Otras disciplinas

Al compás de la lucha libre


La lucha libre mexicana está coreografiada. Es un espectáculo completo donde la plasticidad de los vestuarios y la sincronía de los movimientos improvisados delatan un sentido que va más allá del deporte.                                         

Por Silverio Orduña

 

 

La lucha libre mexicana está coreografiada. Es un espectáculo completo donde la plasticidad de los vestuarios y la sincronía de los movimientos improvisados delatan un sentido que va más allá del deporte, el esfuerzo físico y los músculos. Parece una danza entre rudos y técnicos que el público aclama.

Decir que la lucha libre es una puesta en escena trae problemas con los fanáticos. Se piensa que tal afirmación violenta la legitimidad de este deporte al poner en duda los golpes, el sudor y la sangre que se derraman en el ring. No obstante, a veces es muy evidente cuando la exageración dramática entre buenos y malos termina por llevarse la función y no el enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

En la danza se establece una relación orgánica entre el bailarín y el espectador; en la lucha libre también existe este tipo de relación entre los luchadores y el público. Se desencadena una conexión corporal, una comunicación entre los cuerpos que se emocionan desde las butacas y los que se juegan la máscara o la cabellera en el ring.

En un ensayo titulado Travesías reales y virtuales del cuerpo humano, el investigador Alberto Dallal explica que “los cuerpos de bailarines y deportistas saben y hacen más que los nuestros: seres comunes y corrientes. En verdad, son más sabios que nosotros; más aptos y contundentes. Sin embargo, no cabe duda de que nos atraen por lo que de nosotros, de nuestra cultura, de nuestras posibilidades y nuestro futuro expresan.”

Académico del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM y especialista en danza, Dallal concluye que los cuerpos formados como bailarines y deportistas se asemejan mucho. “Estos cuerpos sabios ágiles y ‘trascendentes’ (y aún así históricos) expresan, muestran aun ‘literalmente’ una sabiduría extraordinaria que nosotros captamos directa e indirectamente, dentro del regocijo de sabernos, como ellos, humanos, plenamente humanos.”

La fascinación por los luchadores desde las gradas o las butacas no es gratuita, el espectador se reconoce. Se acepta como rudo o técnico. Decanta sus emociones y su violencia frustrada, las posibilidades que su cuerpo humano puede llegar a tener si se proyecta en los cuerpos que están frente a él, luchando contra el bien o el mal.