Arte

Saturno devorando a un hijo


Por Federico Saracho / @Cuthuluwatcher

 

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Las Pinturas Negras  (1819–1823) de Francisco de Goya  (Zaragoza, 1746-Francia, 1828) son quizá una de las colecciones más analizadas y comentadas entre la baraja de obras del autor español. Cada una de ellas se sumerge al interior de nuestros corazones para extraer nuestros miedos, haciéndolos danzar frente a nuestros rostros con tal maestría que nos impide voltear la mirada. Nuestro pánico a la vejez, la violencia, la impotencia, el miedo, lo desconocido y la muerte nos es desnudado para que lo admiremos al interior de nuestra morada interior, de la misma manera que estos catorce murales se exhibían en la casa del autor, conocida como La Quinta del Sordo, ubicada a las afueras de Madrid (España).

En el segundo piso al fondo de este recinto, dos pinturas enmarcaban una ventana. Ambas tenían como tema el asesinato; una, haciendo referencia a un pasaje bíblico (Judith y Holofernes). La otra, mucho más brutal y cruda, ilustraba un fragmento cumbre de la Teogonía: aquel en que Saturno (o Cronos, para los griegos) canibaliza a uno de sus hijos, para evitar su inevitable caída a manos de sus vástagos.

Saturno devorando a un hijo es una obra que inevitablemente causa un sobrecogimiento ante la bronca emoción que de ella emana. Nos obliga autoritaria a generar una reflexión ante el horror que retrata, a fin de poder sobrellevar la experiencia de su admiración. ¿Es un conflicto edípico, como S. Freud podría argumentar? Es indudable que la rivalidad entre padre e hijo está presente en la escena.  Cronos  construye  a su hijo como amenaza a raíz de los actos que el mismo cometió ante su padre, Urano. El cronida lo percibe como la fuente de su impotencia (¿sexual quizá?) pues lo enfrenta ante la posibilidad de la pérdida de su preeminencia, y por tanto del cambio.

Los colores oscuros que envuelven a la pieza hacen un contraste con la luminosidad que emana del cuerpo mutilado de la víctima, haciendo de esta el foco visual de la composición.  Sin embrago hay dos puntos menores que también presentan un blanco resplandeciente que atrapa al espectador: los ojos de Cronos. Su mirada frenética está llena, más que de la melancolía hacia el cambio, de un miedo profundo a éste. Un terror enraizado hacia el futuro que se cristaliza en la carne del cadáver.

¿No es el cronida también la representación del tiempo? Tal vez Goya nos demuestra con su maestría una transpolación de la rivalidad padre e hijo a la rivalidad entre pasado y futuro. El primero oscuro y misterioso devora al futuro brillante y, por qué no decirlo, incompleto.  No es una interpretación arriesgada si se considera que Goya ya era un hombre de alrededor de 70 años cuando realizó esta obra. El ayer abre sus fauces en una lucha delirante por seguir existiendo y sólo puede lanzar una mirada de desesperación ante lo inevitable. Sabe que por más trozos que arranque a la carne del porvenir, sucederá. El presente es entonces la carnicería que acontece.