Arte

Ariel, el peso de la tradición


Por Fernando Mino

El Ariel o la naftalina. “En el cine latinoamericano, dos preguntas se repiten: ¿Cómo oponerse a Hollywood? ¿Cómo separarse de Hollywood? De ambos extremos se aprovecha, casi a fuerzas, el proceso modernizador que llamamos americanización”. Así fueron los formativos años dorados del cine mexicano, según Carlos Monsiváis. Época de sueños de grandeza, extraviados en el conflicto de identidad: orgullo y complacencia nacionalista versus reflejo suspirante del cosmopolitismo gringo.

En 1946, una industria engolosinada con su crecimiento vertiginoso y artificial se congració con un premio que reconociera sus logros. Un remedo del Oscar hollywoodense (que ya se entregaba desde 1929) incluso en su diseño: una estilizada estatuilla mirando al cielo, sin espada estratégica cubriendo el sexo, como en la estadounidense, y con un águila en la base, como resaltando el carácter nacionalista de la industria y el galardón.

El Ariel funcionó durante sus primeros años como ritual de la autoafirmación de la celebridad y como pretexto para el glamour urbano, el desfile de abrigos de pieles, cadillacs y collares de brillantes, y la fiesta privada del Olimpo del celuloide en el cabaret El Patio. Todos los rostros recibieron su Ariel: Félix, Del Río, Infante, Armendáriz… Reconocimiento a su fama y a la gloria de sostener en sus sonrisas o cejas arqueadas una industria robusta, vital y homogénea.

Los mariachis callaron doce años después, la industria en crisis se desentendió del festejo y el premio se guardó en una armario (incluida la replica en estatua que fue desbancada de su pedestal en Reforma y arrumbada en los estudios Churubusco donde todavía vive).

En 1972 se resucitó el premio por obra y gracia presidencial. Era otro país y otra industria. Ariel sujeto, desde entonces, a vaivenes, cacicazgos e intereses políticos, criterios tan subjetivos como los que lo alimentaron en sus años mozos. Ese premio es el que ahora sigue en pie, renqueante pero vivo, alimentado por una industria —sí, después de décadas de indigencia, otra vez una tímida industria— dividida y llena de críticos de todo menos de sí mismos.

El vapuleado premio (que suma cada año malquerientes de todos calibres, de Reygadas a Cuarón a Eugenio Derbez) es una excelente metáfora de un cine que no encuentra más identidad compartida que la tradición que lo antecede. Un cine en implosión, cine de fragmentos que unidos ya no conforman una totalidad.

Diversidad fílmica que encuentra en el Ariel su única conciliación posible. Más allá de la nostalgia, por eso es valiosa la existencia de esta premiación que esta semana dio a conocer a sus nominados