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Talleres Emaús: redefinición del arte religioso en México, por Daniel Garza-Usabiaga


Agosto, 2017

Durante las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo XX los Talleres Emaús jugaron un papel primordial en la redefinición del arte religioso en México. Estos talleres fueron iniciativa de Gregorio Lemercier, un monje Benedictino nacido en Bélgica en 1912 que llegó a México en 1942 con el objetivo de abrir un monasterio. Lo que logró, después de un par de intentos fallidos, en 1950 cuando fundó el monasterio benedictino de Santa María de la Resurrección en Ahuacatitlán, Morelos. Los talleres Emaús eran parte de este convento. El trabajo de Lemercier, los monjes y Emaús se vio beneficiado por las corrientes progresistas al seno de la Iglesia Católica que anticipaban las reformas que se concretaron con el final del Concilio Vaticano II en 1965. Del mismo modo, esta empresa se favoreció con la designación de Sergio Méndez Arceo como obispo de la diócesis de Cuernavaca en 1952, quien invitó a Lemercier como su asesor teológico en 1962 . Como se sabe, Méndez Arceo fue uno de los personajes de mayor relevancia dentro de la Teología de la Liberación en México y en América Latina. Su simpatía hacia ciertos movimientos revolucionarios en Centroamérica, como el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional y el Frente Sandinista de Liberación Nacional, motivaron investigaciones y supervisión constante tanto del gobierno mexicano como de Estados Unidos.

Con el tiempo, el convento de Santa María de la Resurrección es más recordado por la iniciativa de Lemercier de introducir la práctica de psicoanálisis entre los monjes que por los trabajos de Emaús. Desde finales de la década de los cincuenta, el monje belga empezó a mostrar una perspectiva favorable hacia el psicoanálisis y poco tiempo después se sometió personalmente a esta práctica. Para inicios de los años sesenta, el psicoanálisis se volvió una especie de práctica mandatoria para toda la orden. “La introducción del psicoanálisis en el noviciado del monasterio de Santa María de la Resurrección, pensó Lemercier, demostraría al postulante la autenticidad de su vocación y también el camino de sanación o aceptación para que estos asuman y resuelvan sus ‘rasgos neuróticos’ desde un principio, según explicó, y antes de consagrarse como monjes”[1]. No obstante, la práctica del psicoanálisis ofreció un punto crítico para los detractores del Prior del monasterio. La posición progresista de Lemercier era condenada por los sectores más conservadores del clero quienes presionaron para que el Tribunal Apostólico de la Rota Romana le exigiera terminar, en 1967, con la práctica de psicoanálisis en el monasterio, so pena de suspensión a divinis. Ante esta amenaza, el fundador del monasterio decidió renunciar a la Iglesia y pedir la dispensa de sus votos. Un ejemplo de las enemistades conservadoras que Lemercier procuró fue la de Marcial Maciel, a quién acusó desde esa época de casos de abuso sexual.

Gregorio Lemercier: Diálogos con cristo (2014), del artista Pablo Helguera es una pieza que se basa en el monje Benedictino a partir de su libro más conocido. Helguera resume su trabajo de la siguiente manera: “El episodio psicoanalítico colectivo encabezado por Lemercier representa, en cierta manera, un ejemplo del esfuerzo por un hombre de fe de reconciliar e integrar las ideas espirituales del catolicismo con el mundo de la ciencia y del progreso. El espíritu progresivo de Lemercier, inspirado en parte y apoyado por el obispo de Cuernavaca Méndez Arceo, se puede ver como uno de los primeros impulsos intelectuales que posteriormente desembocarán en la teología de la liberación en América Latina”.[2] En 1967 y después de renunciar a la orden, Lemercier comenzaría un experimento social que reunió a muchos de los exmonjes de Santa María de la Resurrección e incorporó a nuevos miembros laicos. También estableció el Centro de Psicoanálisis Emaús, financiado con el apoyo de los talleres de platería, serigrafía, carpintería, marquetería y herrería que antes funcionaban como parte del monasterio.

Entre el inicio y el final de la experiencia de Lemercier en Santa María de la Resurrección tiene lugar el desarrollo del trabajo de los talleres Emaús, aunque su producción rebasó este lapso de tiempo. Los monjes de la orden tenían que trabajar ahí, realizando una labor colectiva y sin perseguir reconocimientos de autoría individual. Los productos eran vendidos para sortear los gastos del convento. El monasterio de Lemercier y el trabajo de Emaús se vieron beneficiados con la participación de monjes como Gabriel Chávez de la Mora y Ernesto Paulsen, el primero, por ejemplo, perteneció a la primera generación que se graduó de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara en 1955. Alumno de Ignacio Díaz Morales, Mathias Goeritz y Eric Couffal, Chávez de la Mora hizo los votos de la orden en 1956. Un año después, construyó una nueva capilla en Santa María de la Resurrección con una planta circular y una disposición cristocéntrica[3] que anticipó las reformas del Concilio Vaticano II. El diseño de la pequeña capilla también contempló una iluminación natural cenitalmente —que recuerda la arquitectura emocional de Goeritz y Luis Barragán— y la construcción de confesionarios con un fuerte carácter escultórico, abiertos y situados al aire libre. Dentro del convento, Chávez de la Mora también desarrolló una práctica artística de naturaleza religiosa en los talleres de grabado y orfebrería, además de diseñar los hábitos monacales que eran “modestos sayales de la mezclilla gris más económica posible”.[4]

En 1957, Mendéz Arceo invitó a Chávez de la Mora a participar en el proyecto de restauración de la Catedral de Cuernavaca, encabezado por Ricardo de Robina y en el que también colaboraba su antiguo profesor Mathias Goeritz. La restauración de la catedral siguió los planteamientos del arquitecto de Robina sobre una “restauración dinámica”: restaurar, en la medida de lo posible, el estado original de la construcción e incluir intervenciones modernas en aquellos aspectos que simplemente no podían ser restaurados. Un ejemplo de lo primero es el rescate de las antiguas pinturas murales, mientras que un caso de lo segundo son los vitrales realizados por Goeritz bajo una solución abstracta que contemplaba fines ambientales lumínicos más que de representación. Por su parte, Chávez de la Mora construyó un nuevo baptisterio ubicado en el acceso del templo y un nuevo altar donde ubicó una estructura prismática, casi como una escultura moderna, a manera de pulpito. También utilizó una tipografía emblemática de Emaús para escribir versículos de la Biblia sobre los muros del templo —mismos que pueden relacionarse con ejercicios de poesía concreta o visual que se daban en esa época— al interior del espacio religioso.

Sin duda, uno de los productos más populares de los talleres Emaús eran las imágenes religiosas que representaban personajes bíblicos o que aludían a escenas como la Última Cena o el milagro de la multiplicación de los panes y peces. Estas imágenes utilizaban como soporte un pedazo de madera obscura rectangular o cuadrada y estaban elaboradas, en mayor parte, en plata, bronce y cobre. Los trabajos sobresalen por su originalidad y por actualizar el imaginario de la religión. En muchas ocasiones, las representaciones humanas —para ilustrar a los Santos, a la Virgen o al Espíritu Santo— cuentan con una línea simplificada de dibujo más cercana a la caricatura que a la representación realista, y eliminan los rasgos tortuosos y lacerantes comunes en el imaginario católico tradicional de este país.

En otros casos, dichas imágenes recurren a soluciones enteramente geométricas. Por ejemplo, la representación de la Última Cena donde la presencia de Jesús y sus apóstoles es sugerida a través del uso de formas triangulares y círculos. Este tipo de solución, sin duda, puede remitir a los cursos de Educación Visual impartidos por Goeritz en la Universidad de Guadalajara. Otras imágenes similares realizadas en los talleres Emaús pueden demostrar el carácter progresista que, en general, imperaba en Santa María de la Resurrección. Un caso es la representación del dogma de la Inmaculada Concepción, en el que la Virgen aparece con el pelo suelto, utilizando un poncho en línea con la moda de esos años y lo que parece ser un pantalón; una imagen contemporánea de la mujer de ese momento.

Foto: Cortesía del autor.

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[1] Anamaría Ashwell, “Un monje que predicó el psicoanálisis: Gregorio Lemercier”. Elementos. Ciencia y Arte.  No. 88, Vol. 19, Octubre-Diciembre, 2012. Disponible aquí.

[2] Pablo Helguera, Gregorio Lemercier: Diálogos con cristo. Se puede consultar aquí.

[3] Por partido cristocéntrico se entiende un modelo de disposición de la feligresía que privilegia la audiencia en torno al presbiterio, no dirigida unidireccionalmente hacia el mismo.

[4] Alberto González Pozo, Gabriel Chávez de la Mora. Guadalajara, Secretaria de Cultura, 2005, p. 145

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Daniel Garza-Usabiaga se ha desempeñado como curador en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México y como curador en jefe del Museo Universitario del Chopo. Recientemente estuvo a cargo de la dirección artística de Zona Maco, además de ser curador independiente.