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Los comunes profundos y la imaginación radical, por Aline Hernández


Por Aline Hernández / @AlineHnndz | Junio, 2015

El espacio del arte contemporáneo, tan ambiguo como esto pueda sonar, se ha vuelto un espacio de disputa pero esta condición no es propia sólo de éste. Las vanguardias artísticas conformaron un espacio también de disputa y hoy, muchos de sus planteamientos e ideas radicales, están al servicio de las formas de control. Existe también una infinidad de posturas que denuncian esta norma general pero y ¿es suficiente denunciar, analizar o incluso criticar?, ¿se puede  hacer algo más al respecto?, ¿todavía cabe algún tipo de acción al margen de este circo aparentemente sobre-politizado?.

Los avances tecnológicos así como los cambios de producción lograron que las formas de cooptación sean hoy, aún más aceleradas de lo que fueron durante las vanguardias. Stevphen Shukaitis explica que estas formas crean a su vez un mercado alrededor de todo lo que cooptan; la apropiación de las formas estéticas subversivas es hoy un negocio para muchos y en la era de la sobre-visibilidad, estas formas se han vuelto sándwiches empaquetados de venta en supermercados. Todo el mundo puede acceder a ellas, puede consumirlas, están en el pasillo seis bajo luces neón que logran distraer el profundo desencanto que hoy se vive. Están en los museos, en las bienales, en las ferias. Están en los espacios públicos controlados por el Estado, en las reuniones. Se ofrecen entonces en forma de fast food, de rápido consumo y a lo siguiente, total, siempre tenemos algo que hacer, algún pendiente que resolver.

De algún modo  sabemos que el espacio institucional es todo menos subversivo. Reproduce lógicas de consumo, producción, explotación y vigilancia, uno no puede estar tranquilo; cómo estarlo cuando hay una docena de cámaras grabándonos, de guardías vigilándonos, de alarmas atentas a cualquier acción no prevista. Cómo estar tranquilos sabiendo que bajo nuestros píes o sobre nuestras cabezas, hay un ejército de trabajadores precarios produciendo eso que vemos. ¿Deberíamos de dejar entonces de mentirnos?, ¿de creer en eso que nos hacen creer?, ¿no deberíamos aceptar el estado dado de las cosas y plantearnos entonces desde dónde, cómo y cuándo es posible realmente actuar? Si seguimos caminando sobre el fango de la ingenuidad, seguirémos siendo incapaces de encontrar otros caminos sobre los cuales andar.

Stefano Harney y Fred Moten recientemente publicaron un libro que plantea una suerte de camino desde abajo, para abajo: los undercommons —o comunes profundos— son este camino que, más que camino, es un modo de ser. The undercommons: fugitive planning & black study plantea a partir de la tradición negra radical, la teoría poscolonial y ciertos autores de la tradición filosófica radical y autonomista, una reflexión poética sobre las posibilidades de una imaginación radical que constituya un antagonismo a la situación actual. Mediante el desarrollo de nociones (tácticas) como deuda, estudio, planeamiento, entre otras, los autores ponen en marcha un modo de ser que tiene lugar en nuestra vida diaria en general.

Si la burla o cinismo se ha vuelto la norma actual, debemos de reflexionar entonces, qué implicaría hoy una imaginación radical estética que realmente subvierta las condiciones dadas y en este sentido, su noción de estudio se vuelve fundamental. El estudio es una práctica necesaria para poder lograr una desubjetivización efectiva de la construcción de subjetividades que alienta el aparato neoliberal. Estudiar es estudiar con otros y no sólo en un espacio determinado, como sería por ejemplo el salón de clases sino en la vida en general. Podría ser en este sentido desde el compartir con otros en la cocina, mientras se lee, mientras se camina o mientras se habla con el vecino esperando a que su perro haga sus necesidades. Hemos desvalorado estos espacios tan importantes logrando acotar el “estudio” a espacios determinados y devaluando otros momentos donde el estudio está más presente y vivo que en las polvorientas aulas de las universidades.

Moten explica que la noción de ensayo cobra tanta importancia en esta práctica de la vida diaria, en el sentido de que es un modo de aprendizaje que tiene lugar en el espacio compartido. El estudio es, en este sentido, un lugar social y no un lugar individual, como suele ser comprendido en los espacios institucionales.  Esta postura no es para nada ingenua, muchas de las críticas que están realizando son a partir de vivencias puntuales que ambos experimentaron en las instituciones educativas. Moten insiste que “el estudio no está limitado a la universidad. No está sostenido o contenido por la universidad. El estudio tiene una relación con la universidad, pero sólo en tanto que la universidad no es necesariamente excluida de los comunes profundos a los cuales tanto trata de excluir”.

Por otra parte está la cuestión de los sistemas escolarizados que atañe a la Universidad. Moten advierte que dichos sistemas se han desarrollado en una línea que conduce a producir espacios donde el estudio es el menor de las prioridades. También menciona que han logrado más bien prevenir que el estudio efectivamente ocurra a través de generar condiciones de aislamiento, individualismo y sobreproductividad que limitan las posibilidades de que tenga lugar. Es una crítica enfocada a la universidad, pero valdría la pena traspolarla al sistema del arte donde tanto los sistemas educativos como los museos, bienales y demás, fomentan también estas condiciones. Ambos han denunciado que “nunca reconocimos que el aspecto más incidioso, vicioso y brutal de las condiciones de nuestra labor eran que regulaban y suprimían el estudio”. Las estructuras entonces que sostienen estas condiciones como la burocratización, la monopolización del conocimiento y los altos costos de la educación en el caso de algunos países, son sosten de estos vicios.

En !La contradicción hasta el fondo¡, un manifiesto nos dicen “mientras exijo justicia, me burlo del juez. Mientras pido gobierno, me salto la ley”. No es lo uno u lo otro, son ambos y entonces hoy, esos sistemas desescolarizados que han sido escolarizados tendrían que atender a esto. Estar dentro pero fuera, fuera pero dentro, debemos de recuperar la sociabilización, superar la enajenación; la imaginación radical no germina en medio de un desierto sin agua. Harney menciona que:

“el capitalismo aún conserva un proceso de labor. La universidad es una suerte de línea de fábrica, un tipo de procesos de labor perfecto para reintroducir una versión de una plusvalía absoluta de vuelta en el día de trabajo al tratar de poner de moda el trabajo en este modelo que asociamos con la universidad. Y cuando miramos de cerca lo que realmente estaba pasando en la universidad, es más bien un regimen que se ha vuelto un experto en cerrar el estudio mientras realiza trabajo intelectual”.

No sólo la universidad es una fábrica, lo es el sistema escolarizado y la universidad es sólo una etapa más de este sistema de producción. Lo mismo ocurre con el sistema del arte, el Museo es solamente una etapa más del sistema de producción. Lo que sí es cierto es que los sistemas educativos en ambos casos, son espacios concretos de pre-fabricación. Pre-fabrican agentes aislados que responden automáticamente;  pre-fabrican agentes llenos de enojo, frutración, envidia. Pre-fabrican agentes que tienen la capacidad de ser multitasks, de no dormir, de trabajar sin cesar. Pre-fabrican agentes individuales que se asustan cuando su sombra anuncia que tienen un hombro al lado de su cabeza; saltan despavoridos cuando una voz ajena los interpela.

Pre-fabrican agentes en vías de profesionalización. Los estudiantes llegan así a las aulas a aprender, abiertos aún a escuchar y las instituciones por el contrario funcionan bajo principio de clausura, buscan cerrar, ofrecen sorderas profundas, cegueras por doquier. Los autores mencionan que los estudiantes representan una suerte de ciclo productivo para los profesores. Son estas condiciones que los llevaron a preguntarse por las condiciones que producen las instituciones educativas, y a su vez, los llevó a realizar su deseo porque éstas se modificaran. Entonces se dieron cuenta de que algo estaba mal “tenían que pensar cómo era y por qué era que las cosas no eran como querían que fueran y nosotros básicamente teníamos temor a creer que nuestro deseo de otro modo de ser en el mundo tenía que estar conectado con nuestro intento por comprender el modo en que estábamos viviendo y las condiciones bajo las cuales estábamos viviendo en ese momento”. Asaltar las universidades no es suficiente, asaltar los apoyos del Estado para generar proyectos tampoco lo es, tenemos que hacerlo MIENTRAS se hace algo más; el en vez de no basta en este caso.

Los comunes profundos surgen de esta necesidad por vivir de otro modo pero requieren de la imaginación para producir herramientas, tácticas.  Shukaitis propone que:

“si el problema de la autonomía cultural y la producción artística es que da demasiado, inadvertidamente abriéndose a sí misma a los procesos de recuperación-decomposición, entonces, tal vez una orientación estratégica para abordar esta dinámica aprendería de las dinámicas codificadas y ofuscadas de la intervención infrapolítica y del moldear los comunes profundos. Y mientras los comunes profundos son, desde una perspectiva del capital, la no reconocida autorganización de los despreciados, no tomados en cuenta, antisociales, desde una perspectiva autónoma son algo completamente diferente: la autorganización de lo inconmesurable. Ellos encarnan un proceso de autorgazación des-identificada donde el conocimiento de la subversión es guardado en el marco del terreno  paralelo sumergido, en vez de formar parte de los patrones alucinatorios impuestos”.

Los comunes profundos surgen entonces de esta necesidad por vivir de otro modo o «paralelamente a». Los autores explican que son un comportamiento, es un experimento que no termina nunca; una forma de vivir particular y fue resultado de una serie de cuestionamientos por las condiciones que estaban a su vez experimentando. Es un conocimiento resultado de una experiencia práctica, o como diría Catherine Walsh y parafraseo, es un movimiento teórico resultado de la vida misma. Ambos se hicieron preguntas como:

“por qué no podemos estar juntos y pensar juntos en un modo que se sienta bien, en la forma en que debería de sentirse bien? (…) Todo el mundo está enojado todo el tiempo y se siente mal, pero raramente entras en una conversación donde las personas digan ¿por qué es que esto no se siente bien para nosotros? Hay mucha gente enojada que no se siente bien, pero parece difícil para las personas preguntarse, colectivamente, ¿por qué esto no se siente bien? Me gusta la poesía, pero ¿por qué leer, pensar y escribir de poesía en este contexto no se siente bien? Para mi mente ésta fue la pregunta que tratamos de preguntar”.

El capitalismo cognitivo es una enfermedad, es un cáncer que avanza hoy a velocidades impensables. Nuestro problema entonces es la naturalización de estas condiciones de miseria, de alienación en las que nos encontramos y el mayor problema aún, es no preguntarnos por ellas y seguirlas consecuentemente alimentando. Los autores narran que en Londres, se ha vuelto incluso sospechoso el goce, disfrutar de lo que se hace y es que hemos aceptado las condiciones impuestas desde una organicidad donde ya no se cuestiona nada. Nos hacen pensar que estas condiciones son divertidas, traspapelan la realidad; nos dicen que somos libres, cuando se trata de un sistema flexible y autoexplotador y nosotros lo damos todo sin deternos a pensar.  Shukaitis menciona que un arte de los comunes profundos tendría que:

“reorientar estrategias de intervención en medios y culturales alrededor de la sabiduría de no dar demasiado o de abrir estos conocimientos para cosecharlos. El arte de los bajos comunes es una sabiduría de hacer mundos mientras ofusca conocimientos subversivos para recuperarlos. Para que los movimientos subversivos conserven su potencial, sólo podemos esperar que no caigan en rituales de resistencia y no pensamiento a través de gestos que transformen corrientes ambiguas de continuación social en categorías discretas y procesables. Sólo podemos esperar desarrollar la sabiduría para saber la diferencia”.

Subvertir tiene que ver con crear tácticas, fugas invisibles. Tiene que ver con un negar y en ese negar se abre el espacio para imaginar algo más. No es instaurar un nuevo orden o un nuevo modo de ser, porque tal y como explican, en el momento mismo que negamos aquel nuevo orden que pudimos haber deseado se va a ver interpelado por nuevas formas que no podíamos antes imaginar, nuevas formas de orden. A lo que hay entonces que apelar es a dejar ese otro orden fluir pero alimentar corrientes submarinas imperceptibles mientras lo perceptible sigue fluyendo arriba de nosotros. No es abandonar el espacio del museo, de la galería, de la escuela sino abordarlas estrategicamente, son formas infrapolíticas no confinadas.

Moten menciona que “Como Deleuze. Yo creo en el mundo y quiero estar en él. Quiero estar en el hasta el final porque creo en otro mundo en el mundo y quiero estar ahí. Y planeo seguir siendo un creyente, como Curtis Mayfield. Pero eso va más allá de mí, e incluso, más allá de mí y Stefano, y fuera en el mundo, otra cosa, otro mundo, el ruido alegre de los dispersos, disperso escato, los comunes profundos niegan la academia de miseria”. Los comunes profundos son entonces una deuda con ese otro mundo, y la imaginación radical tiene sólo lugar en el espacio de esa deuda para con nosotros mismos. No se trata de buscar desarticular las instituciones, sus burocracias, sus protocolos. No implica tampoco buscar cambiarlas, porque tal y como explican, si estos sistemas son siempre políticos, lo político es siempre también correccional y los comunes profundos no tienen nada que corregir.

Foto: Cortesía Cráter Invertido.