Arte

TRAS LA EROSIÓN


Por Andrés Reyes / @MrIntra

 

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El derrumbamiento de un mundo o el traslado a otro es algo irremediable, que ya no se puede cambiar. Las obras ya no son lo que fueron. No cabe duda de que siguen siendo ellas las que contemplamos, pero es que ellas mismas son esas que han sido. […]Ciertamente, su manera de hacernos frente es todavía consecuencia de su anterior modo de subsistencia, pero ya no es exactamente eso mismo. Eso, ha huido fuera de ellas.

Martin Heidegger, El origen de la obra de arte, 1936.

 

Si debiéramos nombrar un evento que ha marcado un antes y un después en la Historia del Arte, un parte aguas del cual no pudiéramos escapar sin importar gustos estéticos y preferencias artísticas, definitivamente tendría que ser aquel denominado como la muerte del arte. El deceso se dio cuando a principios del siglo XIX, Friedrich Hegel (1779-1831) declaró –el arte es cosa del pasado-, justificándolo en que éste ya no satisfacía las necesidades que pueblos anteriores encontraron en él. –Las obras ya no son lo que fueron—, remató un siglo después Martin Heidegger (1889-1976). Para ambos, el gran arte se había perdido tras el medioevo europeo, pues desde las construcciones medievales que el arte no había vuelto a contener idiosincrasias socioculturales que abarcaran universalmente su época. El arte había dejado de ser Arte, pues incluso los vestigios arquitectónicos de aquellas obras del pasado se nos presentan hoy vacías, como meros objetos en los que el ser-Arte de la obra, se ha erosionado.

Pocas obras contemporánea me evocan de manera tan literal este pasaje de la historia del arte, con el que se inaugura la estética como rama de la filosofía, como las piezas Pablo Rasgado que conforman la muestra Ojo por diente presentada actualmente en la Galería OMR, exposición que ilustra escultóricamente el sentido estético emanado del desgaste funcional de los objetos, la condición ruinosa de los despojos  inmuebles, como consecuencia del tiempo. Residuos en los que también debiéramos encontrar rastros los habitantes del pasado; por lo que con los mismos materiales residuales, junto con los vestigios arquitectónicos, se presentan pequeñas esculturas efímeras que a partir de la inestabilidad de su materia prima, deberían transformarse conforme la muestra avance.

Y es que es justo ese sentido estético emanado de las obras en el que el ser-arte se devela. Pues como señala Willy Kautz, curador de la muestra, en el afán arqueológico de Rasgado —se presenta un aparecer y desaparecer de cosas que pueden o no dejar su huella después de difuminarse en el aire—; en donde en realidad, la cosa aparecida no es cosa en cuanto ser-objeto (pues este está dado en la parte matérica de las piezas), sino que lo develado es el ser-arte de las obras expuestas.