Studio Visit

Studio visit | Néstor Jiménez


Por Paola Eguiluz | Julio, 2018

Casi tres horas de viaje. Mientras me dirigía a Iztapalapa intentaba recordar el texto de Daniel Buren La función del estudio (1971), en el que concebía este lugar como una oportunidad de acceder a un espacio privado donde se pueden mirar con calma obras terminadas, en proceso, abandonadas y todas las huellas que había dejado a su paso el proceso creativo.

Conocí la obra de Néstor Jiménez (Ciudad de México, 1988) a través de Instagram. Una maqueta de una casa de madera, alambre y lámina de cartón llamó mi atención. Pudimos ser grandes pero nacimos gente pequeña (2017) recreaba los asentamientos irregulares característicos de las periferias de la ciudad para cuestionar las políticas inmobiliarias, la gentrificación y su impacto en el sector más vulnerable donde no existen derechos básicos de vivienda.

Después de ver varias fotografías de las piezas en las que se encontraba trabajando para su exposición individual El ejercicio de las buenas voluntades en Nixon en 2017, decidí asistir a la inauguración. En aquel momento presentó pinturas en acrílico, dibujos a carboncillo y una instalación. Este fue el inicio de una serie de exhibiciones en las que he tenido oportunidad encontrarme con su obra; así que cuando se presentó la ocasión de hacer un texto sobre su producción me pareció natural que lo subsecuente fuese visitar su estudio.

Acordamos reunirnos en el metro. Tomamos un taxi para rodear el tianguis de los domingos y en diez minutos llegamos a un conjunto habitacional pintado de rosa con beige. Subimos al departamento del último piso y al entrar lo primero que vi fueron tres partituras que colgaban en el muro de su sala. Se trata de la obra Danubio (2016) que forma parte de Las partituras enfermas, proyecto realizado durante la beca Jóvenes Creadores Fonca (2015-2016). La pieza surge a partir de una experiencia familiar cercana a la muerte, la enfermedad y todas las implicaciones que traen consigo las constantes visitas al Seguro Social.

Su interés en la música y el reiterado cuestionamiento hacia las políticas del Estado se conjugan en las nueve partituras que conforman Danubio. Relacionadas con el fenómeno de decadencia, Néstor analiza cómo el vals de Johann Strauss —pieza considerada el segundo himno nacional de Austria— fue corrompiéndose hasta convertirse en la melodía por excelencia de las fiestas de XV años. En la pretensión de los mexicanos por ser elegantes, se genera una degradación de la alta cultura, analogía que establece con el deterioro que sufre el cuerpo en una enfermedad y a su vez, con la mala calidad de los servicios médicos. Estas alteraciones las lleva a la notación musical donde progresivamente modifica la estructura de la melodía con base en comportamientos virales, bacterianos y parasitarios, hasta hacerla irreconocible. Finalmente, el resultado de la intervención gráfica de la partitura está pensada para ser interpretada por un músico.

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Una de las inquietudes de Néstor es el deterioro de la memoria resultado de las secuelas de ciertas enfermedades. En la serie Conciertos mortales (2016) explora diversas estrategias para llevar al límite tanto las piezas musicales clásicas como al propio instrumento que las interpreta, homologando esta acción a la enfermedad y cómo ésta obliga al cuerpo a extralimitarse. Me comenta sobre una de las obras, que consistía en memorizar las partituras y tratar de transcribirlas de forma exacta y que, para el caso particular de la Suite No. 1 de Johann Sebastian Bach, intervino la notación musical a partir de la sintomatología presente en pacientes de arterioesclerosis, con la intención de sobrepasar la propia resistencia física del violonchelo hasta el punto de su destrucción.

Como en la serie anterior, la memoria es un tema que figura en distintos momentos de su producción artística. La tarde de Yeltsin (2017) es un políptico compuesto por nueve pinturas de pequeño formato que surgió a partir de la invitación de Néstor a la hija de uno de los dirigentes del movimiento social Frente Popular Independiente, creado en el Oriente de la Ciudad de México a finales de los años ochenta, para dibujar los recuerdos de su infancia dentro del campamento en el que ha pasado prácticamente toda su vida.

Este lugar, establecido de manera irregular en un predio ubicado sobre Calzada Ignacio Zaragoza destinado a ser un Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) de la UNAM, funciona ahora de manera autogestiva bajo las premisas del modelo socialista. A lo largo de las pinturas es posible observar las características arquitectónicas del espacio, los ideales de progreso, las prácticas participativas, el uso de la imagen con fines propagandísticos y los estigmas con los que ha cargado el movimiento desde su fundación.

Fue en este punto de la conversación en el que me surgieron ciertas dudas acerca del papel que juega Néstor como agente externo de la organización, alguien que pasa algunas horas al día en el campamento, pero al llegar la noche duerme fuera de él. A pesar de las relaciones afectivas que ha establecido con miembros del movimiento, sigue siendo una mirada externa que señala desde el campo del arte y bajo sus privilegios una situación social y política tan compleja como esta, por lo tanto se puede caer con facilidad en el oportunismo o en el mero espectáculo.

“Nunca he pensado que mi obra cambiará su vida, pero sí pienso en su derecho de inserción en la historia. Puedes estar de acuerdo o no con su lucha social, pero es algo que hacen para vivir con dignidad: saber leer, escribir, comer y tener un lugar donde dormir. Tampoco es una cuestión plenamente ideológica, aquellas personas se han partido el lomo por estos derechos y eso no estará en la historia oficial, jamás veremos en algún libro de texto de la SEP un apartado sobre la historia de los movimientos sociales en México”.

Néstor me comenta lo fundamental que es para él visibilizar estas zonas grises de la ciudad. No sólo se trata de nombrarlas, es servirse de las instituciones para oficializar estos movimientos y qué mejor forma de hacerlo que exponer las obras en un museo, un lugar que por antonomasia hace historia y de paso, acompañar las denuncias con unos tintes de ironía como es el caso de Fantasías antilaborales (2016-2017). A través de distintos escenarios se presentan situaciones vinculadas a la catástrofe que buscan romper con la estructura de un sistema. ¿Qué tendría que suceder para no ir a trabajar sin que me descuenten el día? Desde el choque de un camión, el derrumbe de un edificio, el incendio en una licorería que impida el paso de la gente o vehículos, hasta el extremo de amanecer muerto porque sabemos que la única forma de salir del sistema es fantaseando.

Después de un largo rato, nos dirigimos a una habitación habilitada propiamente como estudio. Sobre la mesa de trabajo observo varios monotipos de color rojo que está por enviar a una subasta en Guatemala. Los rompe huelgas (2016) son impresiones de discos de rock de protesta que se van destrozando conforme aumenta la presión del tórculo, semejando las represiones que ejerce la fuerza pública hacia los manifestantes.

Sobre los muros de su estudio se leen frases como “A los pobres entre más les das más quieren”, “Limpiemos las barriadas” o “El pueblo no es educable”, acompañadas de imágenes en blanco y negro de la vida salvaje a manera de documental estilo National Geographic, entre ellas se distinguen aves carroñeras y hienas atacando, que en su conjunto integran la serie El sueño de los justos (2018).

En la parte superior cuelga una pintura que representa predios invadidos por organizaciones sociales de Iztapalapa. La sombra de las banderas (2018) es una serie que permite reflexionar acerca de los procesos de resistencia, invasión y dominación. A su vez que pone sobre la mesa nuestros prejuicios acerca de la marginalidad. De esta manera, Néstor nos muestra que hay otras formas de operar que cohabitan con nosotros del otro lado de la línea del metro, sus imágenes son documentos que registran ideologías reflejadas en lo arquitectónico, son instantáneas de ciudades perdidas que pocas veces nos atrevemos a ver.

“Me parece injusto que estas historias se queden perdidas en los anales de la periferia, perdidas en Cabeza de Juárez, sin pensar que esos sitios existen por una razón”.

Actualmente Néstor trabaja en Miembros separados, proyecto parte del Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico CDMX (PECDA, 2017). Se trata de emplear el dinero subvencionado por el Estado para fabricar prótesis impresas en 3D e intervenirlas con imágenes de la lucha obrera, la finalidad es obsequiarlas a personas que hayan perdido un brazo en algún accidente laboral o, como ha llegado a suceder, a personas que han perdido un miembro deliberadamente ante la desesperación de salir de deudas con base en la Ley Federal del Trabajo en la tabla de Valuación de incapacidades permanentes.

Néstor se asume más que como pintor, como un dibujante. Su trabajo es un continuo desplazamiento por el dibujo que lo ha llevado a través del video, la instalación, la escultura y lo performático. Sus obras —con una fuerte carga autobiográfica— son incisivas, provocadoras, detonan risas, pero a su vez pueden llegan a ser incómodas, hieren con su crudeza aunque siempre terminan despertando interés. Muestra de esto es la gran parte de su producción pictórica actualmente en exhibición en Museo de Arte Carrillo Gil, Centro Cultural Border, Galería Alterna y en Guatemala.

Al salir del departamento y ver las calles donde Néstor transita diariamente, cobran sentido las palabras de Buren: “Es en el estudio y solo en el estudio que la obra está más cerca de su propia realidad, una realidad de la que irá distanciándose…”.

Fotos: Abril Uribe.

Imágenes de obra: Cortesía del artista.