Arte

GRAVEDAD: demasiadas pretensiones, resultados mezquinos


Por Abel Cervantes 

 

 

La película más reciente de Alfonso Cuarón se anunció como “un relato en los territorios de Kubrick [2001: Odisea en el espacio] o Tarkovski [Solaris]”. Pero nada de eso. Gravedad está más cerca de Baz Luhrmann o Julio Médem: es cursi, poco imaginativa y efectista. El tono del director mexicano no es nuevo. Sus trabajos anteriores  —entre los que se pueden mencionar Y tu mamá también (2001), Harry Potter y el prisionero de Azakabán (2004) y Niños del hombre (2006)— repiten la misma fórmula. La historia es sencilla y simple. Ryan Stone (interpretada por Sandra Bullock) se encuentra en una misión en el espacio exterior para reparar un artefacto. Sin embargo, un accidente lo impide y la enfrenta a la muerte. A la medianía de la cinta, la protagonista recuerda un suceso doloroso que la debate entre las ganas de dejar de existir o de vivir con todas sus fuerzas, como si no hubiera posibilidades intermedias. El relato, por supuesto, prefiere la segunda opción. Alfonso Cuarón (México DF, 1961) juega con los sentimientos del público de la manera más burda: en los 90 minutos que dura la película el personaje principal se enfrenta por lo menos en 3 ocasiones a la muerte librando batallas épicas dignas de la peor película de acción de Arnold Schwarzenegger. Asimismo, expone pasajes ridículos: un astronauta bailando en medio de una misión, u otro (interpretado por George Clooney) obsesionado con tomar licor o en recordar el engaño sentimental de su exmujer.

Pero no todo es abyecto en Gravedad. Las secuencias con las que se inaugura el filme exponen una capacidad audiovisual extraordinaria, probablemente producto de la imaginación de Emmanuel Lubezki, que ha demostrado de sobra su talento en trabajos anteriores (Niños del hombre o El árbol de la vida, de Terrence Malick, por mencionar sólo algunos), y de la ayuda de James Cameron. La cámara se mueve al ritmo de los sentimientos de los personajes. La música dialoga con las figuraciones creando una atmósfera inquietante y opresiva. Gravedad fue proyectada en 3D, pero tampoco sabe aprovecharlo. El volumen de los objetos y de los escenarios no alcanza su plenitud. De esta manera, desperdicia la oportunidad de vincular la última tecnología con el entorno espacial. Y no sólo eso. Recurre a uno de los procedimientos más insípidos de la tercera dimensión: aventar un objeto hacia la cámara para crear en el espectador una ilusión de cercanía. Lamentable.