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Rumbo al VI Conversatorio | Entrevista a Irmgard Emmelhainz


Por Aline Hernández / @AlineHnndz | Abril, 2016

Aline Hernández: El propósito de esta entrevista es reflexionar sobre la práctica de la crítica de arte, pero también, y probablemente más puntualmente, es que hables un poco sobre tu labor como crítica de arte y escritora, las condiciones en que ha tenido lugar esta práctica y a qué te has enfrentado cuando no has tratado —a mi modo de ver, en tu caso, como muchos hacen— de cubrir los estándares de la academia publicando textos pseudocríticos en revistas indexadas hiperespecializadas o de hacer reseñas y publicar por cubrir cuotas de visibilidad. Pienso que, para ti, el ejercicio de escritura, la práctica de la crítica implica en ambos sentidos tanto el acto de pensar como a la vida misma; es decir, no hay una separación abismal entre teoría y práctica. Esto lo digo no sólo en el sentido de los textos que publicaste en el Comité Invisible Jaltenco, sino también por el trabajo de investigación que estuviste haciendo en regiones en Palestina, vinculado a tu investigación sobre Jean-Luc Godard y la imagen.

Para empezar, me gustaría evocar la conferencia dictada por Michel Foucault ¿Qué es la crítica? [1], en la que el filósofo busca comprender lo que implica la crítica, quien la entiende como la práctica de desujeción del sujeto que puede dotarle, al llevarla a cabo, de una cierta autonomía. Más adelante, la filósofa Judith Butler retoma lo propuesto por Foucault en su ensayo ¿Qué es la crítica? Un ensayo sobre la noción de Virtud en Foucault, en el que, a diferencia de Foucault, no parte del presupuesto de que existe un estado de libertad al que el sujeto pudiera regresar tras el proceso de desujeción —que está directamente vinculado con su noción de verdad y virtud—, sino que comprende que al ser los individuos resultado de formas de subjetivación, es decir, producidos, lo que debe tener lugar es un proceso de agenciamientos, mediante el cual se pueda desestabilizar y directamente interpelar todo el sistema de normatividades que crea a estos sujetos.

Al respecto, Butler ha expresado que “la propia pregunta ‘¿qué es la crítica?’ forma parte de la empresa crítica en cuestión, así que la pregunta no sólo se plantea el problema “¿cuál es la crítica que se supone que hacemos o a la que debemos aspirar?’, sino que representa también un cierto modo de interrogar, central en la actividad misma de la crítica” [2]. Creo que muchos de los textos que has publicado dejan ver precisamente esta diferencia, ya que tu postura, para mí, se encuentra más cercana a la propuesta butleriana. Aún así, tu práctica no deja de ser influida por mucho de lo propuesto por Foucault, puesto que, en muchos de tus textos, pareces optar por la necesidad de un proceso de desubyugación mediante el cual el sujeto, al reconocerse vulnerable, puede optar por una negación y reformular entonces el estado de normatividad bajo el cual es producido en tanto subjetividad.

Me parece importante mencionar que en muchos de tus textos no sólo se trata de analizar la obra, sino de análisis mucho más amplios que implican la estructuración cultural, social, económica y política que atraviesa a las prácticas artísticas, pero además en qué medida los sujetos que las reproducen, que son resultado de diferentes formas de interpelación de la sensibilidad neoliberal, son producidos por ésta al tiempo que la reproducen. Quisiera entonces preguntarte el modo en que comprendes la crítica a partir de tu escritura, si ha cambiado de rumbo, si tu modo de interrogar se ha ido modificando con el tiempo y por qué o a partir de qué.

Irmgard Emmelhainz: La crítica es un concepto modernista; Hegel conceptualiza la negatividad crítica como una herramienta indispensable para hacer progresar a la humanidad. La crítica es, por lo tanto, uno de los principios básicos de la modernidad y es esencial para las sociedades modernas. Su manifestación extrema es la Revolución, lo cual implica destrucción absoluta para hacer tabula rasa y traer lo nuevo. Esta lógica es la que aplicaron los movimientos vanguardistas de finales del siglo XIX hasta antes de la Segunda Guerra Mundial –destruyendo lo ‘tradicional’ para instituir lo nuevo. En la década de los cincuenta, la crítica vanguardista se instituye como parte de la industria de la cultura y se incorpora a la lógica de consumo. Teniendo esto en cuenta, yo creo que el rol de la crítica cambia muchísimo cuando la cultura empieza a asociarse con el mercado. Su vocación se modifica. Adorno y Horkheimer no dejaron de lamentar eso con la idea de la industria de la cultura, donde la iluminación se transforma en sujeto de consumo perdiendo relevancia y fuerza. Así, la contracultura —que deriva de una forma de crítica como oposición al consumo— y lo marginal —lo que está afuera de la modernidad occidental— se acaban convirtiendo también en nichos de mercado. Por ejemplo, la típica tienda que se llama ‘Utopía’, donde puedes comprar objetos étnicos y desde camisetas del Che hasta bongs para fumar marihuana, y toda la gama de productos relacionados con la subcultura de rebelión, de cierta sensibilidad revolucionaria que se ha vuelto obsoleta. Esto lo podemos pensar también a través de la lógica del capitalismo planteada por Deleuze y Guattari como un movimiento de desterritorialización y reterritorialización constante: la búsqueda de un afuera, del otro de la hegemonía o de lo normativo realizada en su recuperación por el mercado. Pensaba en todas estas cosas cuando empecé a escribir en mi blog Comité Invisible de Jaltenco [3]. Unas de las preguntas principales que me hacía eran: ¿Cuál es la lógica detrás de la proliferación de arte político o politizado y arte crítico? ¿Por qué si gozamos de libertad de expresión y tolerancia al antagonismo, la exposición de Miguel Ventura, Cantos cívicos, causó tanto escándalo, enojo y hasta represalias legales y profesionales? ¿Tiene “límites” el arte político y cuáles son? ¿Cuáles fueron las implicaciones de las políticas neoliberales en la producción cultural? (su incipiente privatización, la instrumentalización de la cultura por el gobierno como herramienta para paliar la violencia, resarcir el tejido social, como muestras de la salud de la democracia del país, etc.). Por eso me interesaba en mi proyecto de crítica plantearme preguntas como: ¿Cómo habían cambiado los mecanismos de poder desde el autoritarismo tradicional en México, cuando la gente no decía ni pío, o por qué la voz de cierto sector privilegiado era tolerada y escuchada, e incluso consultada por el gobierno? Ante la historia de represión, favoritismo y represión en México, me interesaba investigar cómo el arte se había convertido en un escaparate de disidencia y de denuncia del gobierno. Estoy pensando justo en la obra de Teresa Margolles, Santiago Sierra o Yoshua Okón. U otro tipo de obra que me parecía tenía cierta sensibilidad neoliberal, la cual describiría como de izquierda liberal, desde una posición de privilegio, y partiendo de discursos como el humanitarismo, los derechos humanos, el desarrollismo (todas formas de neocolonialismo), la violencia, el multiculturalismo y la tolerancia, plantear a la cultura como redentora de la sociedad, etc. También pensaba en cómo cierta obra tiene un filo cínico, que viene mucho de la crisis de la política en los años 80 cuando fallan o se pierden las luchas comunistas, y es entonces que empieza a proliferar una sensibilidad cínica.

Poco a poco, fui conectando la lógica del neoliberalismo —lo empecé a considerar como una sensibilidad y sentido común, que es el tema de mi libro nuevo [4]— para ligarlo a la lógica del aparato de gobierno, que es la democracia, en relación con la proliferación de toda esta crítica negativa al gobierno y las estructuras de poder a través de gestos simbólicos, metafóricos, conceptuales, etc. Pensaba también en la cuestión de la crítica tradicional —no me voy a regresar hasta el siglo XIX y principios del XX en el que el crítico era el acompañante e interlocutor del artista y su tarea era la de hacer su obra accesible al público, figurando como connaisseur o experto. Está también Greenberg, quien realmente creó una teoría del arte y ajustó esta teoría —basada en las ideas de la estética de Kant y Hegel— y las prácticas de su época hasta crear al movimiento del expresionismo abstracto. Se sabe que había este interés o proyecto de contrarrestar al realismo socialista, o al arte de sensibilidad comunista y política, es decir, de valorar un arte vaciado de ideología y desligarlo de la política comunista, dentro del contexto de los Estados Unidos de 1930 y 1940. Greenberg, como figura masculina, es el que se ocupó de construir todo un sistema, el del “arte por el arte”, para justificar, alentar, reforzar e inscribir al arte abstracto en una lógica teleológica de la historia del arte, dándole valor a lo que según su teoría es arte y lo que no es arte. Para mí, ese quehacer de agrupar artistas bajo un discurso cerrado y construir así sus carreras, dándoles un lugar en la historia del arte, lo ha tomado la curaduría. Y a diferencia del expresionismo abstracto, en el que cada artista tenía su huella o signature particular plasmado en la tela, subsumida a un discurso unitario, hoy en día la signature se sustituye por discursos —móviles y fluctuantes— y una fórmula formal, la cual curador ajusta a los intereses y discursos a veces inspirados en eventos actuales (Las primaveras árabes, Occupy, Wikileaks, las demandas del mercado, las tendencias académicas, los teóricos de moda, etc.). Los discursos fluctúan también de acuerdo a los requisitos temáticos de las becas o las sensibilidades de las instituciones que patrocinan sus exposiciones y proyectos. Pensaba en todas estas cosas tratando de dilucidar cómo sería un proyecto de crítica relevante para el mundo del arte hoy.

AH: Lo que me parece interesante, en este sentido, es retomar el papel que jugó Greenberg y su función, puesto que no siempre ha sido así. Por ejemplo, si regresamos al caso de la función de los críticos en el siglo XVIII, existen escritores, como La Font, que buscaron ir más allá del mero acompañamiento de las obras o de la escritura imaginativa de Diderot. El autor practicaba un tipo de crítica que vinculaba al arte con la política y la economía. Creo que lo que apuntas es interesante, en el sentido de que cuando uno analiza el tipo de prácticas de escritura posteriores, pareciera que esto se perdió, y el reseñismo o acompañamiento de los artistas fue lo que proliferó. Hoy tenemos, como mencionas, esta figura del curador, quien se encarga de decir lo que hay que ver en las obras, o bien, de reunir las obras y adecuarlas a su discurso, donde la crítica de arte pareciera tener un lugar bastante restringido.

IE: Exacto, pero creo que la diferencia entre Greenberg y el otro modelo de la crítica que heredamos del siglo XX, que es una crítica más académica de Rosalind Krauss y la escuela de October, es que se mezcla con la reflexión teórica (psicoanálisis, fenomenología, marxismo, semiótica). A mí lo que me interesa es tomar cierta teoría como marco de referencia para entender las obras de arte, pero dentro de un contexto amplio socio-político e histórico —retomando un poco a Benjamin Buchloh pero más allá de la Escuela de Frankfurt. En vez de adoptar un solo aparato crítico —y los críticos de la escuela de October reclamaron uno particular, a mí me gusta adoptar varios aparatos críticos e irlos ajustando a lo que pida el análisis. Igual en mis críticas del Comité no me enfoqué tanto en los aspectos formales –la verdad porque mucho arte hoy es formalmente poco interesante–, pero lo que me saltaba a la vista es que ha cambiado mucho la forma de hacer arte. Antes había un artista o un grupo de artistas que trabajaban sobre ciertas preocupaciones formales, conceptuales y de contenido, en diálogo entre ellos. La generación que les sigue les responde igualmente con exploraciones formales, conceptuales y de contenido, de forma crítica —estoy pensando en la relación de los minimalistas con el expresionismo abstracto; o en la crítica al minimalismo de Eva Hesse—. Aquí entra el crítico, articulando estas tensiones y relaciones, y en muchos de los casos, los artistas también le responden al crítico (justo el minimalismo surge en diálogo con la idea del “arte por el arte” de Greenberg). Creo que esa forma de crítica es obsoleta porque ya no existen esas relaciones ni desde la crítica ni desde los artistas. Según he observado, los artistas contemporáneos están ahora enfocados en hacer un cuerpo de obra que sea un producto cerrado, a partir de una fórmula, para que se convierta en su propio brand, dirigido a un nicho particular de consumo en la producción de arte (arte social, arte urbano, arte formal, arte y comunidad, crítica institucional, arte cínico, imagen en movimiento, etc.). Y esa relación de reciprocidad, diálogo y comunicación se sustituye por la competitividad y a veces por acusaciones de plagio. Al parecer a los artistas les interesa muy poco modificar esas fórmulas, y menos que se las deconstruyan: su obra es un producto final y no el resultado de un proceso de intercambio e interlocución. A lo mejor lo ves en los noventa, el Taller de los viernes como un ejemplo muy concreto, pero eso fue sólo en un momento y después cada uno de sus miembros agarró una línea personal. La otra cosa que vemos proliferar es el modelo del estudio, que dependiendo de la relevancia del artista, son interdisciplinarios en mayor o menor grado; en los estudios de artista, el trabajo de cada uno de los miembros se subsume al nombre de un autor que funciona como marca o corporación. En el estudio se dialoga y se canalizan las ideas, se trabajan cuestiones técnicas, pero este modelo es muy distinto al de antes, al de una comunidad de artistas dialogando entre sí y haciendo obra a partir de ese diálogo. En ese sentido, mucho arte de hoy es sumamente hermético y se presta poco a la interpretación externa. Me pasó que al entregar un texto que me había comisionado un museo, la “teórica” del estudio del artista en cuestión me contactó para hacerme una serie de comentarios y argumentos contradiciendo los míos alegando que “el artista” estaría en desacuerdo con mi lectura. Y sentí que la teórica del estudio era la policía de las interpretaciones que se hicieran sobre la obra del artista (al final el museo me dijo que podía o no atender las preocupaciones del estudio). En ese sentido, las obras son “productos finales” creados a partir de una fórmula que los artistas repiten una y otra vez, que se prestan muy poco a la interlocución, temiendo tal vez que el producto deje de funcionar en el mercado.

Entonces, a los artistas no les interesa que interpreten sus obras ni entrar en debates con los críticos, ni tomar posturas y menos en el espacio público. Otro cambio desde el Siglo Pasado, es que la crítica tampoco entra en juego en el proceso de valoración de arte. Y de hecho los artistas se espantan cuando escriben algo negativo sobre ellos, porque están acostumbrados a leer sobre su obra en catálogos de exposiciones o en reseñas —que son por default positivos. Además, hoy en día la escritura sobre arte es sumamente plural y variada, se basa en la teoría, en la historia y en distintos acercamientos como genealogía, lineaje histórico, preocupaciones formales y temáticas, o en discursos. Por eso también la figura del crítico como connoisseur es obsoleta. Los que en realidad dictaminan para dónde va el arte son los directores y los board members de los museos y los coleccionistas —muchas veces en colusión y que son quienes compran el arte. El que tiene la función de mediador entre el arte y el público es el curador, pero no en diálogo con el artista, sino insertando su obra en ciertos discursos, mercados y públicos. El problema con muchos coleccionistas —y no quiero generalizar porque hay algunos que sí hacen la tarea— es que no saben casi nada de arte y a veces los artistas y los galeristas les ven la cara y acaban armando colecciones muy pobres. Este fenómeno refleja también una nueva división de clases: la vieja burguesía somos los productores culturales y trabajadores cognitivos de hoy, los connoisseurs precarios trabajando para el 1% que, al contrario de la vieja burguesía, no tiene una relación intergeneracional e histórica con la cultura (como patronos y creadores, heredando la cultura de una generación a otra).

El proyecto del Comité Invisible Jaltenco (que por cierto, toma su nombre como un homenaje al Comité Invisible francés, es la facción auto-nominada del Comité original) implicaba pensar esas cosas, y lo que se me hizo urgente era justo pensar esos lazos entre producción de arte, producción de discursos, mercado, nexos políticos y la sensibilidad neoliberal (con esto me refiero a una forma de existir y actuar en el mundo relacionado con la lógica del libre mercado). Ahora bien, otra de las estrategias que me parecían importantes como “crítica” es mantener distancia del mundo del arte. En este sentido, también entendiendo que la figura del crítico ya no importa, fue que decidí hacerlo anónimo. Era bastante inhábil con las redes sociales, entonces mandaba links a las entradas del blog a una lista eterna de contactos del arte, como kamikazes a los inbox. Escribí sobre cosas que estaban en el aire, pero que nadie aterrizaba, y labré argumentos complejos intentando crear diálogo. Pero me di cuenta de que la gente reducía mis ensayos a retahílas negativas y pesimistas —sin interesarse por los argumentos— ni en las implicaciones de que las entradas fueran anónimas. En ese sentido, mucho de mi crítica se ha leído de manera muy superficial, nadie debate los argumentos, sino que la ven como algo que “destruye” cosas o ve como “bueno” o “malo” algo. Al mismo tiempo, empezaron a proliferar blogs, revistas y otros espacios de crítica que antes no existían. Pienso que tal vez el ejército de críticos es parecido a un movimiento social que, aunque tiene amplia libertad de expresión y visibilidad, no tiene injerencia real en los procesos políticos; en paralelo, los críticos no tenemos injerencia en los procesos de valoración de arte, y esa brecha o desconexión refleja dos cosas: una, que se confunden a los discursos con las posturas (políticas) y éstos han hecho intercambiables, y dos, que los centros de poder son intocables, porque el mundo del arte no es democrático. Tal vez para cambiar algo no necesitamos crítica o visibilización, sino mucha solidaridad y de tácticas como el boicot. Como lo posteó alguna vez Eduardo Abaroa: “En el mundo de la cultura todos se destruyen unos a otros, y eso en cierta manera contribuye a mantener el statu quo”.

Una vez que digo quién está detrás del Comité, aunque tampoco era importante porque nadie me conocía, es que también me dejó de hacer sentido escribir desde ahí. Cerré el libro que nunca nadie quiso publicar y me empezaron a invitar a publicar (blogs e impreso) y sin fijarme mucho en políticas editoriales empecé a mandar textos a todos lados. Luego dejé de publicar crítica porque tuve experiencias pésimas con los editores, y me di cuenta que los editores te usan; si quieren darle en la madre a alguien, te piden un texto de tal o cual artista o reseña de tal exposición —luego se arrepienten o amedrentan— y un poco también como usan los curadores a los artistas para vincular ciertos discursos, para acomodarse ellos y posicionarse. Después de tres instancias seguidas de censura, dejé de hacerlo. Otro de los aspectos muy frustrantes de la crítica de arte (y de la crítica en general) es el “ninguneo”, que es una práctica muy común en México. El “ninguneo” implica ignorar lo que otros han escrito y querer tener la última palabra en alguna cuestión. Es decir, plantarse sobre el trabajo de los demás pero sin dar crédito ni construir un debate. Gastón García Cantú, un intelectual mexicano importantísimo y poco valorado, escribió mucho sobre la relación de los intelectuales con el poder, habla mucho de esa práctica del ninguneo entre los intelectuales de la época, donde se ignoraban los unos a los otros y cada quien buscaba más que un diálogo, tener la voz final. Creo que este es un vicio que tenemos las personas que escribimos crítica en México.

AH: Sí, y en cierta forma tampoco está tan lejano de los vicios que tenían los críticos en los setentas; es decir, toda está relación que existía entre los intelectuales, el partido, la política.

IE: Exacto, viene de ahí y además lo que es muy triste y tiene que ver con la época en que vivimos es que tanto la critica y el arte, y el arte crítico ya no tienen esa función de posicionamiento como postura política —“Installation” (Banana Peel) (2007) de Adriana Lara es como el colmo de esto—. Esto se debe a la permisividad neoliberal, a la falta de proyecto político a futuro que pueda ser universalizable, que ha hecho que la política sea muy vaga y que las posturas sean intrascendentes. ¿Quién se cuestiona si la subvención proviene de fondos “éticamente correctos” o no? (Tengo amigos en Canadá y Alemania que lo hacen, por ejemplo, y no aceptan subsidio si viene de corporaciones corruptas o que producen tecnología militar, por ejemplo). Vivimos en las condiciones que ya he mencionado en mis textos: puedes estar en contra de que usen esclavos para sembrar café, pero vas y te compras un café en Starbucks, esas contradicciones puedes vivirlas y nadie te va a hacer responsable de ellas. O puedes estar muy preocupado por el calentamiento global, pero si te invitan a dar una plática a Tombuctú, te vas súper feliz en avión. Hay cierta permisividad y ambigüedad política que lo permite, vivimos adentro de esas contradicciones, por eso tampoco nadie se siente obligado a posicionarse ante tal o cual cosa. Entonces, mucho de lo que hace la critica hoy es ponerse en contra de, arrasar destruir y no da para más.

AH: Y todo esto también tiene que ver con cómo entiende Foucault el poder, porque justo no lo explica como instancias o sujetos concretos, sino como todo un entramado de relaciones que existen y determinan a los individuos. En este sentido, lo que explica también Butler es que así se determina voluntariamente la conducta del otro, entonces en el momento en que te entregas a ese juego de relaciones, estás determinándote a partir del otro, de una u otra forma. A lo mejor, valdría la pena entonces, comprendiendo lo obsoleto que se ha vuelto tanto el modelo hegeliano como en muchos sentidos el modelo marxista, el entender que sí, la crítica no nos lleva a nada, pero tal vez esto nos permita entender la necesidad de crear otro proyecto de crítica, de llevar esta práctica a otro lugar donde se adecúe a las circunstancias, no como resultado de éstas, sino que responda, que se posicione frente a ellas, que es uno de los motivos por los cuales pensé en entrevistarte a ti.

IE: Sí, pero también hay que entender que la función de la escritura de arte ya no tiene ese lugar, tiene que ver con los tiempos y con esta ambigüedad de la política de la que te estoy hablando. Por ejemplo, un caso fue que un grupo de artistas que conocí que los invitaron a hacer una exposición en un monumento muy controvertido del PAN y están ahí haciendo arte crítico del PRI y se sienten muy politizados y edgy. Lo que yo me planteo a partir de ejemplos como ése es comprender la necesidad de ver el panorama más amplio. Se puede vivir con estas contradicciones sin tener que tomar responsabilidad de ellas y yo lo estoy pensando en relación al modelo de los años 60 y 70 y cómo ha cambiado el sentido de politización.

AH: Entendiendo hacia donde tú has llevado el pensamiento y tu práctica, que yo leo desde la perspectiva de Foucault, para quien la crítica implica precisamente un acto de desobediencia reflexiva, quisiera ahondar en las formas en que has buscado pensar de otro modo, a partir de las relaciones que has encontrado y en las que no quieres participar, ya que tu práctica como escritora tiende en muchos otros sentidos más allá del mundo del arte, o si esto mismo te ha llevado a analizar otros ámbitos.

IE: Justo llegué a un punto donde la gente esperaba que yo escribiera cierto estilo de crítica y pues me dejó de interesar cristalizarme en un brand. Ahora escribo cada vez menos sobre arte, porque mi trabajo se ha estado yendo hacia otros caminos. Por ejemplo, ahora estoy pensando en la relación entre el modernismo, antropoceno y la política, cuestionando si podemos descolonizar los procesos políticos que implican las ideas de progreso y la emancipación, pero que son valores modernos, ¿cómo pensarlos desde el punto de vista de la descolonialización? También acabo de publicar un libro sobre lo que llamo la tiranía del sentido común neoliberal, en el que tengo un capítulo dedicado a la cultura porque me parece importante elucidar la relevancia que ha adquirido la cultura en la acción y procesos políticos. Asimismo, me interesa mucho cómo la sensibilidad neoliberal, que es la lógica del mercado, se manifiesta en la planeación urbana, en las formas en que vivimos, trabajamos, en los movimientos sociales y en la lucha de las mujeres. Y sí, sigo pensando en cuestiones que competen al arte, pero desde otro punto de vista. Y supongo que no faltarán exposiciones que me provoquen escribir algo.

1. La conferencia fue dictada por Michel Foucault en mayo de 1978 ante la Sociedad Francesa de Filosofía y, aunque ahora es conocida bajo este título, al inicio la conferencia fue emitida sin título alguno. Con su publicación en el boletín de la sociedad en abril-junio de 1990 fue denominada de este modo. Más adelante, en los últimos textos publicados por el filósofo, Foucault finalmente se remite a la conferencia con este título.

2. Butler, Judith, “¿Qué es la crítica? Un ensayo sobre la virtud de Foucault, disponible en línea aquí.

3. La primera entrada del blog data del 2010, cuando publicó un llamado “a discutir y plantear el problema de la maquinaria hegemónica privada de cultura en el país”, manifiesto que fue repartido afuera del teatro donde se llevó a cabo el SITAC de ese año y que puede consultarse aquí. A partir de ese entonces, el blog continuó publicando críticas en relación a la maquinaria neoliberal del mundo del arte, pero también en relación a otros temas vinculados con la realidad política mexicana, además de debates concernientes a la situación palestina y estudios visuales, entre otros.

4. Irmgard Emmelhainz, La tiranía del sentido común: la reconversion neoliberal de México (México D.F.: Paradiso Editores, 2016).

Imagen: Drik Magazine.

Con el fin de enriquecer la discusión del VI Conversatorio GASTV: “La condición de la crítica de arte contemporáneo en México” se sugiere leer:

Entrevista a Daniel Garza Usabiaga

—Huracán, huracán abatido, por Operación Hormiga

El mal del siglo XIX, por Adriana Melchor Betancourt

—Cuerpos y crítica o cuerpos críticos, por Aline Hernández

Este encuentro tendrá lugar el próximo miércoles 27 de abril en SOMA (Calle 13 #25, Col. San Pedro de los Pinos) a las 20:30 horas con la participación de Pilar Villela, Daniel Montero y Víctor Palacios, bajo la moderación de Edgar Hernández.

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Aline Hernández (México, 1988), su trabajo escrito explora temas como hegemonía, neoliberalismo, economía y su relación con el arte, así como formas de resistencia y cooperación. Forma parte de la cooperativa Cráter Invertido.