Studio Visit

Studio visit | Antonio Bravo


Por Paola Eguiluz | Marzo, 2019

Son sus hijos, su carne y su sangre
en la pena, sufridos y estoicos
en la guerra, patriotas y heroicos
y en la paz, hombres son de labor

Fragmento Himno del Estado de México

Villa Nicolás Romero fue como me enseñaron en la primaria el nombre de este municipio, uno de los 125 que integran el Estado de México. La historia de los nicolasromerenses está marcada por un acelerado proceso de industrialización. Tres fábricas textiles establecidas a mediados del siglo XIX en La Colmena, Barrón y San Ildefonso definieron el rumbo de su población, que pasó de campesina a obrera, convirtiendo al mismo tiempo el municipio en precursor nacional de la lucha laboral organizada contra las largas jornadas de trabajo.

Avanzan los kilómetros del metro Rosario al Estado de México, el paisaje se torna monocromático y el hacinamiento —resultado de la falta de planeación urbana— es cada vez más evidente. Nicolás Romero podría pasar casi por cualquiera de los municipios mexiquenses que rodean la Ciudad de México, salvo por la irrupción de las bodegas de distribución de una cervecera, enmarcadas por pasto verde impecablemente podado, esculturas, aviones y autos clásicos, indicativo de lo que, a finales de 1990 por decreto y gestiones del ayuntamiento, dejó de ser una villa para convertirse en ciudad.

Recuerdo a Antonio Bravo (Estado de México, 1983) en el intenso frío del Cerro de la Bufa en Zacatecas. Afinaba los últimos detalles de su obra Albarrada, comisionada por la XIII Bienal FEMSA. La labor física que demandó la pieza se le notaba en el rostro junto a los trabajadores que lo acompañaron en las maniobras.

Hace unos días, cuando le propuse la visita de estudio, Antonio respondió que no tenía propiamente uno y que trabajaba en su casa en Nicolás Romero, “si te animas a ir por allá, vamos”. Me resultó simpática su respuesta, los que vivimos lejos sabemos que viajar más de 40 minutos después de la terminal de una línea del metro no es impedimento. Para mí tenía sentido, su obra lleva implícito el esfuerzo, en este caso el del desplazamiento.

Además del recorrido histórico sobre Nicolás Romero que me dio Antonio a lo largo del camino, platicamos de las casi tres horas que hacía para llegar a la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”, donde estudió y negoció una especie de educación a distancia con algunos de sus profesores para sortear la licenciatura.

Al llegar a su casa subimos al primer piso, dos habitaciones están destinadas como su espacio de trabajo. Lo primero que llama mi atención al subir las escaleras son las tiras de madera y pedazos de tablaroca recargados en el muro. Se trata de los restos de La casa dentro del cuarto (2011-2013), una instalación que, como su nombre lo indica, fue adaptada en su habitación. A partir de notas periodísticas sobre el Proyecto Nacional de Vivienda implementado por el entonces presidente Felipe Calderón, Antonio reflexionó sobre la medialidad y problemática en los servicios básicos de casa habitación.

“La estética obedecía al material encontrado. Las imágenes de referencia que tomaba en la calle y del periódico me dieron la posibilidad de estudiar el espacio y el cuerpo. Estudiaba la intervención de un lugar en relación a mi cuerpo. Ahí adentro aprendí la cuestión formal sobre cómo estaba pensando espacialmente los objetos y mi corporalidad”.

A lo largo de tres años, Antonio documentó el proceso de construcción e hizo intervenciones y acciones que desembocaron en una serie de cinco videos. Para uno de ellos, Heterolesion (2012), invitó a una familia a habitar todo un fin de semana la casa. Posteriormente, hubo una inauguración en compañía de los amigos que colaboraron y se proyectaron los audiovisuales producidos. La instalación finalizó no sin antes ofertarla en el mercado, “la puse en renta, publiqué mi número y nunca nadie me habló”, me comenta.

En paralelo al proyecto de vivienda, Antonio tomó de periódicos imágenes que aludían a la revuelta. La fotografía que detonó este largo proceso de investigación fue publicada en La Jornada el 04 de febrero de 2011: Un grupo de manifestantes en la plaza Tahir, Egipto, se enfrentaba con piedras y escudos improvisados a los partidarios del dictador Hosni Mubarak. Así, a partir de aquella fotografía realizó una serie de dibujos que desembocaron en una talla en cantera, misma que dejó a la libre interpretación del maestro que la esculpió.

Con el tiempo, el archivo de Antonio fue migrando de lo impreso a lo digital. Reunió una amplia base de imágenes de revueltas donde la piedra era la protagonista.

Sobre su mesa de trabajo cuelgan tres piezas particulares, Escudos para la revuelta (2011) es una de las obras que se desprenden de la investigación iniciada con las notas de periódico. Los objetos, elaborados a voluntad del herrero, fueron construidos con base en las fotografías de su archivo utilizando material reciclado y posteriormente, puestos en práctica durante un ejercicio de subversión que realizó el artista.

En una plaza púbica del municipio Isidro Fabela, Estado de México, Antonio pidió permiso para aventar piedras. Llevó los escudos y recolectó las rocas que le servirían como proyectiles en un enfrentamiento entre él y sus amigos. Al finalizar la acción, hizo una encuesta para saber cuál era la piedra más adecuada para fungir como arma. Después de encontrarla, se dio a la tarea de pulirla con su mano derecha adaptándola —irónica y metafóricamente— a su mano izquierda. De este proceso surge Prototipo No. 1 (2011).

La inquietud de Antonio por hallar la piedra correcta continuó. Reprodujo el prototipo e hizo vaciados en plastilina que le entregó a once personas con distintos perfiles: un psicólogo social, un ingeniero, una estudiante de medicina, un diseñador industrial, un lingüista, un estudiante de geología, un porro, una maestra en física, un amigo, su sobrino y el maestro cantero. La consigna fue modelar y manipular la piedra de acuerdo a sus necesidades y experiencia. A la par, el artista estudiaba todos los dispositivos empleados en justas deportivas para ser lanzados.

La piedra ideal resultó del promedio de tres cosas: la primera piedra, la media de las once formas que obtuvo y el análisis de los objetos deportivos. Con esta información hizo un vaciado en cemento que se puede sostener de varias formas para ser lanzado por diestros o zurdos con un rango de edad entre los 6 y 65 años.

El siguiente pasó fue plantear un estudio minucioso que incluía las pruebas de lanzamiento, las gráficas del comportamiento del objeto y el rango de operación, seguido de una metodología propia del diseño industrial abarcando la gestación, la funcionalidad, el factor económico y el desarrollo del problema.

“El objetivo era la perfección, que se encontraba entre la comodidad, la seguridad y la letalidad. La efectividad radicaba en el bajo riesgo de lesión del operador, en minimizar el esfuerzo físico y en el aumento de la puntería de la persona ejecutante, así como en el daño físico provocado al impactarse, el cual se logra entre la ergonomía y la aerodinámica.

Se hizo el flujo de operación: tomar el proyectil, agarrar impulso, imprimir fuerza, arrojarlo, el trayecto en el aire, su impacto y la victoria… porque no hay que olvidar que en realidad es un arma, un arma de contusión arrojadiza de mano”.

Después de todo el proceso, Antonio comenta que La piedra perfecta (2013) finalmente pudo aterrizarla en una talla en cantera Púlpito del Diablo, material caracterizado por su dureza. Para esta ocasión, a pesar de tener la opción de hacer el modelado e impresión 3D, le solicitó al maestro cantero apegarse milimétricamente al modelo en plastilina entregado. El diseño obtenido daba un mejor rendimiento para causar mayor impacto en el enemigo aunque continua siendo un instrumento que es poco probable resulte mortal.

El trabajo de investigación que hizo Antonio podría equipararlo a un proyecto del posgrado en Ciencias de la Complejidad. Es en extremo meticuloso. La conclusión, aparentemente simple, a la que llegó el artista es que la piedra perfecta podría ser cualquier piedra:

“Es importante cuando la tienes en tu mano, si en algún momento este dispositivo puede empoderarte es cuando está en tu palma. Cuando la arrojas aunque impactes al enemigo, ya se te fue energía y perdiste la herramienta que te brindaba cierta protección”.

Foto: Cortesía del artista.

Antonio comenta —con cierto pesar— que la piedra ahora forma parte de una colección, curiosamente de una compañía de seguros. Sin embargo, su trabajo con piedras no termina ahí.

Se acerca a un mueble de la habitación y toma un libro de color rojo. Al hojearlo, es inevitable la referencia a Sublevaciones de Georges Didi-Huberman. Decenas de imágenes de cuerpos en situaciones de conflicto intervenidas digitalmente con líneas blancas que señalan el lugar donde se ubicaban las piedras.

El libro Documentación para la piedra perfecta (2011-2014) recorre fotografías (autoría de Antonio) e imágenes periodísticas acerca de Atenco, la primavera árabe, las manifestaciones del 1º de diciembre en contra de la toma de posesión de Enrique Peña Nieto, el plantón magisterial en el Zócalo de la Ciudad de México y otros conflictos en Kiev, Grecia, Turquía, Palestina, Venezuela, Bolivia y Siria.

Motivado por el libro, Antonio recuerda cómo surgió el proyecto Estudio sobre revuelta: esfuerzo y trabajo (2016) que realizó durante la cuarta edición del Programa BBVA Bancomer-MACG. Si bien, había reflexionado los últimos años sobre la piedra y su capacidad de empoderar a un individuo, para esta ocasión, exploró las imágenes desde la colectividad.

Observó cómo “el cuerpo en una situación de revuelta modifica cierta materialidad o espacio para mejorar sus condiciones de protección”. El cuerpo colectivo en el espacio público hace que surjan nuevas formas de actuar que devienen en dispositivos como una barricada. Una colectividad trabajando para construir algo y defenderse, modifica la dimensión espacial y perceptual del instante.

Antonio estableció una tipología de la barricada a partir de la información visual de su archivo personal, y con más de 1.5 toneladas de cantera extraída manualmente erigió su propio muro. El esfuerzo de las implicaciones materiales de la pieza es en sí mismo un gesto y una constante en su trabajo. No solo se interesa en la parte conceptual de las obras, sus reflexiones las lleva al terreno de la ejecución. Aplica fuerza sobre la materia para modificar la temporalidad cotidiana de los involucrados y los obliga a reconocer su propia corporalidad durante el proceso.

Foto: Cortesía del artista.

Pasamos a la siguiente habitación donde conviven dibujos de gran formato en tinta china, parte de la serie presentada en el Museo de Arte de Sinaloa (MASIN) y, al otro extremo, la segunda parte del proyecto que actualmente se exhibe en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC). En los dibujos de Siempre los primeros pasos (2015) Antonio busca involucrar todo el cuerpo al momento de dibujar. Para ello, aumenta el formato de los 15 dibujos y reflexiona sobre el cuerpo durante la revuelta, así como la experiencia del cuerpo en el dibujo.

De estas imágenes, casi irreconocibles, se desprende una investigación alrededor de la figura del Pípila. A partir del imaginario nacional, Antonio hizo un estudio iconográfico sobre el mítico personaje de la Independencia de México, calculó el peso y las dimensiones de la losa con la que se ha representado en pinturas y esculturas. La información que arrojó su pesquisa fue que el pedazo de piedra del que se sirvió oscilaba entro los 90 y 335 kilogramos.

Resultado de la preocupación de Antonio por llevar a lo corporal sus investigaciones, hizo el video 7 minutos o más (2016) en el que se ve al artista cargando piedras con un peso de 85 kg durante el tiempo que supuestamente demoró el Pípila en prenderle fuego a la puerta de la Alhóndiga de Granaditas. Aunque no consideró el desplazamiento con la piedra —que implica otro esfuerzo más—, Antonio concluye que “es posible cargar la losa durante ese tiempo, a pesar de no tener la adrenalina de por medio y la encomienda de tener que liberar al país”.

Foto: Cortesía del artista.

Roca partida es el significado en náhuatl de Tepexi de Rodríguez, municipio de Puebla. Es también el origen y sitio del proyecto más reciente de Antonio Piedra partida (2015-2019), que conjuga múltiples procesos y momentos con la singularidad de involucrar una cuestión afectiva y personal.

Los padres de Antonio son originarios de Tepexi, lugar que frecuenta desde su infancia. Una de las razones para producir su obra ahí deriva del rompimiento con la tradición de trabajo y tipo de vida a causa de la migración de su familia a la ciudad. Antonio señala que si bien Tepexi no es un pueblo en proceso de reivindicación o en resistencia —entendida desde la política partidista—, ejerce una resistencia del día a día.

La comprensión de sustentar la vida con la tierra y el involucramiento del cuerpo para hacer vívido el proceso de trabajo que le enseñó su familia, quedó registrado en el video Sembrar piedras (2015), acción donde Antonio limpió el terreno, hizo el surco, sembró y esperó a que llegara el temporal, aunque no dio nada.

Sobre el librero de la habitación de Antonio se asoman una par de bolsas con semillas. Le pregunto por ellas y me cuenta que son la paga recibida por el trabajo que hizo en 2016. Ese año sus familiares le prestaron un pedazo de tierra para sembrar maíz y frijol. En 2017 llovió en abundancia y cosechó bien, guardó las mejores semillas para el siguiente año, pero en 2018 el temporal fue terrible, no llovió nada. Este año piensa regresar a sembrar esas semillas junto con unas viejas que pertenecían a sus padres.

“Me parece importante enunciarte desde lo que eres, desde la experiencia más cercana que es tu familia”.

Ante la invitación para participar en Temporal. Programa de residencias organizado por el MUAC y el Museo Amparo, Antonio optó por continuar en Tepexi y desarrollar Lecciones de cosecha (2016-2018), parte del proyecto Piedra partida. Todos los días se dedicó a trabajar en el campo a la par que los demás y al finalizar su jornada hacía anotaciones de lo acontecido.

A partir de sus notas, Antonio extrajo una serie de enunciados que acompañó con fotografías tomadas previamente sin alguna relación inicial. Con las imágenes hizo gráficos que posteriormente ocultaría con tinta hasta obtener un conjunto de formas que devendrían en esculturas hechas con tierra colada de terrenos cultivables en algún momento. El montaje de las obras remite a un paisaje de formas orgánicas, como si una cordillera surgiera de la parcela que instaló en el museo.

Pese a que la residencia terminó y la muestra está por concluir, Antonio continúa trabajando en la segunda parte que lleva por nombre Lecciones de siembra y de la que se desprenden 52 nuevos enunciados.

“Siempre está prendida la guerra aquí”

“Los prendieron con su propio huachicol”

“Ahora las mujeres van en punta”

Con los muros de su cuarto tapizados de textos, gráficos y masas negras de las que Antonio tiene historias que contar con cada una, concluimos la visita. El paisaje que permea por su ventana me recuerda dónde estamos parados. Así como no hay un lugar único para la exhibición de obras, tampoco existe un sitio ideal para la producción artística, sin embargo, sus piezas se apropian y potencian en un espacio tan particular como Nicolás Romero.

El trabajo de Antonio Bravo es cuerpo, afecto y resistencia. La sutileza en la transición entre una obra y otra, así como la cotidianidad implícita en su trabajo, están envueltas en capas históricas, sociales y políticas. Para penetrar en la complejidad de su discurso, hay que mirar con detenimiento la documentación y el contexto en donde su trabajo toma forma.

“Me gusta que los enunciados no sean literalmente políticos, aunque al final terminan siéndolo porque así es la vida”. 


Fotos de estudio: Sebastian Rico.