Arte

Opinión | La Cité Radieuse: espacio social y artístico


Por Andrea García Cuevas / @androclesgc

La Cité Radieuse de Le Corbusier ha sido desde el término de su construcción en 1953 un símbolo de modernidad. Sus fachadas, bañadas por los rayos del sol mediterráneo, sus “calles internas” —como se le conoce a los pasillos interiores—, sus departamentos de doble planta y su famosa terraza no sólo son un referente arquitectónico para los proyectos de vivienda, también son la síntesis de un proyecto que trazaba los ideales del espacio urbano y social de mediados del siglo XX. Para el arquitecto suizo, la nueva ciudad jardín vertical, creaba un fenómeno social productivo en el que lo individual y lo colectivo podían encontrar un punto de equilibro en la justa distribución de las funciones de la vida diaria. Pero el tiempo cobró factura y el ideal de convivencia se fracturó con el pasar de los años.

En el verano de 2013 Ora-Ïto retomó las bases del proyecto social de Le Corbusier para restaurar el sentido de la terraza que originalmente funcionaba como gimnasio para los habitantes de la Ciudad radiante y que hasta hace un año permanecía en el olvido. En colaboración con la Fundación Le Corbusier, el diseñador francés convirtió el sitio en un espacio de arte al que nombró MaMO (Marsella Modulor) en un juego de palabras que hacen referencia al MoMA de Nueva York. El objetivo de Ïto es recuperar la terraza como espacio social a través de proyectos artísticos que convivan con la cotidianidad de la unidad. Así, cada verano un artista es invitado a desarrollar un proyecto in situ

El MaMO inauguró con un proyecto de Xavier Veilhan. Y este año es el turno de Daniel Buren, quien proyecta su noción de espacio concreto con una instalación que propone el diálogo entre lo público, lo privado y lo social. El proyecto, nombrado Défini, Fini, Infini, está formado por siete piezas de formas geométricas, con espejos, colores y composiciones que, como es común en el trabajo de Buren, definen el espacio por medio de la percepción.

La propuesta del artista francés es lo que Jean-François Lyotard enunció en su estudio Preliminary Notes on the Pramatic of Works: Daniel Buren (1987): “una redefinición de la experiencia como un asunto local”. La frase sintetiza la idea del espacio concreto, donde la obra interroga las condiciones de lo “local” para revelar su actualidad. Así, la instalación es resultado de un diálogo elemental con su sitio, responde a las características de su contexto y construye un relato que, aunque supone una ruptura con la apariencia cotidiana del lugar, activa y vuelve a hacer presentes las posibilidades del espacio. En Défini, Fini, Infini se trata de alcanzar el fenómeno social que promulgaba Le Corbusier. Los habitantes y visitantes de la Cité Radieuse sean, quizá, quienes consigan el objetivo.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.