Arte

Secuencias. El silencio de los inocentes


Por Abel Cervantes 

 

 

El próximo mes de febrero Jonathan Demme cumplirá 70 años. Probablemente su cinta más conocida es El silencio de los inocentes. Así, en este texto me detengo a analizar una de sus secuencias más destacadas y perturbadoras de la película. La historia es conocida: Buffalo Bill (Ted Levine) está efectuando una serie de asesinatos que tienen en vilo a Estados Unidos. Clarice Starling (Jodie Foster), aprendiz del FBI, colabora en el caso para tratar de detenerlo. Para lograrlo consulta al temible Hannibal Lecter (interpretado espléndidamente por Anthony Hopkins).

En la mediania de la cinta Lecter roba un bolígrafo y lo utiliza para abrir las esposas que lo atan a uno de los barrotes de la jaula, mientras espera a que dos policías le sirvan el segundo platillo del día. Este escenario, como lo explica la diseñadora Kristi Zea, fue creado con base en distintas pinturas de Francis Bacon (Crucifixión, Estudio sobre el retrato del papa Inocencio X de Velázquez, Pintando). Posteriormente, Lecter ejecuta uno de los proyectos criminales más perturbadores de la historia del cine: desprende cuidadosamente la piel del rostro de uno de los gendarmes para usarlo como máscara y huir haciéndose pasar por él. Narrativamente, la secuencia es perfecta: el espectador la vive desde el punto de vista de los integrantes del FBI. Por ello, la fuga de Lecter se revela en el mismo instante en el plano del relato y en el de la fábula.

La secuencia se desarrolla en tres espacios que se desdoblan hasta formar ocho escenarios: el interior de la celda donde se encuentra encerrado, la planta baja del museo, las escaleras, el exterior de la jaula, el exterior del museo, el elevador, la ambulancia y el pasillo del departamento del FBI. Durante ese lapso, Lecter asesina a cinco personas. Sin embargo, el espectador solamente presencia tres.

Este episodio está conformado por 104 planos contados a través de diez minutos y cuatro segundos. Dentro de la prisión existen dos planos musicales, por decirlo de alguna manera: cuando Lecter reproduce la cinta y cuando comienza su acto asesino.  El final de esta sucesión de imágenes puede enlazarse al de “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar. La enumeración como estrategia para develar una realidad terrible. Las imágenes son llevadas al espectador a través de un ritmo letal, como puñaladas en sus ojos.