Arte

TORRES HACIA LO INVISIBLE


Por Rodrigo Bonillas

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Al leer sobre la Torre Sin Fines (Tour Sans Fins) que Jean Nouvel proyectó a principios de los años noventa, me vino a la mente aquella otra torre que, si todo sigue en marcha, estará completa muy pronto: la Infinity Tower de GDS Architects, en Seúl, Corea del Sur. En ambos edificios hay un deseo de hacerse notables, dentro del mundo de la arquitectura, por medio de las transparencias, en una persecución de la paradoja.

Bien mirados, los proyectos tienen un planteamiento distinto, que resuelven con recursos radicalmente opuestos. A eso contribuyen veinte años de tecnología y la ubicuidad actual de las pantallas.

La Tour Sin Fines no fue construida. Pertenece al plan de desarrollo de París hacia el eje de La Defensa: la prolongación de la vía del Louvre que atraviesa las Tullerías, continúa a lo largo de los Campos Elíseos, pasa por debajo del Arco del Triunfo (plaza Charles de Gaulle), y continúa hasta el otro arco, el de La Defensa. Esta sección al noroeste de París, hoy muy poblada de edificios, tuvo un camino tortuoso, con etapas de crecimiento acelerado y otras de estancamiento. Precisamente fue por la coincidencia con un periodo de depresión económica que la Torre Sin Fines fracasó.

El perfil de esta torre consistía en una base de granito que se enterraba varios pisos por debajo del nivel del suelo. Hacia arriba, el empleo de materiales visualmente más ligeros y la reducción de la densidad de la retícula del edificio provocaban que poco a poco la torre pareciera desvanecerse en su punta, degradarse. El efecto contrario sucedía en la base de granito: una paulatina fusión con la tierra, que ocultaba la verdadera base del edificio y que por lo tanto la hacía inexistente. El cielo luminoso de París, aseguraba Nouvel, iba a hacer lo suyo para que, desde el suelo, la torre diera la ilusión de no tener fines allá arriba.

Otro futuro pinta para la torre de Seúl. Apoyada en el empuje económico de esa nación asiática (que, como Brasil, por su dinámica emergencia acaba de ser seleccionada para unos Juegos Olímpicos, los de 2018, en este caso invernales), la torre se levantará a 450 metros de altura. Su gracia: tener cámaras de alta resolución en los costados, que tomarán imágenes del panorama y las proyectarán simultáneamente al otro lado del edificio, con pantallas de leds. Así, la torre simulará, gracias a una alta tecnología, desaparecer en el cielo, hacerse invisible.

Los arquitectos de la Infinity Tower dicen que, con esa silueta, su edificio será símil de Corea del Sur: “La torre demuestra sutilmente la ascendiente posición de Corea en el mundo al establecer su presencia poderosa por medio de disminuir su presencia.” Hay algo de falsa modestia en esas palabras para una torre que quiere ser infinita y que se basa, conceptualmente, en un fragmento del Tao te King. Todo a través de la ilusión. La torre de Nouvel en cierto modo se iba desintegrando, iba tendiendo hacia una real ligereza. Poder usar leds a esta escala, en el caso de la torre de Seúl, va a hacer realidad otro de los deseos que aparecían de pronto en las películas con algún rasgo de ciencia ficción (algunas muy recientes, como ésta).

Este “anti-rascacielos”, como sus creadores lo nombran, no podrá engañar desde las alturas, de donde siempre será visible: así evitarán la muerte de aves y los accidentes de aviones.