Studio Visit

Studio Visit | Fernando Palma


Por Pamela Ballesteros | Mayo, 2017

Me trasladé a la casa familiar de Fernando Palma (México, 1957) al sur de la ciudad en donde acondiciona provisionalmente su espacio de trabajo. Nos situamos en una de las delegaciones declaradas zona de conservación ecológica, y más que piezas concluidas, el estudio del artista guarda objetos de naturaleza vegetal, libros y herramientas electrónicas.

En su práctica artística, Fernando retorna a su linaje y conocimiento generacional para exponer la necesidad de resignificar herencias indígenas y rescatar prácticas comunitarias de su localidad natal, Milpa Alta.

Fernando Palma

Conocí su trabajo en 2013 con el proyecto …amotla otlacualacac oncan tlanahuatiz quename ye huitz quiahuitl…mocualnezcayotl (…no relampagueó para anunciar que llovería…tu hermosura) como parte de una residencia artística en el Museo Universitario del Chopo. En éste, el artista conectaba dos territorios. Por un lado, la sala del museo, en donde colocó un conjunto de esculturas mecatrónicas, y por otro, la zona de Milpa Alta, en la que dispuso otra escultura de gran formato como estación meteorológica. Desde esta posición, los movimientos del aire que la estación registraba —como dirección, velocidad, presión atmosférica, variaciones de temperatura y nivel de lluvia— eran transmitidos vía internet al museo, activando sensores de movimiento en los mecatrones previamente programados.

Tal residencia fue una aproximación a los intereses activistas de Fernando y una oportunidad de regresar a México —luego de vivir treinta años en Europa— para dedicarse a su asociación civil Calpulli Tecalco, emplazada en la población de San Pedro Actopan desde hace más de diez años.

Sin atender a una historiografía oficial de este sitio, Palma ha reconstruido aspectos históricos a través de narraciones que circulan de manera oral entre los habitantes nativos. De tal manera que uno de los ejes de trabajo de Calpulli Tecalco es la recuperación de lenguas originarias, especialmente del náhuatl.

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En México hay más de 60 lenguas indígenas con alrededor de 300 variantes. Fernando es hablante náhuatl y conoce del uso de lenguas originarias alrededor del país y su paulatina desaparición, perdiendo junto con ellas una valiosa cosmovisión. Además de reactivar el mensaje oral, el artista confía en el resurgimiento de la escritura jeroglífica a través de proyectos que retoman la toponimia náhuatl, como en las piezas expuestas en Tlatla’zo’huenmanaz (Ofrenda de Amor), en Parallel Oaxaca.

Fernando me cuenta que en náhuatl el concepto de persona no sólo se refiere al ser humano, sino que se aplica de manera inclusiva hacia las cosas, dotando a toda materia de espíritu. Siguiendo esta visión, la lengua es entonces un ser vivo, un ser inmaterial que conecta con un pasado lejano y que al mismo tiempo traslada a espacios de otro orden temporal. Además, el náhuatl prescinde del verbo ser/estar, desplazando al ser humano como agente poseedor del medio.

“Cuando a todo lo que te rodea le otorgas el estatus de persona puedes entablar una relación de amistad. Lejos de esto, en la actualidad lo que hemos establecido es una relación de antagonismo en el que las cosas están desposeídas, son objetos de uso y abuso, incluyendo a los mismos seres humanos”

Fernando Palma

Y nada más alejado de esta cosmovisión que la exclusión de la cultura indígena, cosificada como mercancía folklórica, como un fósil o souvenir viviente invisibilizado en derechos pero explotado para lucro particular. Para ser considerado, el arte tradicional de los pueblos originarios tiene que pasar por la coladera occidental y es entendido a través de los principios epistemológicos de un museo, una curaduría, una exhibición o una feria de arte. Con la inquietud de abrir esta discusión, desde el año pasado Calpulli Tecalco estableció un programa de residencias para artistas y creadores de origen indígena, bajo el nombre Arte y creatividad.

“Los paradigmas nos resultan ajenos pero hay comunes denominadores. Te das cuenta de que hay un amarre entre la manera de entender el mundo, la lengua y el comportamiento. Eso me va ayudando a entender y formalizar una idea de arte indígena”

La intención de las residencias, además de dar forma a un discurso serio sobre el arte indígena, es ser un canal que fortalezca lazos entre comunidades asentadas en distintos puntos geográficos.

Fernando Palma

Por otro lado, un segundo enfoque de acción de Calpulli Tecalco tiene que ver con atender el desgaste ambiental, reactivando tierras de siembra en Milpa Alta. Si en náhuatl no existe el término “basura”, ¿qué nos ha llevado como sociedad a marcar una relación con el entorno desde los desechos? La tecnología.

Vivimos expuestos a una cantidad absurda de estímulos tecnológicos y mecanismos corporativos que nos persuaden ante la idea de que el progreso significa opulencia y bienestar material, estamos embelesados de una forma romántica queriéndonos agregar a ellos. Su formación y práctica como ingeniero le han permitido a Fernando pensar la electrónica no sólo como un medio de trabajo, sino como un campo de investigación que ha afectado de manera irreversible la vida y el medio ambiente. Existimos atravesados por un mundo de frecuencias.

“Parece que todo lo tocamos a través de los sensores electrónicos. Se está creando una especie de narrativa y realidad postiza en la que nuestros sentidos están mediados por la ciencia y tecnología, nos agregan prótesis que nos hacen creer que estamos en contacto con lo real, pero no es así”

Fernando Palma

Por ello la pugna por regresar al trabajo de la tierra. Salimos a caminar en los alrededores y es evidente que Milpa Alta pasa por una transformación que altera tanto el territorio rural como el entorno natural: la urbanización va en crecimiento, los cerros se cubren de casas y el comercio —orillado a dedicarse a otra actividad por el nulo apoyo al campo— se mantiene en mayor medida por la producción de mole, dejando los terrenos de cultivo en abandono.

La comunidad ha cambiado también, los habitantes se ladinizaron, el náhuatl ha dejado de hablarse y muchos de los nuevos habitantes vienen de la Ciudad de México. “Los espíritus se fueron” comenta Fernando.

Buscando minimizar este impacto, Adopta una milpa es una dinámica coordinada por Fernando que, por temporadas, reúne voluntarios y colaboradores para estudiar la tierra, sembrar y reverdecer zonas de la delegación. A esta acción se han sumado antropólogos, biólogos, curadores, artistas y estudiantes como gesto al sentido indígena del trabajo desde la comunalidad. La tierra tiene una necesidad y se trata de asociar conocimientos de manera orgánica y pragmática.

Fernando Palma

A veces pienso desde el pesimismo en los esfuerzos comunitarios vs. la magnitud del sistema, a lo que Fernando me responde con una analogía: Si sacamos al sol una cubeta con agua no aparecerá una única burbuja, sino una multitud instantánea.

“Las personas que están tratando de dar un giro a la situación actual están dispersas, pero en el momento en el que se conectan se convierten en un tejido vivo, en una conciencia. Entonces hay que actuar con una entrega consciente”

Fernando Palma

¿Por qué pensamos que la tierra, la que da vida a todas las cosas que vemos, no tiene conciencia? La misma tierra tiene mecanismos para hacer florecer lo que necesita; la fertilidad que nace de la tierra, de los cerros y del sol hace nacer personas conscientes.

“Ni la derecha ni la izquierda política tienen respuestas a la problemática en la que vivimos. Esas respuestas las tienen las comunidades indígenas, están inscritas en las lenguas, en las historias y en la relación con la tierra”

Para Fernando Palma, el arte ha sido una plataforma para expresar conceptos que pueden ser introducidos al discurso artístico pero que tienen un origen en paradigmas y entendimiento que no obedecen a la lógica occidental, lineal, histórica o psicológica, sino que se remiten a otra concepción de existencia.

Fotos: Iván Ramírez.