archivo

XIII Bienal de La Habana: ¿La construcción de lo posible?, por Paola Eguiluz


Mayo, 2019

La Habana está en candela

Bajo el nombre La construcción de lo posible, la XIII Bienal de La Habana estuvo marcada por una serie de circunstancias políticas, sociales y meteorológicas. Tras el paso del Huracán Irma que azotó la isla en septiembre de 2017, las autoridades cubanas pospusieron la bienal para destinar los recursos económicos a los damnificados.

Ante la inconformidad de la comunidad artística por suspender este escaparate de producción y visibilidad, en mayo de 2018 —por iniciativa del artista Luis Manuel Otero Alcántara (La Habana, 1987) y la curadora Yanelis Núñez Leyva (La Habana, 1989)— sucedió la #00Bienal,1 una plataforma contracorriente, independiente, autogestiva y de convocatoria abierta que tuvo como objetivo abrir espacios alternativos de exhibición.

A pesar de las limitantes que tuvo el equipo organizador durante la gestión y puesta en acción de la #00Bienal, su realización parecía un triunfo contra el oficialismo hasta que apareció el Decreto 349, firmado en abril y puesto en vigor en diciembre de 2018. Ley que establece una serie de regulaciones sobre política cultural y prestación de servicios artísticos. La reacción fue inmediata, un sector artístico dentro y fuera de Cuba se pronunció en contra de los criterios imprecisos que dejan la puerta abierta a la censura de la producción artística independiente.

En medio de la efervescencia detonada por el decreto, una nueva amenaza de postergar la bienal se hizo presente. En enero de 2019 un tornado azotó la capital cubana, dejando graves afectaciones en cinco municipios, sin embargo, en esta ocasión se optó por acelerar las labores de reconstrucción a la par de revestir la ciudad con pendones, fotografías y letreros por la conmemoración de los 500 años de la fundación de La Habana y, a su vez, preparar los distintos espacios expositivos que albergarían la bienal oficial.

Han pasado 35 años desde su primera edición, cuyo carácter inicial de concurso en las disciplinas de pintura, grabado, dibujo y fotografía, surgió con la intención de mostrar las producciones artísticas de Latinoamérica y el Caribe relegadas por los discursos hegemónicos de la época. Si bien, a lo largo del tiempo, la bienal ha sido una plataforma de proyección para artistas del entonces llamado tercer mundo procedentes de África, Asia y Medio Oriente, hoy en día resuenan las reflexiones del curador y crítico de arte Gerardo Mosquera (La Habana, 1945), que se desprenden de una secuencia que rescata de la película cubana Memorias del subdesarrollo (1968), basada en la novela del mismo nombre escrita por Edmundo Desnoes.2

Durante dicha escena tiene lugar un acalorado debate sobre literatura y subdesarrollo, después de la participación de un grupo de intelectuales, toma la palabra el dramaturgo estadounidense Jack Gelber y cuestiona con tono irónico que, “siendo la Revolución Cubana una revolución original, ¿por qué recurre a métodos convencionales como las mesas redondas?, ¿por qué no desarrolla un método más dinámico de establecer una relación entre el panel y el público?”. En torno a la participación de Gelber, Mosquera destaca la contradicción y limitación estructural de un intento por generar nuevos discursos en sistemas obsoletos, y apunta que quizá esos discursos no son tan subversivos como dicen serlo.

Frente a las arbitrariedades que rodean la XIII Bienal —como las detenciones a Luis Manuel Otero mientras realizaba Se U.S.A y previamente en otra acción frente al Capitolio, así como la prohibición de ingreso a Coco Fusco a la isla—, circulan en medios y redes sociales hipótesis, preguntas y polémicas sobre cómo leer que una catástrofe natural sea más urgente que otra, o si era preciso que la bienal coincidiera o no con los festejos del quinto centenario.

¿Es posible que exista una resistencia por parte de la bienal a reinventarse o por lo menos a reconsiderar las nuevas agendas periféricas, incluso las de casa? Lo que sí es innegable es el esfuerzo por parte de curadores, artistas y partícipes para montar 300 exposiciones colectivas e individuales, realizar intervenciones en espacios públicos, coordinar los casi 100 Open studios y en general, toda la logística que implica la participación de más de 1000 artistas nacionales e internacionales.

En cualquier circunstancia, la labor es titánica a pesar de la precariedad de recursos, como la escasez de material impreso o el limitado acceso a internet, que muchas veces obstaculizó la comunicación. Sobre todo, cuando las inauguraciones o actividades programadas repentinamente cambiaban de horario o se cancelaban sin previo aviso, lo mismo con los estudios de artistas que no indicaban horarios, encontrarlos abiertos se trataba más de una cuestión de suerte.

Ahora que lo marginal ha sido hábilmente absorbido por los circuitos y el mercado del arte, ¿cuál es el objetivo o particularidad que debería tener hoy en día la Bienal de La Habana? Para el equipo curatorial encabezado por el crítico de arte Nelson Herrera Ysla (Ciego de Ávila, 1947) parece obvio, es imperante transgredir los sistemas y seguir potenciado los lenguajes surgidos bajo una condición periférica:

“Aspiramos a que el arte señale nuevos caminos de razonamiento colectivo y que sus realizaciones ofrezcan, a partir de la confrontación de diferentes modelos creativos y de circulación, un mayor acercamiento entre públicos, localidades y niveles de experiencia. Junto a la idea de responder al presente, estas prácticas esbozarían posibles nociones de futuro que, al menos en el nivel poético o simbólico, se correspondan con algunas necesidades de transformación social”.3

En la práctica, con la intención de extender el alcance de la bienal, por primera vez se presentaron exposiciones e intervenciones en provincias fuera de La Habana, del 12 de abril al 12 de mayo de 2019.

Factoría Habana

En el corazón de La Habana Vieja, un edificio de tres niveles es la sede desde el 2009 de Factoría Habana, proyecto abierto para la experimentación, creación y diálogo entre el arte contemporáneo, las nuevas tecnologías, el arte sonoro, el diseño industrial, el performance y el arte urbano. El centro, dirigido por la curadora Concha Fontenla, presentó Intersecciones, exposición colectiva con obra de 17 artistas cubanos y mexicanos en torno al conceptualismo, como Dagoberto Rodríguez, Marco Castillo, Clara Porset, Gustavo Pérez Monzón y Amor Muñoz.

Una gran estructura fabricada con bambú atravesaba el recinto. Se trataba del proyecto La ceiba (2016), de la arquitecta Lucila Aguilar (México, 1967), que usa el bambú como material base para la construcción de viviendas sustentables que, además de su característica estética, el llamado acero vegetal posee cualidades aislantes, térmicas y acústicas.

Crece tu casa, de Lucilda Aguilar en Factoría Habana. Foto: Maité Fernández

Por otra parte, Antonio Eligio Fernández “Tonel” (La Habana, 1958) presentó País deseado (1994), instalación de objetos de cerámica usualmente usados como decoración en los hogares cubanos —frutas tropicales, peces, flores, indios con penachos, panteras, mujeres chinas e imágenes de la Virgen de la Caridad del Cobre— que dan forma al contorno de la isla de Cuba para reflexionar sobre los productos kitsch de consumo, mercancía en auge a partir de los 90 con la apertura del país al turismo y que sirve de reflexión en torno a prejuicios, aspiraciones insulares y la idea de lo nacional.

En el tercer piso del espacio se presentó Inside Out, muestra curada por Natalia Palombo e Isabel Moura Mendes sobre la condición política y social del continente africano. A través de esculturas, videoarte e instalación, los artistas Ayọ̀ Akínwándé (Nigeria) y Athi-Patra Ruga (Sudáfrica, 1984) exhibieron maneras de enfrentamiento y reproducción de realidades a través de los medios de comunicación respecto a África.

Fábrica de Artes Cuba

En el barrio El Vedado de La Habana está la Fábrica de Arte Cubano (FAC), un gran laboratorio donde convive el trabajo interdisciplinario contemporáneo. Fundada y dirigida por el músico cubano X Alfonso, la FAC se ubica en una ex fábrica de aceite cedida por el Ministerio de Cultura de Cuba, siendo así es el primer proyecto en lograr una simbiosis entre iniciativa pública y privada en la isla.

A lo largo de las 5 naves de la ex fábrica es posible ver todo tipo de propuestas que integran cine, música, danza, teatro, artes visuales, fotografía, moda, diseño gráfico y arquitectura. Cada rincón está pensado para estimular el intercambio, la promoción y el acercamiento directo entre creadores y público. El objetivo se logra gracias a la calidad del contenido tan minuciosamente curado, y por la sutileza con la que se transita de un espacio a otro sin perder continuidad.

Autofinanciada y con un cierre temporal cada tres meses para renovarse, la FAC participó por primera vez en la bienal con La pauta que conecta, ejercicio curatorial propuesto por Rosemary Rodríguez. Una muestra colectiva en torno al cuerpo humano, desde la autorreferencialidad hasta su vínculo con la colectividad.

Pieza de Andy Llanes en La pauta que conecta. Foto: Fábrica de Arte Cubano.

En el área de diseño gráfico la muestra CUBAN pie fue un ejercicio creativo del colectivo Nocturnal, integrado por Nelson Ponce, Michele Miyares Hollands, Raúl Valdés “Raupa”, Giselle Monzón y Edel Rodríguez “Mola”.

FotoFac, el espacio dedicado a la fotografía contemporánea, exhibió El doble vínculo con obras de Enrique Rottenberg, Glenda León, Sofía Marqués de Aguiar, Ronald Vill, Liudmila & Nelson, José A. Toirac, Elio Jesús y Ranfis. Al respecto, cabe destacar el montaje de Enrique Rottenberg (Buenos Aires, 1948), cuyas piezas —fotografías de gran formato, una instalación y un cuarto tapizado del piso al techo con piezas superpuestas— daban la impresión de pasear por su estudio.

Aburridos, por ejemplo, es una serie de retratos que Rottenberg hizo al público visitante de la FAC, sosteniendo un letrero con la palabra “aburrido” en el idioma de cada visitante sobre fondos brillantes.

Entre otras obras de Rottenberg estuvo Lo que el viento se llevó (2019), instalación con ventiladores montados sobre sillas desgastadas que intercalaban su encendido con otros cuatro ventiladores como si se tratase de una conversación. Así como La mujer sin miedo (2019), fotografía a la que se accede a través de una cortina de plástico que funciona como filtro. En la imagen, que abarca todo el muro, una veintena de mujeres desnudas cuelgan de los pies sobre una especie de templete, aludiendo a un matadero.

La mujer sin miedo, de Enrique Rottenberg en la FAC. Imagen tomada de Internet.

La pared negra, espacio expositivo de la nave 3 de la FAC, mostraba This is a wonderful country, exposición colectiva con obra de Atelier Morales, Alejandro González, Anyelmaidelin Calzadilla, Khadis De la Rosa, Reinaldo Cid, Juan Carlos Alom y Yulier Rodríguez & Irolán Maroselli. La premisa curatorial de Adelina H. Fonteboa e Irolán Maroselli lanzaba cuestionamientos a los cubanos sobre cómo desean su futuro inmediato, de lo posible a lo concreto. De igual manera, indagaba en las representaciones que han servido para construir la nación, desde la ideología hasta la arquitectura, con la intención de detonar preguntas para entender la condición social actual.

Parte de estos trabajos era Cerrado (2009), de Reinaldo Cid (Ciego de Ávila, 1987). A partir de imágenes del Granma, uno de los diarios de mayor circulación en Cuba, el artista cubano re-fotografía y reproduce con la misma técnica de origen detalles de imágenes de políticos, donde elimina el rostro del personaje para centrarse en el gesto, haciendo de “la ocultación una estrategia retórica de conexión entre fragmentos de un pasado y su relación con las configuraciones de nuestro presente”.

XIII Bienal de La Habana
Cerrado, de Reinaldo Cid en la FAC. Foto: Cortesía del artista.

Con lo anterior, Cid busca cuestionar la supuesta objetividad de la fotografía de prensa y la ambigüedad del discurso oficial. Los trajes oscuros y la forma de estrechar las manos son elementos que se repiten constantemente y, de alguna manera, es esta reiteración la que los hace atemporales y conforma un vocabulario corporal de un sector particular de la población: la política.

Taller Chullima

A un par de calles de la Fábrica de Arte Cubano se ubica el Taller Chullima, un viejo astillero a la orilla del río Almendares que desde hace 2 años además de ser el taller del artista Wilfredo Prieto (Cuba, 1978) es un espacio de trabajo de arquitectura, ingeniería, cine, teatro y gastronomía. La esencia del lugar es potenciar los procesos creativos, el error, la experimentación y el intercambio. Con motivo de la bienal se reunieron distintas propuestas bajo el título El estudio como convivencia e interacción.

Para Prieto, la necesidad de trabajar colectivamente surge a raíz del proyecto Viaje infinito, instalación al estilo Land Art pensada para realizarse en su provincia natal. La escultura ambiental consiste en la construcción de una autopista con el diseño del símbolo infinito, con 4 carriles y que abarque aproximadamente 49 hectáreas. La intención es subvertir la función original de las carreteras de conectar y comunicar dos territorios, para dar lugar a experiencias de las personas usuarias donde los ciclos se repitan y que, el transitar en la vía conduzca siempre a un mismo punto. El viaje en una autopista que no tiene principio ni fin puede tornarse reflexivo y a su vez absurdo o sin sentido.

Viaje infinito, de Wilfredo Prieto en Taller Chullima. Foto: Maité Fernández

Taller Chullima mostró la maqueta de Viaje infinito acompañada de un documental sobre la obra, dirigido por el español David Beltrán (Vila-real, 1991). La propuesta ha generado opiniones encontradas, desde quienes la apoyan hasta quienes cuestionan el uso de recursos materiales, que no precisamente sobran en la isla. Al respecto, Prieto argumenta que además de la obra, producida con cemento ecológico, habrá un parque que motive la producción artística y el turismo cultural de la zona.

A lo largo del taller figuraban otras piezas de Prieto como Matrioska (2001) y Cuanto más añades menos ves (2011), en camuflaje con la maquinaria que aún permanece en el lugar. La obra imposible de ignorar por su fuerza es Apolítico (2001), un despliegue de banderas de distintas naciones que penden de un entrepiso, producida para la VIII Bienal de La Habana. Las banderas de las principales potencias mundiales son reproducidas con la misma tela, medidas y diseño oficial, pero en escala de grises. En un gesto por neutralizar los pensamientos que representan el peso simbólico de cada nación, el artista cubano pone juego la carga política de los símbolos patrios.

Debajo de la instalación Apolítico se situaba en una mesa de trabajo el proyecto Jardines que no existen, del arquitecto mexicano Alberto Kalach e Infraestudio. Convocados a repensar los espacios públicos de la capital habanera, esta pieza en proceso propone intervenir jardines de la ciudad, a través de acciones mínimas de bajo costo. Dibujos, conversaciones, visitas, fotografías y collages de los posibles lugares a intervenir forman un paisaje hecho en Zeolita, un mineral microporoso. De esta manera, el jardín ficcional se reinventó a lo largo de la bienal con distintas alternativas de uso del espacio público.

***

Es muy complejo resumir la bienal en un par de obras o lugares. Más complicado es sintetizar cuatro accidentados años entre una edición y otra sin perder de vista los arrestos, los mandatos y las deportaciones a distintos agentes del arte. Como mencioné, el esfuerzo y beneficio para artistas y público visitante son evidentes. Mis preocupaciones se plantan más bien entre la represión política al interior y exterior de la isla que toma como plataforma de negociación la bienal, dejando fuera del juego a la principal comunidad involucrada.

Hacer lo que se puede con lo que se tiene es un juego azaroso. Ante este escenario incierto, ¿cómo construir lo posible? Si la bienal se permite una autocrítica, sería oportuno recodar una frase incitadora de Gerardo Mosquera:

“Muchas transformaciones se desenvuelven de un modo diferente, metafórico, actuando en procesos híbridos, en los márgenes, en la ‘incorrección’, en las fronteras, en los intersticios, en la política pequeña tanto como en fenómenos físicos, sociales y culturales de dimensión colosal”.4

Es el momento de ponderar hacia dónde se dirige la Bienal de La Habana, negociar con las voces que tienen cada vez más fuerza y experimentar otros modelos curatoriales. Quizá sea importante mirar atrás antes de seguir adelante, y recodar las motivaciones de organizar una bienal específicamente para los discursos marginados y periféricos. Si existe un lugar donde es posible revolucionar las prácticas artísticas y su forma de visibilizarlas desde una perspectiva crítica, es sin duda La Habana.

Foto de portada: Pieza de Reinaldo Cid en la Fábrica de Arte Cubano, cortesía del artista.

— —

Crónica | #00Bienal desde La Habana, por Fernando Pichardo

Arte y política: contradicciones, disyuntivas, posibilidades, 135.

Discurso completo de Nelson Herrera disponible aquí.

Gerardo Mosquera, “Arte y política: contradicciones, disyuntivas, posibilidades”, en Caminar con el diablo. Textos sobre arte, internacionalismo y culturas, (Madrid, EXIT Publicaciones, 2010), 137.

— —

Paola Eguiluz (Ecatepec, 1986) es artista, curadora e historiadora de arte. Estudió Artes Visuales en la Universidad Autónoma de Querétaro y la maestría en Historia del Arte (Estudios Curatoriales), UNAM. Recientemente se desempeñó como Coordinadora de exposiciones en el Museo Morelense de Arte Contemporáneo Juan Soriano y actualmente es Curadora de Contenidos Artísticos en Centro Cultural El Rule.