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SILLAS CANTILEVER


Rodrigo Bonillas 

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Fue una búsqueda del movimiento moderno lograr, como siglos atrás lo hizo el estilo gótico, la ligereza. Este lugar común, que como todos los lugares comunes algo tiene de verdad, puede verse, dentro de la arquitectura, en el crecimiento de la ventana hasta ocupar todo el muro de los rascacielos modernos. Dentro del diseño tiene su mejor ejemplo quizás en las sillas cantilever: esas sillas en voladizo que, queriendo buscarle tres pies al gato, terminaron sosteniéndose con dos patas, y al último, cuando ya habían llegado al límite de la técnica, con sólo un pedestal. El paso siguiente, podemos imaginarlo, hubiera sido una pura columna de aire.

Pero no es necesario llegar hasta allá. Cuando Verner Panton, a fines de la década del sesenta, presentó la silla que lleva como nombre su apellido, puso punto final a una tendencia que empezó décadas atrás, con los esfuerzos de la Bauhaus para hacer una silla en voladizo. Mart Stam es un nombre ya poco recordado, fundador de una línea de sillas que tuvo entre sus mejores exponentes a artistas como Mies van der Rohe, Marcel Breuer, Alvar Aalto. En 1926 Stam hizo un prototipo: la silla de tubos de gas soldados que, como un gran rectángulo tubular puesto de rodillas, cambiaría la historia del mobiliario moderno hacia un rumbo muy particular: la pérdida de las patas posteriores. Al año siguiente, los hermanos Heinz y Bodo Rasch diseñaron una silla, la Sitzgeiststuhl o “espíritu sedente de la silla”, que recuerda en mucho la silla de Panton. Más tarde, el resto expondrán las suyas: la B33 (Breuer), con asiento y respaldo en tela; o la S 533 R (Van der Rohe), con asiento y respaldo en mimbre o piel; o la MR20 (también de Van der Rohe), con unas braceras que se unían en curva con las patas.

Hay que aclarar que el pedestal único no es invención moderna. Un simple banco hecho de una pieza de un tronco ya tiene esa virtud. Y hay sillas, como la Tulipán de Eero Saarinen, que en los años cincuenta se sostenían en una sola pata, muy delgada, y que hacia abajo, ya en el suelo, se extendía como un embudo muy poco pronunciado. La virtud de Panton fue haber hecho una silla de una sola pieza, donde no hubiera articulaciones entre el borde superior del respaldo y el inferior del pedestal. Algo así había hecho Gerrit Rietveld con su silla Zig-Zag (1932-1934), pero todavía al nivel de la artesanía. El rígido poliuretano de la silla de Verner Panton es cómodo y, aunque a simple vista no lo parezca, muy resistente. Hay algo fantasmal en esa silueta, como una tela que se hubiera quedado flotando rígida en el vacío tras haber perdido su soporte. Parte del éxito de la silla Panton se debe a esa mezcla de fortaleza estructural y ligereza visual que fue una de las paradojas del movimiento moderno, y acaso su esencia.