Arte

Opinión | De la eternidad, aquí. Oliver Pietsch


Por Tania Puente | Febrero, 2016

Diminuta en apariencia, una mujer emite gritos frenéticos atrapada en los confines de un monitor. Se arquea, gira su torso y apoya el peso de su cuerpo en sus rodillas encontradas para jalar aire y continuar con sus enérgicas acusaciones. Por momentos pareciera que se va a acercar, pero nunca lo hace. Bastan 20 segundos de rabia que se repiten una y otra vez para atrapar a los expectadores en un loop asfixiante. La mujer es Marilyn Monroe en el papel de Roslyn Taber, protagonista del western norteamericano de 1960 The Misfits. Sin embargo, en The Misfit (2002)[1], obra que inaugura la exposición monográfica de Oliver Pietsch, De la eternidad, aquí, en Laboratorio Arte Alameda, el artista prescinde del desierto y reemplaza las áridas llanuras por un estéril fondo blanco. No obstante, lo que vemos en The Misfit es todo lo que el resto de la obra de Pietsch no es.

De la eternidad, aquí es la primera muestra individual del videoartista alemán Oliver Pietsch (Múnich, 1972) en México. Curada por Marisol Rodríguez, los cinco videos que componen la exposición van del 2002 al 2014, abarcando 14 años de su trabajo. En ellos, se refuerzan las obsesiones recurrentes de Pietsch, como el amor, el cuerpo, la vida y el ineludible camino hacia la muerte. Al tomar como base el soporte audiovisual, su producción se vale del uso de found footage, de la apropiación y del pastiche de escenas cinematográficas variopintas para re-enmarcar narrativas íntimas, que apelan a relatos socioculturales y patrones afectivos comunes a nuestra época.

Las historias que cuenta Pietsch se inscriben en un vaivén que va de lo narrativo a lo temático. En la configuración de su sintaxis visual, despliega las opciones paradigmáticas frente a los espectadores para que éstos sean quienes elijan las partes relevantes que apelen a su sensibilidad y relato personal. Es decir, en torno a una misma idea presenta un amplio repertorio de escenas con ligeras variantes, con el cual le tiende a sus receptores la posibilidad de ensamblar una trama con los fragmentos visuales que componen este vocabulario.

Blood (2011), un video de 3:20 min, presenta una nutrida gama de estados, colores, cantidades y representaciones de la sangre, desde su suave desplazamiento por el torrente sanguíneo hasta su violenta velocidad al ser salpicada. Por su parte, en Because (2008)[2], con una alusión directa a la canción de The Beatles, Pietsch hilvana una serie de imágenes del cielo que instan a la mirada a moverse entre nubes y tormentas.

No obstante, la fuerza poética del trabajo de Pietsch se consolida en sus videos de largo aliento. Durante los 40 minutos de From Here to Eternity (2010)[3] compila concepciones e ideas sobre la muerte, procedentes del imaginario creado por la industria de entretenimiento cinematográfico. Aprendemos a morir a través de la pantalla, jerarquizamos tipos de muertes sobre otras, sabemos qué y cómo queremos dejar este mundo, anticipamos a qué nos enfrentaremos gracias a las ficciones que se renuevan cada semana en las salas de cine. En este compendio audiovisual de la mortalidad humana hay fases que delimitan su proceso: las causas, representadas por accidentes, enfermedades, muertes súbitas y agonías prolongadas; el estado mortuorio, que contempla lo carnal y la putrefacción, pero también la recepción de la noticia por parte de quienes siguen vivos; y la vida después de la muerte, con la luz al final del túnel y los clichés con los que se representan en la cultura occidental el cielo, el infierno y sus estratos intermedios.

Tales of Us (2014) no puede escapar de su similitud con From Here to Eternity; Pietsch repite su modo de hacer, pero el campo temático varía. En sus 28 minutos explora la construcción del individuo a partir de y en relación con el otro. Comienza con cuadros de torpeza adolescente, el despertar sexual y los problemas de autoestima, para acercarse a conceptos tales como la lujuria, el deseo, la amistad, el enamoramiento, la decepción, la concepción de la vida y, por último, la muerte. Como su nombre vaticina, es una historia que habla de nosotros, de nuestras vidas, de cómo nuestros recuerdos y experiencias rebotan y resuenan constantemente con el contexto en el cual están inmersos.

En el reino de las pantallas y dispositivos digitales, la sobreexposición al flujo y presencia de imágenes es ineludible. La volatilidad y futilidad van de la mano con su desplazamiento; estos guiños culturales y constructos se escurren y desaparecen, no sin antes —y subrepticiamente— educar la mirada y moldear tanto el comportamiento como los afectos. Sin embargo, la obsesiva catalogación de metraje realizada por Pietsch se niega a ser succionada por el vórtice. Al establecer un orden narrativo a través de sus montajes de video, reconfigura la visualidad dispersa y reenfoca la concentración. Con su marco discursivo se apropia no sólo del material audiovisual, sino también de su misma estrategia de difusión para ejercer una crítica sobre el uso y abuso de las imágenes confrontadas con la configuración de la sociedad, sin obviar la implicación de los afectos en estas prácticas.

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Foto: Cortesía LAA.

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[1] La obra puede verse aquí.

[2] La obra puede verse aquí.

[3] La obra puede verse aquí.