Studio Visit

Studio visit | Verónica Gerber Bicecci


Por Pamela Ballesteros | Julio, 2017

La última vez que me reuní con Verónica Gerber platicamos sobre Los hablantes No. 2, instalación en el Museo Amparo que le dio continuidad a la primera serie presentada en el MUAC, en ambas, la dinámica del lenguaje encontró forma a través de viñetas de diálogo en gran formato.

Del ejercicio visual, Verónica se traslada al textual. En febrero de este año, su libro Mudanza fue reeditado por Almadía. Después de siete años, éste, su primer libro, vuelve al mundo físico conservando su narrativa intacta. En este contexto, platicamos sobre el estado del campo editorial independiente, integrado por numerosas propuestas entre las que menciona La Casa del Hijo del Ahuizote, Taller de Producción Editorial, Gato Negro, Ediciones Transversales y Manufacturados en Papel, también otras de corte literario como Impronta, Malpaís Ediciones, Ámbar Cooperativa Editorial y Ediciones Antílope.

“Cada proyecto editorial dibuja una constelación de prácticas, autores, medios de producción y búsquedas”

Colectivos en los que convergen distintas voluntades pero con una dificultad común: la distribución. Cada propuesta editorial nutre el espacio de lectura, cubre huecos temáticos, pero su difusión es limitada si no se está cerca o dentro de los círculos editoriales, así, los esfuerzos circulan en una dinámica limitada. En su experiencia como editora en la cooperativa Tumbona Ediciones, Verónica señala que los canales de distribución y difusión de libros son complicados.

“En las conversaciones con el colectivo de Tumbona Ediciones muchas veces hablamos de las librerías de barrio como alternativa”

Una librería colaborativa en cada colonia, primero como espacio social que active el vínculo comunitario pero, sobre todo, que estimule un público lector; después las plataformas en línea que funcionen como otro escaparate de venta y vínculo virtual: si los libros no están en las librerías, que estén disponibles de otras maneras.

¿Nunca te ha hecho falta Facebook? Le pregunto pensando en hablar de la comunicación dentro de distintos soportes, y porque su atención siempre ha ido hacia las vertientes del lenguaje entre interlocutores en las interacciones sociales. “Eso es cierto, me agarraste, pero no, nunca he sentido que me haga falta Facebook, aunque sí mucho morbo de los chismes que suceden ahí, jaja”, me comenta.

Bromeamos sobre los núcleos de interacción y la personificación que creamos en cada plataforma social. Yo misma he desertado de la dinámica impuesta por Facebook y me reconforta asociarme con personas que deciden abandonar sus redes o, como Verónica, que nunca han cedido a ellas, por lo menos a la más predominante. Así mantenemos la postura —por necedad— de que aquellos que te quieren encontrar, te encuentran.

Por otro lado, Verónica está activa en Instagram y Twitter en donde, casi siempre, invierte el ejercicio: mientras que en Twitter publica imágenes, para Instagram retrata textos, como una bitácora que juega con la relación entre fotografía y escritura.

Fuera del espacio virtual, uno de sus canales de comunicación más disfrutables está en el Centro de la imagen, en donde participa como tutora en el Seminario de producción fotográfica. “Un espacio de reflexión, retroalimentación e imaginación con un grupo de quince artistas jóvenes que provienen de formaciones heterogéneas: artes visuales, literatura, cine, comunicación y antropología”, me platica entusiasmada.

Como los diagramas de Venn, el estudio de Verónica es compacto y ordenado, se desdobla en dos espacios que se intersectan en áreas comunes delimitadas por notas, plantas y libros.

Uno de los cuartos, junto a las ventanas que dan al parque Las Américas, está acondicionado para la escritura y edición: aquí se materializan palabras y dibujos en computadora. Del otro lado, en el restirador, es la zona del “trabajo sucio” en el que Verónica usa tinta para dibujar en papel, usualmente en pequeños formatos; cuando se trata de murales los trazos se trasladan directamente a las paredes de intervención. “Últimamente he pensado que soy una artista del escaner”, me dice, refiriéndose a su proceso mecánico para digitalizar dibujos, “algo que muy pronto se volverá completamente anacrónico.”

Me muestra un cuaderno grande de pasta negra: bocetos de círculos en intersecciones, globos de diálogo, apuntes y tachaduras. Es el “libro paralelo” o “cuaderno del proceso”, un ensayo de intentos y pruebas sueltas, borradores de esquemas de los que se desprendieron todos los dibujos de Conjunto vacío y Los hablantes.

Verónica me habla de su rutina, trabaja en el restirador por las mañanas, la actividad decae con la noche porque dice que ha perdido precisión en la visión nocturna y recuerdo el primer capítulo de Mudanza en el que describe su ambliopía: la disminución de la agudeza visual. En seguida abre un archivero rojo de carpetas con más dibujos y proyectos inconclusos, pendientes. Un día espera revisarlos y retomarlos, compilar, por ejemplo, las páginas de esos cuadernos en un libro de artista.

Finalmente, le pregunto por su siguiente producción, Verónica continuará explorando la relación con el espectador, esta vez ampliando su experiencia estética a través de piezas que funcionen como “espacios narrativos”: escenarios que exploren el lenguaje a través del audio. La idea es plantear el recorrido espacial-visual de una pieza como un texto que también pueda oírse.

Mientras me cuenta esto, de una caja de madera saca algunas Polaroids desdibujadas, con la imagen irresuelta e interrumpida: la emulsión no secó y las fotografías, que deberían mostrar paisajes de la Patagonia, son ambiguas, hay que descifrarlas como un eco o alfabeto en el hielo. La idea de crear “espacios narrativos” parte de este material y de preguntarse, ¿cómo sería el lenguaje del fin del mundo?

Fotos: GASTV.