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The Light Above Us en Taller del Viejo, por Víctor Palacios


Agosto, 2019

“The light should never be exactly in the middle of the picture”.
Thomas Cole

El Taller del Viejo está emplazado en el efervescente Barrio de Santa Tere, Guadalajara, y es, desde hace varias décadas, un referente ineludible en el ancestral y apasionante oficio del enmarcado. Bajo la dirección de Enrique Cabrales quien heredó de su padre dicho quehacer, el taller ha dado cabida, desde hace algunos años, a exposiciones enfocadas en los géneros de la pintura y la fotografía; obras supongo en su mayoría enmarcadas y colgadas sobre los muros.

Por consiguiente, es posible inferir que aquellas respetables muestras distaron de interrumpir o modificar las labores cotidianas del espacio, la disposición de las herramientas y mesas de trabajo, la adecuada iluminación, los residuos u ordenamientos azarosos, etc. Dicho de otro modo, la cadencia, el pulso y la mecánica inherentes a toda producción colectiva de carácter mercantil. Durante estas muestras el taller cambiaba temporalmente de aspecto pero seguía siendo eso… un área de trabajo.

En contraparte, Francisco Ugarte (Guadalajara, Jalisco, 1973) y Gonzalo Lebrija (Guadalajara, Jalisco, 1972) optaron por generar a partir del vacío; propiciar que la materia prima y el sustento de su intervención fuesen las características espaciales y elementos arquitectónicos de la antigua nave que aloja actualmente al taller. Para que ello resultara posible fue imprescindible despojar al espacio de toda materia o cosa que no fuese estrictamente eso: volumen, estructura u ornamento arquitectónico. A partir de esa suerte de página en blanco ambos artistas fueron articulando, paso a paso, una serie de elementos gráficos, escultóricos y pictóricos cuyo común denominador fue el énfasis en las experiencias perceptuales que la entrada de luz natural genera en el espacio.

Tres piezas triangulares, muy distintas en su factura más no en su tipo, destacan en primera instancia. La primera es una prolongación invertida de las tornapuntas y diagonales de madera que sostienen la tercera y última armadura del techo a dos aguas. Esta acción resulta en un par de equiláteros que apuntan hacia el suelo y, a su vez, generan un juego de sombras, planos visuales y relaciones formales con el resto de las intervenciones; enmarcan, resaltan tanto lo inherente al sitio como lo ajeno o extraño.

Sobre el muro al fondo de la nave notamos otro triángulo. Esta vez su emplazamiento y dimensiones obedecen a un caprichoso vano prexistente. La amarilla superficie de esta figura geométrica parece emanar de dicha entrada de luz y la ineludible curiosidad que genera el saber que hay detrás de esta angosta apertura provocan que el espectador se aproxime, espíe, conjeture. A través del luminoso vano uno puede percibir algo tan especular como aterrador: el pasar del tiempo, algunos movimientos del vecino, la desafortunada arquitectura de su morada, el sonido de una motocicleta que se aleja, etc.

Al costado derecho del taller, de piso a techo sobre el muro, surge un dibujo color ladrillo. Trazado con la emblemática herramienta de construcción llamada tiralíneas y apuntando está vez hacia arriba, esta composición triangular transmite una carga mística al mismo tiempo que alude a la práctica de los oficios primigenios, tradicionales. La ligera e intermitente variación en el grosor de sus líneas genera una vibración desconcertante que, una vez más, incita a aproximarse lo más posible para descifrar la técnica empleada y experimentar la sensación de ser partícipe, de comulgar con lo que ahí acontece.

Frente a éste, en el costado paralelo, un largo rollo de papel blanco se desliza a todo lo largo de la pared hasta alcanzar el suelo y seguir su rumbo, su cauce natural algunos metros. El carácter orgánico y flexible de este objeto escultórico de formato rectangular generan una marcada disonancia con el resto de las obras. Si bien luce su prístina caída y el material mismo remite a una infinidad de posibles lecturas conceptuales y formales, no está del todo anclado a un elemento arquitectónico o circunstancia particular del espacio. Ello y la ausencia de alguna clase de gesto sobre su superficie le resta densidad y lo aparta de la especificidad del sitio.

Próxima a esta pieza encontramos otra intervención, ésta se desplegaba sobre los bordes perimetrales de tres extraños volúmenes que pudieran tener la función de contrafuertes pero cuya estrechez e irregularidad en su forma hacen dudar de ello y de su razón de estar ahí. Los cantos de estas enigmáticas estructuras fueron cubiertos por una espesa e impoluta capa de hoja de oro cuyo resplandecer les otorgaba una dimensión aurática y escultórica a pesar de estar adosados a los muros.

Por último, ambos artistas decidieron incluir una pieza preexistente de Ugarte denominada Sin título, Puerta y luz amarilla (2016) situada bajo una puerta, en el angosto espacio que éstas suelen dejar entre su borde inferior y el suelo. De ese hueco emanaba una intensa luz de tonalidad amarillenta y naranja que, si bien dialogaba visual y armónicamente con la mayor parte de las intervenciones, fallaba en su evidente fuente eléctrica, artificial. Dicho carácter y el hecho de ser una pieza concebida inicialmente como parte de la exposición How Things Are (2016) presentada en Marfa Contemporary le hacían innecesaria, fuera de lugar, contradictoria con la naturaleza del proyecto colaborativo e in situ entre ambos artistas coetáneos. Considero que este modelo de diálogo y trabajo entre creadores que comparten intereses y afinidades estéticas es algo que debiera explorarse más en el ámbito del arte contemporáneo. Tal vez pudiera ser un rasgo particular de las muestras o intervenciones a futuro en este sugerente espacio.

Instalación Sin título, Puerta y luz amarilla, de Francisco Ugarte en How Things Are, Marfa Contemporary.

Por otro lado, la intervención propuesta al taller destaca por haber involucrado activamente a las personas que ahí laboran en la producción de las distintas piezas. Ello dotó a la muestra de un sello participativo que, sin duda, habrá provocado tanto en los artistas como en los marqueros o artesanos, formas inopinadas de entender el espíritu de ese peculiar espacio, de su historia y de las tareas cotidianas ahí desarrolladas. El posible error de haber transformado el taller en una especie de cubo blanco que borrara su identidad y oficio, fue sorteado de manera sensible y atinada por Lebrija y Ugarte.

La intervención logró enfatizar y resaltar tanto los aspectos medulares del espacio a nivel formal y espacial como provocar diversas experiencias estéticas y sensoriales en el público espectador y en los usuarios cotidianos del taller. Si bien la intervención —en tanto muestra abierta al público— duró tan solo unos días, al conversar con Enrique Cabrales semanas después, me comentó que aún permanecían algunos vestigios de la misma. Sería interesante volver al taller y apreciar como aquellos rastros se entrecruzan y dialogan con las labores propias del enmarcado.

La cita del pintor estadounidense de origen británico Thomas Cole (1801-1848) con la que inicia el texto parece haber ejercido como uno de los preceptos o normas que ambos artistas tapatíos siguieron al concebir su intervención de sitio específico. En efecto, la luz allí siempre escapó al centro y su atrayente ímpetu.

Fotos: Vista de la instalación The Light Above Us en Taller del Viejo | Cortesía del autor.

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Víctor Palacios es curador en jefe del Museo Cabañas en Guadalajara, Jalisco. Ha trabajado como asiste curatorial en el Museo Tamayo, en Sala de Arte Público Siqueiros y en la Bienal Manifesta 5. De 2005 a 2007 fue curador independiente en Barcelona. Asimismo, se desempeñó como curador en jefe del Museo de Arte Carrillo Gil y curador del Museo de Arte Moderno. Recientemente se desempeñó como jefe de Artes Visuales en Casa del Lago de 2012 a 2019. Es cofundador de Materia de dibujo / Drawing issues.