Studio Visit

Studio visit | Alan Sierra


Por Adriana Melchor Betancourt | Mayo, 2019

Trato de recordar algún dato curioso respecto a las visitas de estudio. Nada me viene a la mente. Pero recuerdo la escena de Mr. Turner, de Mike Leigh, en donde el pintor inglés recibe a unos potenciales clientes. El espacio, más que un estudio de artista, es un tipo de galería pequeña. Del techo cuelgan algunas telas que producen una luz cálida que baña las marinas y tormentas recién terminadas del artista. Mientras J.M.W Turner muestra sus pinturas, su ama de llaves espanta unos moscardones que han quedado por encima de las telas y los insectos muertos caen sobre los compradores causándoles repulsión.

Me encuentro con Alan Sierra (México, 1990) en la entrada del edificio en donde está su estudio. Antes de subir, me pide que lo acompañe a comprar un cenicero en forma de mosca que acaba de ver a la salida del metro. Mientras lo acompaño, trato de imaginar el cenicero. Al llegar al puesto, veo que se trata de una gran mosca metálica cuyas alas se despliegan como una caja para descubrir un receptáculo que albergará la ceniza y las colillas de una buena fiesta.

Regresamos y al subir a su estudio lo primero que me muestra es lo que ve por su ventana. Una de las agujas del Museo Universitario del Chopo se asoma mientras vemos la fachada de la casa de la vecina que se preocupa de vez en cuando por su alimentación y por su exceso de horas laborales. Nos sentamos y comenzamos a platicar. Le pregunto sobre su regreso a la práctica artística después de ejercer en el campo de la curaduría, Alan trabajó un par de años en el Museo de Arte de Zapopan.

Me señala que antes que llamarse curador le parece más importante asumirse como investigador. Así también considera que la escritura y la creación literaria están fuertemente implicadas en los aspectos que componen una exhibición: “trataba de que mis cédulas fueran óptimas y dieran una gran cantidad de detalles, que la exposición contara una historia, que incluso incorporara técnicas de la creación literaria”, aspectos como la teoría de la argumentación o la narratología eran líneas que exploraba en los montajes.

Por una parte esto lo hacía sentir muy cómodo, pero por el otro, “muy ingrato”, pues considera que los esquemas de colaboración con artistas dentro de las instituciones pueden ser de explotación y la figura curatorial alcanza a opacar el trabajo de cada artista. Como consecuencia de esto, hoy día prefiere indagar dentro de los archivos de artistas difuntos:

“No me entusiasma tanto una curaduría de artistas vivos como meterme en los archivos y ver qué puedo hacer, qué puedo decir, qué puedo contar”.

Su regreso a la práctica artística va de la mano con los intereses que tiene sobre la escritura. Alan me cuenta que la mayoría del tiempo está escribiendo: ensayos, poemas, textos cortos, refranes, chistes. Luego toda esta exploración le sirve para “maquilar” una obra, pues cada una de sus piezas obedece a esa escritura. No se trata de la salida creativa sobre el dibujo de una nube, si no de procesar la nube que ya estaba escrita.

La elección de la técnica en sus piezas —dibujo y tinta sobre papel— responde a la misma economía de un texto corto. Estos dibujos-poemas, dibujos-chistes, son imágenes que pueden circular en la red, pero que tienen la particularidad de obligar al espectador a mirar más tiempo sobre ellas. Como alguna vez le dijo Lucía Vidales, artista visual, son imágenes que te obligan a ver “largo”.

Palacio interior (2018)

La primera pieza en su regreso a la producción artística fue Palacio interior, expuesta en Salón Acme 2018, en Ciudad de México. Se trata de dos párpados moldeados en pasta con pestañas postizas incrustadas:

“Me parecía muy emocionante hacer algo que tuviera una gran economía de medios. Producir una pieza para un espacio de exhibición pero que a la vez invitara a no ver, a no estar ahí, para pensar que quizá la razón del arte exhibido no está en sus imágenes, sino en cerrar los ojos”, dice al respecto.

Alan me platica sobre sus estudios en arte y filosofía en Guadalajara. Relata la gran recepción de aquel momento hacia las publicaciones de Alias, comenzaban a llegar las traducciones de los artistas conceptuales. Durante aquella época, Alan tomó las materias teóricas e históricas, nada de técnicas como pintura, grabado, escultura; salvo cerámica. Después cambió a Filosofía y continuó con talleres sobre creación literaria.

Asimismo, el surgimiento de espacios independientes en Guadalajara, como TRAMA Centro, contribuyeron a su formación; este lugar le dio la oportunidad para para curar su primera exposición. Sin embargo, Alan subraya que fue el museo su verdadera escuela: ahí conoció muchos trabajos artísticos, aprendió a escribir fichas y a entender las diferencias y funciones de los distintos textos que se producen alrededor del artista o práctica artística dentro de un recinto museístico.

Sobre su escritorio veo el libro Surrealism in Latin America. Vivísmo muerto.Aparte de una de las tantas investigaciones que tiene en puerta, Alan menciona una frase del primer artículo sobre César Moro: “Estar fuera de la literatura pero participando de ella”. Lo que nos lleva a hablar sobre la creación literaria en el campo del arte. Le confieso entonces mi falta de habilidad para escribir con mayor fluidez y soltura, culpo a la academia por inculcarme una estructura tan cuadrada.

En esta parte de la conversación menciono mi gusto por los textos de Carlo Ginzburg como ejemplo de exploración de la escritura en el oficio de la historia, lo que nos hace recordar a Natalia Ginzburg, Alan me afirma emocionado que se trata de su escritora favorita. En su mesa de noche tiene Las pequeñas virtudes para releerlo una y otra vez. Considera que fue un gran regalo de Natalia ofrecer estos textos en una columna de periódico.

Instagram: @alansierra

Pasamos ahora a platicar sobre historias de familia: Alan creció en Sonora, sus padres formaron parte del Partido Laboral Mexicano, su madre una cantante de ópera y su padre, después de alejarse de la vida política, vendió antigüedades que restauraba y después gracias a un irlandés, aprendió a afinar pianos, se convirtió “en el único afinador de pianos del Desierto de Sonora”.

Cuando Alan y yo nos conocimos platicamos sobre la integración plástica. Esta vez hablamos con más detalle sobre el proyecto que reflexiona en torno al río Lerma, el cauce hídrico más largo del país que comienza en el Estado de México y termina en el lago de Chapala, Jalisco. El hoy conocido como Cárcamo de Dolores, en Chapultepec, es un ejemplo importantísimo sobre este ejercicio de incorporar pintura, arquitectura y escultura en un mismo espacio, pero también es parte del mayor desastre ecológico que ha sufrido nuestro país.

Ilustración para la invitación de Signos en los bolsillos, proyecto expositivo en Carta Blanca.

De algún modo, dice Alan, conoció el final de la historia mientras estuvo en Guadalajara al visitar ese río pestilente que despide burbujas de un jabón altamente tóxico. Ahora se encuentra tratando de leer el principio de este relato, desde el Estado de México, lugar de origen de la familia de su madre. Esto lo ha llevado a investigar sobre Diego Rivera y el muralismo, movimiento que considera una forma de escritura. Me muestra con admiración un libro de Rivera con algunos de sus dibujos, “era un gran dibujante”. El trabajo de Alan sobre este proyecto es una suerte de dibujo de largo aliento, así que no lo veremos en exhibición muy pronto.

Alan investiga sobre el dibujo porque se parece escribir. Sobre esta línea, tiene en puerta la publicación de Non Verbal, un libro de dibujos editado por Gato Negro Ediciones:

“Esta obra es como un libro de poemas pero sin usar palabras, empecé a investigar sobre sensaciones físicas, señaléticas, animales, ¡me encantan los animales!, y cosas que transmitieran una sensación no verbal”, comenta.

Instagram: @alansierra

En este sentido, Alan se ha acercado a estudiar un par de aspectos sobre el espectro autista que le gustaría profundizar para entender otra clase de sensibilidades no verbales, precisamente; así también sobre su historia cultural. Non Verbal será una publicación para verse con paciencia.

La búsqueda de nuevas técnicas y materiales es otro de sus intereses, como en una de sus esculturas con forma de mano hecha de palomitas de maíz. El artista me cuenta que durante su producción supo sobre la historia de las palomitas: la palomita más antigua fue hallada en una cueva de murciélagos en Nuevo México. Sin embargo, durante la época prehispánica, el consumo de este peculiar manjar estaba destinado a la joyería, se le conocía entonces como flores de fuego. Hoy día el maíz palomero se encuentra en crisis gracias a que Estados Unidos se ha adueñado de la producción, vendiéndonos maíz transgénico en las salas de cine locales.

“Estas son esculturas con datos curiosos. Los datos curiosos son un buen pretexto para conversar y para escribir”.

Sobre el posible paradero del libro sagrado y sustraído de Xocén (2018), publicación parte de editorial Servicios. Instagram: @islotemx

Me cuenta que hubo una época en donde escribir sobre datos curiosos podría ser causante de una demanda, pues existía el miedo de que alguien más lo supiera y te acusara de plagio: “¿de quién es propiedad el dato curioso?” Una buena trivia “jala las cuerdas del corazón” porque conecta con el pasado, te provoca nostalgia o se relaciona con una experiencia personal. Desde esta operación es que Alan se aproxima al arte o es desde la cual le gusta construir sus procesos artísticos.

Otras líneas de investigación han sido el performance y la exploración de distintos formatos curatoriales o de gestión cultural. Para el primero, actualmente desarrolla un proyecto a partir del libro Cómo escuchar la música, de Aaron Copeland. Será un acto en vivo en un cabaret con concierto de theremin incluido. También, Alan prepara una exploración sobre la maternidad, un sueño y deseo recurrente que ha tenido por un rato.

Respecto a la gestión cultural, Alan, junto a distintos colegas, desarrolló Días de campo2, plataforma interdisciplinaria de residencias e investigación colectiva que ha tenido salida en formatos editoriales. La primera edición Occidentes Otros tuvo lugar en Tatalpa, Jalisco, en 2016, mientras que la segunda ¿Quién nos necesita?, se llevó a cabo en Caborca, Sonora, en 2017.

Publicación Occidentes Otros, parte de la plataforma Días de campo.

También creó la editorial Servicios, cuya primera publicación es Sobre el posible paradero del libro sagrado y sustraído de Xocén (2018), una investigación realizada por Samantha Cendejas y Jesús Pérez Caballero.

El trabajo de Alan Sierra es sumamente prolijo en la profundidad de sus investigaciones y relaciones formales-conceptuales. La escritura es uno de los ejes que sostiene sus inquietudes y es a través de ella que va y viene entre la producción de imágenes y la construcción de narrativas desde distintos soportes. Sierra, como bien se describe, es un investigador privado, pero yo añadiría que es también un anticuario de datos curiosos y un escritor de imágenes cortas que se leen con paciencia.

Espero el cenicero-mosca haya cumplido sus expectativas.

Fotos de estudio: Adriana Melchor Betancourt.

Imagen de cabecera: Instagram @alansierra

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Editado por Dawn Ades, Rita Eder y Graciela Speranza.

Días de campo, para consulta y descarga aquí.