Arte

Opinión | A ballet. An army, de Emma Bernhard


Por Fernando Pichardo | Junio 2021

Como parte de las actividades realizadas durante la última edición de la Semana del Arte en la Ciudad de México, Galerie Nordenhacke presentó la muestra A Ballet. An Army, de Emma Bernhard (Estocolmo, 1981). Primera exhibición de la artista fuera de Europa, así como la primera en la nueva sede de la galería tras la presentación de un ejercicio curatorial en octubre de 2020 cuyo objetivo fue difundir su proceso de remodelación.

El evento se desarrolló en un período de transición tanto para la galería como para las instalaciones. Tras más de tres años de búsqueda y la ocupación de dos lugares previos, el equipo de Nordenhacke México optó por establecerse en una nave industrial que hasta antes de la pandemia operó como las oficinas de una fundación y un estacionamiento. Para Toni Sadurni, curador y socio del proyecto, la consolidación de la galería fue una consecuencia directa de la pandemia. Contrario a la percepción que se tiene en el exterior sobre la Ciudad de México como un lugar de posibilidades, la capital posee una ocupación del tejido urbano marcado por la especulación, el litigio y la saturación de la infraestructura cultural. En ese contexto, la emergencia sanitaria representó una oportunidad para encontrar un lugar que posibilite la realización de una renovación por fases, la cual fue comisionada a Frida Escobedo. Esta modalidad permitirá que los artistas que transiten en el edificio puedan interactuar con la arquitecta y proponer pautas para la continuidad del proceso.

En el patio interior se montó un grupo de esculturas de gran escala titulado Dancers (2020), fabricadas por Bernhard en Suecia y posteriormente adaptadas al contexto de la galería en México. Para ello la artista recurrió a elementos industriales como el acero, la pintura acrílica y el nylon para establecer una correspondencia con las particularidades del espacio. La amplitud de esa sala posibilitó la concreción de un formato vertical desde donde la autora exploró conceptos como la tensión, el aire y la gravedad. Asimismo, aprovechó las características de algunos componentes como las tiras de lana y el fieltro para formar la ilusión de encontrarnos frente a espectros o presencias.

Bernhard tomó como referencia al dinamismo y al potencial expresivo de los bailarines para dotar un carácter humano a objetos que bajo otras circunstancias se quedarían estáticos. El resultado fue un conjunto de piezas que dan cuenta de la ansiedad, la incertidumbre y la determinación que los cuerpos experimentan cuando están a punto de salir a un escenario. De esta manera, las figuras fueron proyectadas como si estuvieran listas para hacer una coreografía: «Quería presentar algo que fuera potente y vulnerable a la vez, y la danza posee ambas. Se necesita fuerza y disciplina, pero también creatividad y sensibilidad. Hay una combinación en ese acto que disfruto».

La humanidad en Dancers no proviene únicamente de su lectura más evidente —el hecho de que emula a personas a punto de ejercer una acción— sino también de que son obras imperfectas, creadas a partir de la utilización de productos ordinarios e incluso menospreciados:

«Están hechas con materiales prefabricados porque quise crear algo valioso a partir de lo que no vale nada. En mi mente [las esculturas] parecían bailarines. Personas que intentan llevar a cabo una performatividad, pero que al mismo tiempo parece que pierden el ritmo e incluso el propósito de lo que hacen. Pueden no ser muy buenos; son como cualquiera de nosotros. Y eso me gusta», me comenta Bernhard.

Una de las características más notables en el discurso de Bernhard radica en el reciclaje. Gran parte de los componentes en Dancers fueron materiales que la autora seleccionó para darles un nuevo propósito y generar composiciones equilibradas. Para ella, rescatar elementos de desecho que usualmente pasan desapercibidos es develar una capacidad expresiva que también puede extrapolarse hacia la manera en que cultivamos nuestros afectos y relaciones interpersonales. En A Ballet. An Army, reutilizar y procurar son equiparables:

«Estoy consciente de que no uso materiales preciosos. No es mi intención que lo sean. Escojo cosas que pueden encontrarse en todas partes y que sean económicas porque creo que eso las vuelve más cercanas a lo que somos. (…) Todo lo que hago se conforma por algo más. Me gusta reinventar».

Podemos trazar un paralelismo entre la reutilización del desperdicio sugerido por Bernhard y la renovación arquitectónica que Escobedo proyectó para la galería. En el caso de la artista, la revalorización de los desechos se relaciona con lo afectivo y lo íntimo: es un hábito que desde su punto de vista puede aplicarse a las personas y las conexiones que realiza con su prójimo. En el caso de la arquitecta, la resignificación del espacio construido se ha convertido en parte de su trayectoria: se entiende a la tipología como una ruina de su tiempo; un ente nunca concluido y en constante evolución, así como el testimonio de recuerdos, historias y tiempos que cayeron en el olvido.

Por su parte la sala de exposición ubicada en la planta alta presentó fieltros intervenidos por Bernhard con pintura acrílica. Las pinturas mostraban la acción que el cuerpo de la artista ejerció sobre el formato con la ayuda de una brocha muy grande, imprimiendo los movimientos que desde ahí surgieron. Con esta sección, la galería procuró una aproximación entre Bernhard y la tradición neominimalista y conceptual que ha definido a la línea que Claes Nordenhacke ha promovido desde los años setenta.

En A Ballet. An Army, las esculturas de Bernhard conjugaron expresiones divergentes —la fuerza y la delicadeza, la confianza en uno mismo y la inseguridad, lo único y lo reemplazable— para evidenciar que nuestro poder como personas, creadores o ciudadanos radica en la perfectibilidad. Al igual que algunos de los proyectos más recientes en la arquitectura de Escobedo, estas piezas transforman la imperfección en un atributo que se reconfigura de forma permanente.

Foto: Galerie Nordenhake México.