Arte

Opinión | La luz vuelta flecha, de Mauricio Alejo, por Sandra Rozental


Agosto, 2021

Bolsas de plástico y cables que bailan solos. Pedestales de piedra que se deslizan en un patinaje agraciado. Una pelota de mármol que deja huella de su camino y que a la vez queda marcada por él. Granos de azúcar de color amanecer que explotan en un destello casi cósmico en el piso. Rayos de sol que registran el paso del tiempo. Palillos de madera, alfileres, puntas de lapiceros y popotes que se apilan para llegar a nuevas alturas y desafiar la gravedad. Objetos cotidianos —esos, los que más usamos pero que parecen tan insignificantes y poca cosa que casi no los notamos en nuestros entornos— se vuelven en las manos y en la lente de Mauricio Alejo grandes coreógrafos, bailarines, pintores, y escultores.

En la exposición La luz es una flecha sin destino en el Centro de la Imagen, la primera exhibición del artista en un museo en México, la luz es la gran directora de la orquesta de materias y «pocas cosas» que imaginamos como inertes pero que sorprenden por su movimiento.

Recordando los trabajos de artistas como Dan Flavin y James Turrell, Alejo utiliza reflejos y sombras proyectadas cuidadosamente para esculpir nuevas formas y transformar el espacio. Con su obra participa así en una de las paradojas que ha cautivado a la física desde hace más de dos siglos: ¿Es la luz un continuo de energía o se trata de partículas? Y al igual que las extrañas conclusiones a las que ha llegado la física cuántica, la obra de Alejo parece recordarnos que efectivamente la luz es ambas cosas.

Mediante sus intervenciones, Alejo se centra en la objetualidad misma de la imagen, en la capacidad de la fotografía y de la luz, más ampliamente, de ser en sí misma escultórica, un objeto tangible que se mueve y nos mueve —que tiene materia y, por ende, agencia.

En la ciencias sociales y en las humanidades, se ha hablado en estas últimas décadas de la agencia de los objetos, de los modos en que no solo nos afectan, sino cómo actúan sobre nosotros, sobre el mundo. Esta agencia dista de ser equiparable con una voluntad en términos humanos. Más bien, como Bruno Latour y otros han insistido, los objetos deben entenderse como actores no humanos porque producen y son parte de redes. Su agencia está en su poder de reclutar y así generar nuevos encuentros, ensamblajes, y nodos que, a su vez, producen nuevos objetos. Estos estudios proponen un acercamiento desde la filosofía e historia de la ciencia, pero también existen aquellos, quizás más influenciados por la filosofía moderna de Baruch Spinoza y su concepto de «vitalidad» retomado por filósofos como Gilles Deleuze y Felix Guattari, que se han dedicado a la afectividad de la materia y a los agenciamientos, ensamblajes y las constelaciones que produce. Incluso, siguiendo a Jane Bennett, hay quienes hablan de su capacidad de «vibrar», poniendo de cabeza presuposiciones que equiparan a los objetos con la inercia, es decir, el no-mover, la no-vida.

De un modo juguetón, con el humor y el encanto que quizás solo los niños pequeños tienen en ese momento de la infancia cuando, antes de buscar explicar cómo funcionan las cosas, se dejan llevar por la magia del encuentro, las antropomorfizan buscándoles rasgos y rostros, o incluso las nombran y se aferran a ellas como compañeras, consejeras y cómplices, Alejo observa y pone en evidencia la agencia de las cosas y su capacidad de moverse y de movernos. A la vez, las transforma, confundiendo los géneros, volviendo la fotografía escultura, la escultura imagen, la marca y la huella, obras de arte. Con estos actos, el artista nos hace detenernos en la agencia de las cosas, pero también experimentarla con el cuerpo, de manera casi visceral.

La curaduría de la muestra a cargo de Daniel Garza Usabiaga refuerza este trabajo al colocar cada pieza en lugares que nos obligan a mirar, pero también a posicionar nuestros cuerpos de ciertos modos, a veces hasta incómodos: unas piezas están colgadas en las alturas, haciendo que tengamos que levantar la vista y entrecerrar los ojos para ver a la distancia, otras a ras de piso, forzándonos a agacharnos, otras más invaden todo el espacio, como el sonido acechante de unas flautas que acompañan al visitante en todo el recorrido, hasta que descubrimos al culpable de la melodía repetitiva y casi enloquecedora: un ventilador prendido en modo automático que sopla en las boquillas de los instrumentos cuidadosamente posicionados por el artista (Una melodía pertinente para la derrota final, 2017).

Durante el recorrido, mi acompañante sintió un deseo de tocar y de probar las gelatinas que en Recuerdo (2021), Alejo hizo cuajar inclinando el refrigerador para después regresarlo a su habitual verticalidad. Incluso, pidió permiso al artista quien nos acompañaba para abrir las puertas del refrigerador y al menos olerlas. A mí, más bien estas formas cuyo verde limón era tan artificial como literal, me hicieron sentir vértigo, como cuando nos bajamos de un barco y tenemos esa sensación tan extraña de seguir sobre una superficie líquida cuyo oleaje nos persigue en tierra firme.

Alejo nos hace detenernos y reformular nuestra relación con el objeto, pero también con la imagen más allá del sentido tradicional a la que apela. Nos hace acercarnos a ella desde otro lugar, desde el cuerpo y los sentidos que no solemos usar para aprehenderla, recordando la invitación que en los años setenta hizo Roland Barthes, uno de los teóricos de la fotografía más citados, a atender al «sentido obtuso» de la imagen, a ese al que solo podemos acceder si dejamos de «verla» y logramos «escucharla».

La pieza que más sintetiza el modo de Alejo de insistir en la imagen como objeto que es capaz de afectarnos de manera encarnada, incorporada, es Estrabismo (2019) que recibe al visitante y que, mediante ligeros desplazamientos de los pliegues de una hoja de papel reinscritos sobre su superficie produce palimpsestos que solo permite la impresión fotográfica a través de ellos, provoca un efecto óptico que engaña a nuestros ojos. No sabemos si se trata de imágenes o de esculturas de papel en tres dimensiones, o ambas cosas a la vez. Con esta entrada, Alejo y Garza Usabiaga nos invitan y a la vez nos imponen ver toda la exposición un poco mareados y desorientados, desafiando nuestra propia relación con el espacio-tiempo, movidos por la materia, y por nuestro lugar como parte de y constituidos por ella.

La apuesta de Alejo también tiene que ver con la memoria y con el tiempo. En su obra, la materia es capaz de registrar el tiempo, de volverse un archivo que documenta su paso sin la intervención de la escritura o la interpretación humana que insiste en volver al tiempo historia. Varias de las piezas expuestas son relojes que marcan y a la vez dependen del tiempo en ambos sentidos de la palabra —el tiempo que pasa y el tiempo que hace— para funcionar. Por ende, cada visita a esta exposición implica encontrarse con piezas diferentes, la misma cosa pero con tenues diferencias que son resultado de algo tan difícil de pronosticar como una nube que pasa en el cielo chilango en un momento preciso del día.

La suerte, el azar y el destino (ese término «chance» que en inglés mezcla los tres sentidos y que no tiene traducción exacta en español) están también al centro de la obra del artista: las marcas de uso en un jabón o en una esponja, los pliegues aleatorios de un trapo de cocina, los juegos de reflejos de espejos estratégicamente posicionados que, sin embargo, están sujetos a elementos tan impredecibles como una tormenta, o al paso furtivo del cuerpo del visitante curioso que se mueve en el espacio. 

Como en toda su trayectoria, los gestos de Alejo son mínimos, desplazamientos tan etéreos que son casi imperceptibles a pesar de tener grandes consecuencias. Son pequeños guiños, casi travesuras, que a su vez logran grandes cosas. Nos hacen sabernos rodeados de magia y de potencial, sintiéndonos menos solos en un mundo donde la acumulación de las cosas y, por ende, la materia, suele pensarse como la base de la enajenación. Saliendo del Centro de la Imagen, cada cosa que nos topamos en la calle, en nuestras casas, incluso en los paisajes más desolados y desencantados, adquiere la capacidad de hacernos sonreír y soñar, y vaya que lo necesitamos en estos momentos.

La luz es una flecha sin destino se presenta hasta el 12 de septiembre de 2021.

Fotos: Cortesía Centro de la Imagen.