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Tiempos de desasosiego o las contradicciones de no saber qué hacer desde la cultura y el arte, por Brenda J. Caro Cocotle


Febrero, 2017

He de confesar que siempre he tenido dificultad para entender la frase “lo personal es político”. Por supuesto, puedo remitirla a su contexto, citar interpretaciones y relecturas de la misma; puedo incluso “explicarla” a otros (en el contexto de una clase o exposición argumental). Mas ello no elimina que en el fondo, me sigue desconcertando, en particular en estos tiempos de desasosiego, cuando de frentazo nos han encontrado viejos discursos de racismo, xenofobia, género y nacionalismo barato. Me resulta a veces hueca y a veces llena de sentido; a veces falaz y a veces, certera, en particular cuando la coloco bajo la perspectiva de la escena cultural y artística. Y no, no me refiero a la resbaladiza relación entre arte y política en tanto articuladora de un discurso estético, sino al posicionamiento posible desde un campo de acción social concreto, atravesado por dinámicas particulares y nociones tales como singularidad y excepcionalidad.

Quizá lo único que puedo sacar en claro es que nos toca lidiar con una serie de contradicciones y límites poco claros respecto al posicionamiento y acción posible desde el arte, desde la institución arte, desde la cultura como objeto y sujeto de política pública.

Comparto la premisa de que las instituciones culturales y artísticas, en especial las pertenecientes a la administración pública, debieran operar bajo un compromiso para con la ciudadanía antes que fungir como instrumentos de visiones particulares, intereses personales, o políticas de estado (que no públicas). Comparto también la premisa de que la experiencia estética puede detonar una serie de procesos críticos y lecturas sobre la realidad, y/o incidir en ciertas dinámicas sociales. Sin embargo, difiero de aquellos que postulan que la “revolución se hará desde el museo” o que el mundo cambiará radicalmente por una obra de arte. O por la pose. Lo lamento, pero las utopías de ese género ya no me alcanzan.

En días anteriores, en esa extraña nueva “república” de tiempo difuso, moralina variable e inmediatez del timeline que son las redes sociales, leía el lamento y la reivindicación de los “espacios independientes”: uno como réplica de un modelo cultural empresarial; el otro, como una manera de incidir en un sistema considerado afuncional. Más allá de estar a favor o en contra de una u otra postura –en el fondo, considero que ambos tienen razón y son dos caras de una misma moneda–, lo que me hizo detenerme fue observar la forma en como hemos hecho de dichas redes, un nuevo campo (en el sentido del Sr. Bourdieu): lugares de acción política a nivel discursivo donde jugar las cartas, en los que el posicionamiento se caracteriza por oscilar entre la volatilidad y la permanencia; esferas donde se hace cierto tipo de política pero que deja oculta esa otra, a nivel de las estructuras institucionales, donde lo virtual no necesariamente tiene réplica o  traduce en cambios profundos.

Lo anterior implica preguntarse sobre la forma en cómo se está modificando el concepto de política cultural pública: ¿haremos la misma a golpe de tuitazo, de hashtag, de avatar, de trolleo, de boots, de lo que un día el tren del mame indica que es lo “políticamente correcto”? ¿A eso se ha reducido la responsabilidad de nuestros funcionarios y responsables de las instituciones? Vigilantes de las redes, no prestamos demasiada atención a los planes, programas, acciones que se articulan institucionalmente; ni al hecho, no menor, de que la ciudadanía de la red no es el conjunto total de la misma –en un país con altos niveles de analfabetismo digital, un concepto limitado de “gobierno abierto”, y mecanismos de participación y representación para la toma de decisiones escasos, sin concordancia con las diferentes realidades nacionales, la mayoría de ellos no vinculantes–.

La toma de postura pública, en particular de los “artistas e intelectuales”, va también aparejada de una demanda por un “compromiso”, un “activismo social”, cambiante según el discurso en turno. Gracias a una suerte de “carácter extraordinario” otorgado por su trabajo creativo o cognitivo, la posición del artista  como ciudadano, su posicionamiento para con el andamiaje institucional, el mercado del arte, su injerencia dentro y como parte de un sistema, es más bien pantanosa.  Se asume que se debe “saber más” pero en realidad no creo que muchos de los que nos movemos en estos terrenos sepamos gran cosa; se pide que el arte sea la “resistencia contra el sistema”,  aunque una cosa es resistir desde la retórica y otra desde la práctica, y la resistencia de aparador es sencilla de ejercer mientras lo estructural no se toque.  Se lamenta que ya no haya canciones de protesta,  grupos y colectivos artísticos como los de los 70, que no se pitnen murales, ni se organicen acciones disruptivas, sin preguntarse demasiado sobre los contextos y  coyunturas que hicieron del cuerpo movilizado una acción efectiva, muy poderosa, en un determinado momento pero que ahora quizá haya decantado hacia búsquedas más bien ligadas a un repliegue y contención, ante un estado de vulnerabilidad social muy distinta.

Si el arte y la cultura no son el lugar de la toma de decisiones políticas socioeconómicas, ¿qué tipo de decisiones políticas, sociales y económicas sí lo cruzan? Más allá de las elecciones temáticas, de la formación, de las afinidades electivas, en postura ideológica, a nivel personal; ¿cómo debemos plantear la relación del arte, la  cultura y sus instituciones como garantes de un conjunto de derechos? Si el arte puede ser una vía de ejercer una postura reflexiva, ¿desde dónde situar la misma? ¿Cómo llevar la crítica sin caer en un discurso superficial, que realmente nos permita distinguir dichas contradicciones y el papel que se le asigna al arte y la cultura en un determinado momento? ¿Qué lugar está ocupando ahora? ¿Cuál es la coyuntura que atraviesa en este momento cuyo supuesta “virtud de transformación” es a la vez una manera de paliar las inequidades sociales y una forma de anular el disenso? ¿Cuál es la posición del artista, del gestor en tanto parte de un campo profesional? ¿Cuál es la responsabilidad de las instituciones culturales para con una ciudadanía? Si debemos actuar, ¿acturar respecto a qué, sobre qué, para qué, desde dónde?

Ojalá tuviese respuestas. Es cuando lamento que no pueda entusiasmarme con Biffo, que Agamben se me pierda entre un párrafo y otro, que no haya yo leído más o mejor, que mis experiencias vitales sean de clase media, que me regodee en mi moralina bienpensante. Pero es también cuando admiro la decisión férrea de quienes buscan coherencia en sus diferentes ámbitos de vida, aunque dicha búsqueda no sea necesariamente perceptible o reducida a una pieza o temática. Es cuando lamento mucha de la autocensura institucional pero no dejo de asombrarme por aquellos quienes la desafían, a nivel de práctica y toma de decisiones. Y es cuando agradezco a aquellos que pese al desasosiego apelan porque es posible y necesario pensar en cuáles son los limites del arte en tanto sistema institucional y cuál es el diagrama de nuestra acción colectiva como parte de este último.

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Brenda J. Caro Cocotle es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas y Maestra en Museos. Es Doctora en Estudios en Museos por la University of Leicester, Leicester, Inglaterra.

*El contenido publicado es responsabilidad del autor y refleja su punto de vista.