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Anonymous Stateless Immigrants Pavilion en la 56 Bienal de Venecia, por Aline Hernández


Por Aline Hernández / @AlineHnndz | Agosto, 2015

Hace unos meses fue inaugurada la 56 edición de la Bienal de Venecia. Mientras que el evento sigue alimentando políticas nacionalistas, excluyentes y neoliberales, además de parecer convertir a Venecia en el epicentro del sujeto neoliberal, este año la bienal fue nuevamente detonante de un movimiento anónimo paralelo. El Anonymous Stateless Immigrants Pavilion inició en 2011, cuando de acuerdo con Stephanie Danner, los integrantes del movimiento llevaron a cabo las primeras intervenciones de mobiliario urbano con esténciles localizados en diferentes puntos del Arsenale y el Giardini que indicaban la dirección hacia el pabellón anómino. Las intervenciones han continuado desde entonces y este año no ha sido la excepción.

Los señalamientos en realidad no llevan a ningún sitio concreto y si bien las flechas presentes en las intervenciones parecen indicar algún tipo de recorrido, lejos de hacerlo, más bien conducen a perderse en los laberintos que caracterizan el trazo urbanístico de la isla. Mientras ponía atención a las intervenciones recordé el modo en que Chantal Mouffe explica la función del espacio público. Para la politóloga, cuya propuesta se desenmarca de la lógica del “consenso” que permea la comprensión del espacio público desde una postura guiada por  lo antagónico, el concepto de espacio público lo define como aquellos espacios  donde la confrontación puede tener lugar sin que ello implique llegar a un acuerdo. Siguiendo de algún modo la propuesta foucaultiana que desarrolla el filósofo francés en la Arqueología del saber, Mouffe explica que “(…) la confrontación agonista tiene lugar en una multiplicidad de capas discursivas” (1). Vale la pena recordar que de acuerdo con la etimología, agonista viene del griego  ἀγωνιστής, que significa, entre otras cosas, combatiente y luchador.

La propuesta de Mouffe resulta entonces bastante útil para entender la potencia de esta acción. Mouffe se posiciona frente a la lógica liberal caracterizada por un enfoque individualista y racionalista en la cual, los disensos son inevitables, sin embargo, terminan por constituir un todo armónico. Es esta una clara estrategia de domesticación del deseo que Hito Steyerl explica bastante bien cuando habla de la privatización del la política. No existe hoy campo de disenso posible en la industria cultural. Y frente a esa imposibilidad, hoy el recuerdo del proyecto político de muchas vanguardias no es más que una nostalgia para muchos teóricos y curadores.

Así pues, hoy, lejos de representar hoy un modo de contribuir a crear alternativas y cuestionar, tal como explica Mouffe, el orden hegemónico, participa de lleno en las capas discursivas creadas por y desde el aparato neoliberal.  Las intervenciones anónimas, en este sentido, se posicionan contra esta postura individualista y domesticada que guía a grandes rasgos la pseudo dimensión antagónica de la Bienal de Venecia y su potencial crítico y logran articular una crítica concreta que opera desde diferentes niveles de involucramiento en las luchas que tienen lugar lugar a favor de los inmigrantes. La que vemos, en este sentido, sería una capa de muchas otras.

Y es así que mientras las lecturas de El Capital de Karl Marx tenían lugar, evidentemente permeadas por fuertes limitaciones de la transformación de la realidad, otro proyecto se gestaba; un proyecto que de forma bastante más contundente, lograba, siguiendo a Mouffe, multiplicar los espacios “en el que las relaciones de poder están abiertas a la contestación” (Ibíd.); mientras la élite del mundo del arte caminaba en dirección a la bienal,  otra capa discursiva permeada por muchas otras capas, se colaba en el horizonte de visión; otra realidad dispuesta estratégicamente para hacerse visible, aún si las prisas por llegar al Arsenale lograran imponerse, el resquicio estaba abierto. (Es importante mencionar que en los últimos días esta realidad se ha vuelto más que visible, particularmente a través de unas fotografías publicadas en el periódico español el País donde se ven a cientos de refugiados a punto de morir ahogagos en el mar).

Así pues, en confrontación con la tentativa de posicionamiento político que tiene la muestra de Enwezo, otra tentativa aparece para visibilizar los miles de inmigrantes invisibles en este medio guiado por la adhesión para con el estatus quo que representa hoy el campo del arte. Los esténciles anunciaban que aún ahí, será necesario recordar a los miles de inmigrantes que mueren en las costas tratando de llegar al sueño que representa, todavía Europa, para algunos cuya realidad es bastante peor que la realidad que ha impuesto hoy la crisis generalizada por la que atraviesan.

Lo más evidente sería entonces pensar que precisamente lo que están tratando los invisibles integrantes del ASP es, por un lado, denunciar el aparente olvido que implican las dinámicas de la bienal, frente a la nueva temporada de inmigración y las pérdidas de vidas humanas que ésta traerá consigo, pero también, en cierta forma, y sin recelo, parecen denunciar el desplazamiento de ese problema real a un segundo orden que desea pasar desapercibido para las autocomplacientes conciencias que con prisa, se dirigen a los pabellones. Cada esténcil se vuelve una huella de esos paraguas olvidados, se vuelve una denuncia de la terrible indolencia que perméa el ámbito cultural en muchos sentidos.

Y es que el tiempo que marca este turismo de carácter cultural, impone acelerados ritmos y a su vez estos logran impedir que realmente el visitante se detenga a pensar sobre lo que está ocurriendo en el contexto donde está parado, sin llegar a pedir ya un grado de involucramiento. De este modo, esta aporía que se vive en el mundo del arte se visibiliza claramente: mientras una sobre-criticidad en términos teóricos marca la línea de la muestra de Enwezo, ésta a su vez, está completamente desvinculada —en términos prácticos— de lo que está ocurriendo en Venecia; mientras la bienal permite la discusión de realidades políticas, los tiempos, dinámicas y formas de producción crean su propio principio de realidad, el cual anula cualquier tipo de participación de en estas realidades. Me recuerda a una explicación que ofrece José Luis Brea en torno al modo en que Lukács comprende a la cultura donde menciona que:

“Para Lukács, por ejemplo, sólo la cultura nos permite imaginar un mundo mejor, transformado. En ella, se enuncia entonces una promesa de felicidad, de libertad -pero es la propia cultural la que se encarga de frustrarla, de hacerla inviable. En efecto, es la misma cultura -a través de su plasmación en las formaciones objetivas del espíritu, cuya institucionalización determina la estructuración efectiva de los mundos de vida- la que delimita y limita nuestras posibilidades de actuar, la que por encima del mundo de la libertad que nos empuja a soñar impone también a nuestro propio actuar el orden en el que fracasa y se suspende ese sueño: el orden de la necesidad, el principio de realidad.” (2)

Parece entonces que la denuncia que tiene lugar no es sólo por el olvido, sino también por ese momento en el que el entramado institucional que sostiene y demilita al campo del arte, logra volcarse sobre la posibilidad de transformación de la realidad que podrían tener estas prácticas. No sorprende entonces el que el ASP devenga como un movimiento anónimo, que decida abocarse al actuar antes de implicar un beneficio personal para unos cuantos. Los sujetos que los conforman pueden ser muchos o pocos, lo que importa es señalar el momento en el que nos olvidamos de los problemas que verdaderamente competen a nuestra atención, aquel momento donde las vidas humanas deberían de no ser relegadas a un segundo plano. Las intervenciones son entonces un forzoso desplazamiento hacia lo que está ocurriendo mientras el entramado institucional de la cultura, sujeto a la agenda neoliberal, se encarga de frustrar cualquier posible participación o contestación.

Esta frustración es precisamente uno de los síntomas que determinan, de acuerdo con Brea la era póstuma de la cultura, donde el sueño de incidencia, transformación y actuación por medio de la cultura ha dejado de presentarse como posibilidad y ha pasado a ser una mera idealización —cuando no negación—. Brea menciona que el resultado de este progresivo cambio ha tenido como resultado que “las viejas promesas de la Kultur, de la cultura occidental, s(sean) incapaces de ofrecer respuestas a las nuevas situaciones a las que han de enfrentarse —en todos los terrenos: desde el económico o el científico-especulativo hasta el político, el ético, o la totalidad misma de la esfera del derecho” y aún siendo incapaces, siguen pareciendo serlo sólo a través de lo que Brea alude como un “alto grado de cinismo en el margen mismo de una realidad simulada” (Ibíd.) Precisamente este cinismo y voluntad de crítica y transformación simulada se materializa frente a nuestros ojos. Un gesto, y no más, es lo que se necesitó para entrever al punto al que ha llegado esta industria del entrenenimiento, donde cualquier posible foco de resistencia o politización es convertido en objeto de goce para alimentar el life style del mundo del arte.

Finalmente, cabe mencionar que otro de los aspectos que visibilizan las intervenciones es el estado actual de las políticas de inmigración en Europa, donde para muchos, la figura del inmigrante se ha vuelto un claro enemigo. Mouffe, explica esta encarnación del enemigo ha sido posible debido a la extinción de una línea divisoria que solía existir cuando aún se podía hablar de derecha o izquierda. Hoy este vacío ha sido ocupado por la extrema derecha y es “lo que ha permitido articular nuevas identidades colectivas a través de un discurso xenófobo y recrear la frontera política desaparecida mediante la definición de un nuevo enemigo (….) los inmigrantes, a los que presenta como un peligro para la identidad y la soberanía nacionales”. Frente a esta postura cabe recalcar, que son muchos los autores que han argumentado que esta nueva visión de los inmigrantes resulta insostenible en medida que el milagro de la reconstrucción de Europa no pudo precisamente haber ocurrido sino fuera por la fuerza de trabajo que implicaron estos migrantes, situación que a su vez evidencia las políticas de lo “desechable” que rigen a Europa frente a  aquellos a quien en su momento fueron tratados, de acuerdo con  James F. Hollifield como guestworkers.

Hoy, por el contrario, los argumentos se han volcado, estos guestworkers son vistos como intrusos que atentan contra la soberanía europea. No son pocos los casos donde incluso, partidos y organizaciones de extrema derecha han argumentado que la falta de empleo en Europa así como la crisis de modo general, está avanzando a pasos agigantados debido a las complicaciones económicas que representan para los Estados. Son entonces “fugas” que desvían capital que tendría que ir hacia a la población blanca y que termina en manos de inmigrantes, que de acuerdo con muchos, no han trabajado para merecer esos derechos, ni siquiera el hecho de que muchos Estados cuya pesada carga colonial aún los persigue, asumen la responsabilidad de que muchos de ellos estén huyendo de estados fallidos que en en cierta forma son resultado de años de violencia, exterminios, prohibiciones y demás condiciones atroces a manos de franceses, ingleses, entre otros pero también de guerras apoyadas por ellos, como es el caso de Libia. Incluso vale la pena mencionar, que muchos de los países periféricos de los que se sirven naciones como Alemania, lograron como es el caso de Grecia, descender la tasa de desempleo con fuerza de trabajo barata llevada a cabo precisamente por estos inmigrantes. La inmigración ha sido entonces una de las características fundamentales de los Estados modernos, lo mismo que la esquizofrenia por proteger la demarcación de sus territorios mediante el control de entrada y salida a través de las fronteras, fronteras que implican miles y miles de muertes anuales.

Al respecto, Hollifield plantea la hipótesis de que la apertura o obstrucción de las fronteras se deba esencialmente a una cuestión de mercados, donde cuando la demanda de fuerza laboral barata es requerida, los inmigrantes son entonces bienvenidos, cuando la demanda es escasa entonces sí, las políticas se tornan mucho más duras. De acuerdo con él, estas políticas se presentan como “un tributo a la atracción económica de los sistemas liberales y a la tenacidad e ingenuidad de los migrantes” (3). Si la Unión Europea está atravesando por una fuerte crisis (la crisis es más bien global pero no planeo ahondar en ello), es de una demagogía atroz llevar la culpa a las pérdidas económicas que implican estas  aparentes otredades.

Lo cierto es que la crisis es estructural y en ella está implicada un problema bastante viejo y está vinculada con el reparto desigual de las riquezas, las condiciones de producción que conforman al capitalismo global, permeados por formas de explotación, violaciones a derechos humanos, formas atroces de despojo y extractivismo y la lista sigue aumentando. Podríamos decir que esta desigualdad, en el marco del neoliberalismo, no tiene precedente alguno en medida que son hoy los Estados los que alimentan o encubren exterminios, formas de violencia inconcebibles, formas de represión, en fin, un proyecto de deshumanización que continúa avanzando, en aras de satisfacer a los grandes dirigentes de la economía global. Las recientes masacres de sectores débiles en América Latina lo mismo que la indolencia que muestran los Estados Europeos al mostrarse indiferentes ante las pérdidas de vidas humanas, son sólo una muestra más de que la crisis es más que económica, atañe también a cuestiones de ética y preguntas por lo humano hoy.

Finalmente, es importante mencionar que statewatch.org ha publicado un extenso análisis sobre las violaciones a los derechos humanos llevadas a cabo por Frontex, agencia Europea para la gestión de la cooperación operativa en las fronteras exteriores de los Estados miembros de la Unión Europea, de cuyas operaciones han resultado en la pérdida de muchas vidas de inmigrantes tratando de legar a Europa, el informe puede consultarse aquí.

1. Mouffe, Chantal. «Artistic Activism and Agonism Spaces»

2. Brea, José Luis. «Un ruido secreto. El arte en la era póstuma de la cultura»

3. Hollifield, F. James. «Immigrants, Markets and States. The political Economy of Postwar Europe», Ed. Harvard College, EUA, 1992. pp. 17.

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Aline Hernández (México, 1988) es curadora y escritora. Se interesa en explorar procesos de resistencia y comunitarios y la relación de prácticas pedagógicas como herramienta para la transformación política. Su trabajo escrito reciente explora temas como neoliberalismo, economía del arte y educación, y arte y procesos de resistencia y de cooperación. Forma parte de la Cooperativa Cráter Invertido.