclavo tocaba un punto de mayor inflexión y actualidad política. En una nación que, tras haber elegido a un hombre afroamericano como presidente, intenta dar carpetazo al problema del racismo, el recordatorio que hace la cinta de una historia de humillación y sufrimiento infringido de blancos a negros es importantísimo, porque ayuda a echar luz sobre la actualidad de las secuelas de ese pasado.

Los premios Oscar han intentado siempre funcionar como la conciencia de la nación. Desde principios de este siglo, cuando prestaron su foro para las protestas en contra de la intervención estadounidense en Iraq (recordemos a Gael diciendo que, de estar viva, Frida Kahlo habría estado en contra de la invasión). Es por eso que la ceremonia del año pasado, con Mcqueen y su película premiada, al igual que la actriz Lupita Nyong’o, se entendía como un intento de expiar culpas post-coloniales por parte de la industria hollywoodense. Por otro lado, el año anterior, la aparición de la primera dama Michelle Obama parecía querer mostrar al mundo una nación unida en un proyecto liberal. La premiada de aquel año, Argo, mostraba lo infalible de la maquinaria bélica estadounidense cuando asume funciones de rescate.

Este común entendimiento pudo haber sugerido que la Academia estaba acompasándose con las transformaciones que atravesaba la sociedad norteamericana, encaminada a ser por fin una nación tolerante y orgullosa de su diversidad. Los premios que otorgaría, entonces, podrían incluso anticipar más cambios positivos, ser premonición de una mejor nación. Sin embargo, tras el anuncio de las nominaciones de este año, la Academia parece querer desmentir esta interpretación, asumiéndose, en su lugar, como un síntoma más. Después de un año marcado por tensiones raciales después de los asesinatos de dos civiles afroamericanos desarmados a manos de oficiales de la policía, asesinatos por los que nadie recibió castigo alguno, la lista de los nominados para el Oscar este año son predominantemente blancos. No hay ningún nominado de color compitiendo ni como escritor, o director o actor, ni siquiera actor de reparto. No sólo eso, no hay ninguna mujer nominada para mejor dirección o mejor guión, parece que fueron incluidas en las secciones para mejor actriz y actriz de reparto sólo porque era imposible nominar hombres para esos premios. La comunidad afroamericana solo tiene presencia con la nominación de Selma para mejor película, una categoría en la que la favorita es Grand Budapest Hotel, una cinta que se nutre de una nostalgia por la grandeza perdida de la aristocracia europea. Es por eso que el hashtag #OscarsSoWhite ha cobrado fuerza estos últimos días. Resulta sumamente importante no pasar por alto estas tendencias en el marco de las representaciones, pues el retorno a un mundo más intolerante a la diferencia y con aumento en los nacionalismos no parece imposible, sobre todo, después de los ataques en París el 7 de enero.