Arte

TORRE PUNTA REFORMA


Por Rodrigo Bonillas

En el crucero de las dos calles más importantes de México D.F. —Paseo de la Reforma e Insurgentes— los vecinos y los asiduos de las colonias Juárez, Cuauhtémoc, Tabacalera, han visto cómo, en los últimos meses, se yergue y crece a grandes pasos un nuevo rascacielos que desafiará, hasta donde su altura lo permita, aquella presencia voraz del complejo Reforma 222: la torre Punta Reforma.

Aquí, hace varias décadas, a mitad del siglo pasado, el arquitecto Mario Pani proyectó un plan maestro para unificar el estilo de las varias cuchillas que en este centro se entierran. Aquí, ahora, el concreto blanqueado del nuevo Senado de la República y de Reforma 222, que se conjuga con cristalerías en tonos fríos, van imponiendo su carácter en los alrededores. En consonancia, el único edificio de Pani de este crucero que no se malogró, el ex hotel Plaza (Sullivan y Reforma), ha mudado no hace muchos años su rostro original por una fachada reciente, que lo hace ver, como desgraciadamente sucede con varias obras del periodo moderno que sufrieron un atroz maquillaje posmoderno, baladí. Hoy es, con ironía, la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda.

Punta Reforma es la obra más importante en este crucero desde que se inauguró, hace casi tres años, el Senado de la República. Su giro es la oficina corporativa y el comercio. El proyecto de Sergio Zepeda y Monique Veraart (ZVA Group Architects) suplanta un diseño anterior de Michel Rojkind, la torre Axis, que poseía una resolución de inquietante asimetría, arriesgada, más afín al aire de nuestro tiempo. Punta Reforma, en contraste, recurre a una estructura simétrica, cubierta por entero de cristal, con una silueta de cuña (como la de aquella alegoría de la modernidad que sigue siendo el Flatiron Building de Nueva York). Ningún gran edificio de este crucero había aprovechado, hasta ahora, esta afortunada circunstancia.

A pesar de su perfil predecible, Punta Reforma se permite algunas sutiles osadías: buena sección de la fachada de cristal, en la parte más baja, sobresale en relieve de la estructura del edificio. Además, hasta arriba, dos pequeños saledizos, con ademán de ojos, rompen el orden de la cuña y se orientan en sentido contrario al ángulo agudo que rige la edificación. Como obra es, hay que decirlo, menos interesante el proyecto de Rojkind, pero es de todos modos una pieza cabal; sin tanta gesticulación, pero con seguridad en sí misma y con armonía —algo que le falta a este crucero, que quiso ser armónico y racional en la época de Pani, y que hoy es excéntrica miscelánea.