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Ravioles negros, de Villarreal, más allá de las entrañas


Sepultar el cuerpo con barro; cancelar la posibilidad de hablar y ver, de moverse. En Ravioles negros, el dramaturgo y director Alberto Villarreal confronta la corporalidad desde el teatro, el performance y, quizá de forma involuntaria, la coreografía y la danza.

 Por Silverio Orduña

 

¿Qué hace el cuerpo para comunicar, qué representa? Este monólogo, llevado al Teatro El Granero del 25 de marzo al 4 de junio, es interpretado por el actor Mario Balandra, quien aturde con la complejidad de las palabras y doblega la atención del espectador para que inicie una relación carnal durante la experiencia.

Desde un principio, la pieza de Villarreal deposita el interés en el cuerpo, sus posibilidades y limitaciones. El protagonista, condenado a usar una silla de ruedas para desplazarse, entra al escenario con ayuda de un técnico. Encarado al público, el actor comienza a invadir al personaje que termina comiéndose al actor y transformándolo; las palabras que aparentemente no tienen una relación de coherencia narrativa se escupen a través de la voz pero también de gestos y energía contenida.

 

Alfredo Millán

Alfredo Millán

El texto de Ravioles negros, de uno de los más jóvenes dramaturgos mexicanos, conduce a la reflexión sobre los errores del pasado y la inclemencia de la edad para poder enmendarlos. Se refiere al tiempo que ya no hay. “Una sola consideración, acertada, de juventud. Al envejecer, la nariz debería tornarse blanca. Una sola cana. Al centro de la cara. Lo demás… Intacto. Brillante, revotando la luz. Señalamiento a la muerte. Aquí.”

Las frases y oraciones cortas que Villarreal construye impiden por sí solas impactar con la profundidad de su significado. De manera rigurosa, el director obliga a Balandra a excavar y extraer el ímpetu de las palabras. El lenguaje no se limita al habla sino que se concibe un entramado entre el cuerpo como unidad, el tiempo y el espacio. El actor/performer logra conjurar el propósito de la obra por medio del movimiento y el no movimiento. De pronto se observan imágenes muy cercanas a la experimentación coreográfica.

 

 

Durante un segundo momento de Ravioles negros, el poder de la fisicalidad se hace más notorio. El personaje se despoja de la atadura de la silla de ruedas, se levanta y camina hacia el centro del escenario donde, simulando una plancha de cocina, hay recipientes con agua, pintura y barro. Sin camisa, Balandra vierte los ingredientes sobre su cuerpo cubriendo su cara, sobre todo los ojos y la boca. ¿Para no ver, para no decir? Metáforas corporales que trascienden el performance, el aquí y ahora de la acción y las reacciones, para convertirse en imágenes violentas, memorables.

De forma contradictoria, las capas de arcilla y pintura roja y negra que deberían ocultar, en realidad permiten descubrir. Llegar al interior de un cuerpo, más allá de las entrañas. “Uso esa palabra. Para referirse a mis adentros. Al sucio paisaje de mis adentros.”