Arte

TRENCADÍS: AZULEJO QUEBRADO


Por Rodrigo Bonillas

El nombre es catalán, y catalanes fueron los hombres que lo llevaron a su cumbre expresiva, pero la técnica ya había sido usada desde antaño. El trencadís (una palabra que en catalán, entre otras cosas, significa “quebradizo”, “frágil”) es un modo de emplear el azulejo que, a diferencia de las teselas de tamaño más bien uniforme, como las de los antiguos mosaicos bizantinos, troza las piezas de cerámica a fin de adherirlas a superficies más sinuosas o, ya en el límite, hacer mezclas donde la bizarría de los colores y las formas llega a uno de los caos más elegantes que han propuesto las artes decorativas. Todo esto en una época, la del modernisme català (el nombre que tomó el art nouveau en Cataluña), que no fue tacaña con la elegancia, ni con el uso del color y de la forma.

Antoni Gaudí y su ayudante Josep Maria Jujol fueron quienes consiguieron, hace más de un siglo, los efectos más arriesgados de esta técnica. No es necesario hacer un breve inventario de las obras donde usaron el trencadís, pues esas combinaciones azarosas pertenecen ya al imaginario colectivo de todo adicto al arte. Si acaso, hay que mencionar la sala hipóstila del Parque Güell, donde los medallones hechos de trencadís adquieren un volumen inusitado, una obsesión por lo orgánico, un ansia de la tercera dimensión. Este modo de aplicar los mosaicos fue compartido por otros artistas, pero nunca se llegó a tal madurez del estilo. En esta arquitectura no sólo se empleó el azulejo: trozos de loza, pedazos de botella o muñecas de porcelana se integraron en estos espléndidos amasijos vidriados.

Gaudí, que quizá sea el más célebre de los catalanes, debe no poco, en su obra, al gusto arábigo por la decoración con azulejos de patrones geométricos que se extienden imaginariamente hasta el infinito, un gusto que se basó en ochocientos años de presencia árabe en España. En nuestros días otro arquitecto de la península ibérica, igualmente desmesurado, aunque cromáticamente mucho más austero, Santiago Calatrava, quiso, sin éxito, emplear la técnica en el Palau de les Arts de Valencia a gran escala. En los últimos meses el gran trencadís blanco de ocho mil metros cuadrados de extensión que cubre la fachada del edificio empezó a despegarse y, en algunos espacios, a caerse. Dicen que se debe a que fue pegado sobre una bóveda metálica y no sobre concreto, que es lo común, aunque todavía las causas no han sido divulgadas. La reparación costará varios millones, pero más cara saldrá la pérdida de prestigio. Es venganza de una técnica que nació entre la artesanía y el arte, un producto refinado de una vieja tradición estética, que al ser abusada en un edificio como el del arquitecto valenciano por puro capricho estético (no se puede llamar de otro modo a esa extensísima cubierta de cerámicas blancas, que de lejos ni siquiera delata un trencadís) quiso caerse a pedazos.