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De Zsona Maco, semanas del arte y otras crudas institucionales, por Brenda J. Caro Cocotle


Por Brenda J. Caro Cocotle  | Febrero, 2016

Cual cruda: he aquí un texto más sobre Zsona Maco y ese efecto en consecuencia que se ha dado por denominar “semana del arte” (denominación que se me antoja una extraña mezcla entre estrategia de medios y una dosis involuntaria de sarcasmo). Más este escrito debe comenzar con una declaración de parte. Por razones que a la mayoría de la gente le importa un pepino, la edición de este año de Zona Maco la he “visto” a distancia. Tampoco asistí a Material Art Fair, ni asomé la nariz por Salón Acme ni por ninguno de los veintitantos eventos, inauguraciones, acciones, presentaciones y demás actividades que tuvieron lugar durante la primera semana de febrero. Por tanto, si lo que se busca es una crónica, apunte u opinión derivado de la experiencia directa, acá no se encuentra. A esta debilidad de origen se contrapone la observación de segundo grado, más detenida, que permite la distancia. O volviendo al principio: ese estado de contemplación cascada. Cual cruda.

Una valoración justa de la coyuntura que representa la feria debe discurrir bajo dos líneas. Por una parte, el entender Zsona Maco como feria de arte en sí misma y, por ello, parte de una serie de dinámicas muy concretas del mercado del arte; la otra habría de poner atención crítica al peso que se la ha conferido a la feria, al grado de sumir a la escena local del arte en una suerte de vorágine que se antoja demencial.

Aunque resulte molesto, Zsona Maco ha jugado un papel determinante en la configuración de un mercado de arte contemporáneo en México, caracterizado por la ausencia palpable de políticas orientadas hacia el coleccionismo público, un coleccionismo privado y corporativo de alto perfil, muy reducido y concentrado en un sector de privilegio. La feria ha permitido vincular a una serie de agentes dispersos. No obstante, afirmar que este impacto inicial ha derivado en la consolidación de un mercado del arte local es falaz. Una semana de movimiento incesante no hace verano, es un bonito espejismo. Si bien el número de asistentes a Zsona Maco, Material y los eventos asociados ha presentado una curva ascendente, esto parece obedecer más a una suerte de rito social, compromiso de trabajo y la propia debilidad del medio del arte en el país. Una vez quitados los templetes, lo que queda es tierra yerma: colecciones públicas estancadas, pocos jugadores en la arena —en detrimento de ciertos discursos considerados poco comerciales o incómodos, así como el afianzamiento de ciertos intereses—, galerías que nacen y mueren con la feria, ahorcadas entre rentas, bajas ventas y condiciones fiscales que no permiten ampliar la base de coleccionistas en un sector profesional de ingresos medios (sin contar la especulación de precios y valor en el mercado). De hecho, es complicado, sin datos duros de por medio, aquilatar el impacto real de la “semana del arte” en el circuito internacional del mercado del arte. Llama la atención el creciente interés que ha despertado las últimas dos ediciones para profesionales y medios especializados en Estados Unidos, pero no resulta claro si ello responde a una situación del propio mercado estadounidense, el cual en los últimos cinco años ha tenido que buscar alternativas ante una economía con signos de recesión y para el que la condición “bisagra” que posee México resulta deseable.

Así mirado, lo que la “semana del arte” instaura es un mercado de coyuntura, en tanto que parece existir y organizarse sólo alrededor de ésta. Si bien este fenómeno no es exclusivo de Zsona Maco sino parte de un complejo institucional al cual se suman bienales y muestras, lo que en lo particular me parece conflictivo es el grado de protagonismo que se le ha conferido a la feria. Zsona Maco es el eje ya sea por adscripción o por supuesta diferenciación: Si no se está en Zsona Maco, se “está” no estando. A mi juicio, muchas de estas iniciativas que se presentan como “resistencia”, “contraargumento” o “contrapeso” a aquella (sin duda, la más visible es Material), terminan por fungir exactamente de manera opuesta. Están demasiado ocupadas en intentar definirse bajo el “no somos cómo”. Pero lo son. En términos crudos: hablamos de mercado. Sería pecar de demasiada ingenuidad el ignorar que las mismas aprovechan la inercia de Zsona Maco y, al igual que ésta, tienen el objetivo de colocar obra, establecer contactos, iniciar posibles alianzas de trabajo, determinar precios, cotizar su cartera de artistas, posicionarse, fraguar nombre, propiciar movilidad laboral, etc.; lo cual es parte de lo que mercado del arte es. Lo radical de estas iniciativas sería que dejaran de escudarse y afanarse con tanto ahínco en presentarse como diferentes y concentrarse en encontrar estrategias que tradujeran en dinámicas más consistentes que realmente permitiesen circuitos de producción, distribución y consumo del arte más equilibrados y menos sujetos a la especulación de unos cuantos.

Más preocupante es aún, el creciente afán de las instituciones públicas por tener presencia. El asunto es criticable pero no en el sentido en el que suele darse, en el cual la feria, como ente institucional, es la culpable. No. Lo que se desvela es la precariedad del sistema público institucional del arte y los puntos de crisis en los que nos encontramos sumidos los profesionales del sector (artistas, investigadores, curadores, gestores y críticos). Queremos encontrar en la feria las respuestas a los males nuestros de cada día y una validación que debería correr en sentido contrario. Se olvida que se está ante un dispositivo de mercado, no del Estado, en el que interviene una variable de especulación.

No me explico el que le pidamos a la feria resolver las debilidades de nuestro sistema artístico institucional. Porque al hacerlo, convertimos a la feria en la balanza de legitimación de la producción artística. Y lo hacemos cuando todo ese colmillo crítico que se despliega en esa semana, se pierde en el día a día. Y lo hacemos cada vez que toda la energía de museos e instituciones públicas se concentra en ese evento. Y lo hacemos cada vez que culpamos a la feria de la falta de políticas públicas de adquisiciones en vez de exigir a las instituciones trabajar en las mismas. Y lo hacemos cuando nos escudamos en la existencia de “la semana del arte” para no entrarle de lleno a todo aquello que está mal en nuestra ética como profesionales. Y mientras, el punto se pierde: trabajar para que lo que haga girar a la escena del arte contemporáneo, no sea una feria. Ni una semana.

Foto: Zsona Maco.

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Brenda J. Caro Cocotle es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas y Maestra en Museos. Es doctorante del programa de Estudios en Museos de la University of Leicester, Leicester, Inglaterra. Actualmente, es responsable del Centro de información en el Museo Universitario del Chopo, UNAM.

*El contenido publicado es responsabilidad del autor y refleja su punto de vista.