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Madre Patría


Por Rosa Castillo

 

 

A pesar de que uno se pase la vida tratando de desvelar los prejuicios que conforman su propia identidad, siempre habrá más y más sobre cuáles reflexionar. Las relaciones humanas son relaciones de poder; aprendemos un deber ser que aplicamos sin más reflexión a la forma en que nos relacionamos con las personas, cosas y naturaleza, sin pensar ni en las implicaciones que éstas podrían tener ni en los prejuicios intrínsecos, muchas veces velados, a las que, nuestras acciones y actitudes están sujetas.

Si bien este tipo de reflexiones tienen ya más de medio siglo, no podemos dejar de lado –como si ya no fueran necesarias– las perspectivas que los estudios y reflexiones de género han sacado a la luz. Qué implica ser mujer, niña, anciana y qué se espera de ellas dentro de sociedades que se presumen contemporáneas, son preguntas que hasta ahora permean constantemente a las artes.

Como parte de este esfuerzo encontramos la última creación de la aclamada coreógrafa Charlotte Vincent: Motherland (Madre patria); parafraseando a la propia compañía, es un espectáculo sin concesiones, divertido y conmovedor que serpentea entre la belleza, el botox y las operaciones estéticas, la victimización, la vergüenza de ser “puta”, la fuerza de la maternidad y el desafío de la falta de hijos.

El reparto escogido es uno de grandes aciertos. En una entrevista realizada por Article19, Vincent comenta que la idea original se iba a desarrollar sólo con mujeres, sin embargo se dio cuenta —afortunadamente– que los estereotipos no atañen sólo a la mujer ya que no existe aislada en el mundo sino que siempre está en relación con los hombres y ambos son afectados y afectan los roles en los que estamos inscritos.

No se debe solamente a la diversidad sexual, la genialidad de su reparto, sino también las edades de los bailarines que le permite una exploración profunda de los roles a lo largo la vida. Pone en perspectiva, por ejemplo, a la edad y la sexualidad; la puberta está descubriendo su cuerpo y su sexualidad, los adultos juegan y enfrentan sus roles ya establecidos –de mujer, de puta, de hombre, de travestí, etc. –  y la anciana pone en perspectiva a toda una vida.

Si bien la obra tiene muchos aciertos, la crítica concuerda con una cosa: es un maratón demasiado largo. Aunque es cierto que este tipo de aseveraciones hay que tomarlas con cuidado ya que difícilmente sabemos a qué se refiere algo tan subjetivo como la duración de una obra, a lo que sí podemos referirlo es a la repetición como una constante en esta obra. La repetición como tal, puede convertirse en un elemento semántico muy interesante pero es también fácil abusar y olvidar las implicaciones que tiene en el espectador y en la duración total de la obra.

A fin de cuentas se trata de una mujer, una niña, dos hombres, una estrella porno, un travestí, una anciana y un par de músicos que dialogan durante dos horas en un vaivén casi cíclico de escenas que nos confrontan con nuestra cotidianidad.