Arte

Opinión | El cuarto desnudo


Por Gustavo Cruz / @piriarte | Octubre, 2014

El documental El cuarto desnudo, de Nuria Ibáñez, es una película difícil de ver. La calidad técnica del documental no se pone en duda, todo lo contrario, se festeja. Pero 60 minutos de entrevistas en una oficina de ingreso a un hospital psiquiátrico infantil requiere de mucho temple. El dolor y el sufrimiento están presentes durante toda la cinta, y el espectador es enfrentado a ellas de manera directa gracias al uso exclusivo del close-up, una solución formal muy acertada de la que se deriva en gran parte la calidad cinematográfica de la cinta. Gracias a ello, la presencia de los entrevistadores llega a ser casi espectral, su imagen nunca entra a cuadro. Esto no siempre sucede con los padres o parientes que acompañan a los niños, una operación que podría ser objetada, pero dicha objeción estaría fuera de lugar y obedecería más a un esnobismo reprobable. La falta de música se agradece mucho, pues se evita imprimir de patetismo a las situaciones tan complicadas que la cinta presenta, algo que podría prestarse fácilmente al chantaje emocional.

Pero, ¿es que realmente puede escapar a dicho chantaje una cinta con un tema como este? ¿Acaso el sufrimiento infantil no despierta a priori una empatía que vuelve imposible toda objetividad? Hay que recordar aquí el uso del close-up. Al fin y al cabo, el rostro es esa imagen que nos hace acceder al otro como un individuo y no mero objeto, y que termina produciendo el compromiso ético. Esa es la gran aportación de la fenomenología de Emmanuel Levinas. Pero es este ascetismo, precisamente, esta pretensión de objetividad tan bien lograda con el uso del sonido en la cinta lo que despierta una reflexión más interesante. La ausencia de música y la captura de los netamente cotidianos y rutinarios (murmullos cuyo eco evoca la imagen de los pasillos de una institución, tráfico, el tecleo de las máquinas de escribir) produce una imagen cruda y casi clínica.

Aquí es imposible escapar a las investigaciones y reflexiones de Michel Foucault. No hay locura como concepto sin la razón como discurso. La razón para definirse necesita a la locura como su opuesto. Y para establecer su hegemonía, no se puede permitir la existencia de un territorio que ella no domine. Es por eso que la locura, que antes de la modernidad no requería de exclusión y estudio, necesita ser absorbida por el discurso racional, sometida y, así, supuestamente dominada. En la práctica esto se materializa en el internamiento, lo irracional es aislado de la cotidianidad para evitar que la interrumpa y permitir la existencia de la cordura. En lo teórico, el dominio de lo irracional se ejecuta a través del estudio y la esquematización, encajado en el orden de la causa y el efecto.

En la cinta de Ibáñez esta operación es retratada en las preguntas netamente burocráticas que hace el personal del hospital. La violencia de esta lógica es explícita en las palabras que salen de la boca de Giovanni, uno de los pacientes, en el momento en el que se rehusa a que se le coloque el brazalete de interno: “Pero si no me estoy poniendo como loco”.