Arte

Opinión | La última película, de Raya Martin y Mark Peranson


Por Gustavo Cruz / @piriarte | Noviembre, 2014

En una de las secuencias iniciales de La última película, Alex Ross Perry deja claro a la audiencia cuales sin sus pretensiones fílmicas. Perry, director independiente norteamericano actúa como sí mismo, buscando supuestamente locaciones para su nueva cinta, una película que pretende ser la última película de la historia pues será filmada en el periodo en el que la historia misma llegará a su fin: el 21 de diciembre de 2012. Es por eso que busca locaciones en la península maya, guiado por un local, el actor mexicano Gabino Rodríguez, quien también actúa como sí mismo.

Este es el planteamiento de la película coescrita y codirigida por el canadiense Mark Peranson y el filipino Raya Martin, que pretende ser una reflexión sobre el cine y las transformaciones actuales que ha tenido, sobre todo en lo referente a sus formatos. Es por eso que la elección de usar un título en español es muy acertada. Más allá del homenaje al film de 1971 del norteamericano Dennis Hopper The last film, la traducción al español captura mejor la idea de la muerte del celuloide en el cine. Dato curioso, La última película fue el único nuevo largometraje estrenado en 35 mm durante el festival de cine de Toronto de 2013. Esta preocupación se hace presente durante toda la cinta a través de los numerosos cambios de calidad en la imagen, producto del uso de película de 8 y 16 milímetros, así como varios formatos digitales. Godard ya había utilizado esta estrategia en Film socialisme.

Como se propone problematizar el cine, La última película tiene varios momentos de erudición que eran previsibles. Los protagonistas comentando el ejercicio, cortes bruscos que evidencian el dispositivo del montaje, la aparición recurrente de la claqueta o del microfonista, este último gesto identificado generalmente como una de las evidencias más recurrentes de descuido en películas convencionales. Parece que quienes saben mucho de cine son los mejor capacitados para hacer mal una película. Sorprendentemente, y este es un punto a favor, el montaje entrega un ritmo que no vuelve tediosa la proyección. Además, y este es quizás lo mejor del proyecto, la actitud apática e irónica de Rodríguez antes los soliloquios grandilocuentes de Perry le da a la película un humor que se agradece muchísimo. Sin embargo, si la pretensión original, «destruir las concepciones comunes del cine», es lograda, no es tan seguro. El cierre de la cinta debe, en lo formal, menos a la historia fílmica que a la estética del videoclip, que ha encerrado al medio en una muy incómoda obsesión por los lugares comunes.