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Pueblo es lo que falta, lo que hay que construir, por Sandra Sánchez


Junio, 2019

Escribo este texto porque el poder (económico, filantrópico, privado, estatal) está haciendo que varias editoriales de arte y cultura contemporánea —en línea e impresas— en la Ciudad de México jueguen al funambulista. No queremos verlas caer.

I

Me gustaría hablar, hablar y no escribir, sobre la gente valiente que me rodea, sobre la gente valiente que me rodea que quizá, muy probablemente, a los ojos de la mayoría solo es gente ingenua… me gustaría hablar sobre la comunidad artística, curatorial y editorial que no es afiliada a ninguna institución museística, a ninguna institución: esta comunidad es la necia, la valiente, la que sostiene gran parte del sistema artístico cultural actual.

Me gustaría hablar sobre esta situación y no escribir sobre ella. Quisiera usar la voz, atravesada por un par de cervezas, por siete tazas de café, para explicarles, para contarles, para llorarles, para decirles, que aquí la cosa está muy dura, que aquí la cosa está difícil, que aquí no nos sentimos héroes de nada, y aún así no soltamos, no dejamos a un lado nuestras piezas de arte (aunque la galería exponga y el coleccionista no compre), nuestros espacios independientes (que pagamos con ingresos de otros trabajos precarios), no dejamos nuestras comunidades (con un montón de problemas, para qué mentir) y tampoco dejamos nuestras revistas (en bancarrota).

Somos necias, pero no simbolistas; no nos creemos Baudelaire. Tampoco queremos ser Gabriel Orozco, Cuauhtémoc Medina o los kurimanzutto. No tenemos nada en contra ellos, pero nuestros imaginarios son más anchos, son diferentes. No somos los herederos de los grupos, esa narrativa la leemos pero no nos define; ¡qué se quede en el museo!, ¡qué se vivencie en la sala de exhibición!, ¡qué se resguarde en el archivo! Mucho menos somos la vanguardia de la militancia francesa, no somos los soldados que estamos al frente de la batalla para morir por la causa.

No me gusta que nos confundan. Y está bien, no juzgo la descripción, más bien aclaro que esa figura, tan decimonónica, no nos compete. No somos revolucionarios. No buscamos morir porque, ante todo, somos vitalistas. Repetimos, pero cada uno guarda su múltiple. Aquí no hay trauma. Aquí no habitamos el gran miedo a carecer. Llenamos de vida esta ciudad cada día de cada semana con nuestra producción, que no siempre vemos como trabajo, porque incluso hemos puesto en duda que el hombre económico, que el hombre marxista, que el hombre trabajador, equivalga por completo a cada uno de nuestros nombres propios.

Me gustaría usar la voz porque entonces quien me escuchara identificaría un rostro, un momento, no una totalidad; ante esa imagen yo intentaría subrayar una situación, dejando de lado el rostro, la crisis y la edad. La situación es fuerte y nos compete a todos. La situación es que no tenemos dinero para seguir operando, la situación es que nos cuesta muchísimo ponernos de acuerdo para generar un sistema de financiamiento colectivo, la situación es que tenemos más de un trabajo y aún así no alcanza.

Trabajamos de día y de noche. Los espacios independientes no son, en su mayoría, autosustentables: viven de nuestra sangre, de nuestra carne, de nuestra amistad, de nuestro sudor, de nuestros conflictos, de nuestras pérdidas, de nuestras ganas y de nuestro amor a la vida. También de nuestro narcisismo, ¡por qué no!.

II

Ayer entrevisté a mi amigo Salvador Gallardo Cabrera, que es mi profesor también. Hablamos sobre Paul Virilio, sobre la producción de conceptos y la necesidad de defender la imaginación frente a infantilismos de izquierda (el concepto es de Lenin, pero él lo retomó). Esperamos hacer ciclos y reuniones para abordar la importancia de la imaginación y no su resistencia, sino su posibilidad. Le escribí hoy, le hice una pregunta: ¿no crees que es difícil zanjar la distancia entre la voz y la letra? Mi apuesta es por la voz y sus traducciones. Aunque esa voz se escriba.

Me gusta hacer entrevistas, me gusta meterme en problemas. Los problemas: la duda, el error, el lapsus, el chiste, la fragilidad, el no saber, el sentir de más, las morfologías del sonido, la intención, lo nuevo. El gran problema: dejar a un lado (aunque sea por un momento) el modulador de la escritura académica, las historias del arte; el gran amo de la argumentación. ¿Aristóteles? Aristóteles supo reírse pero perdimos el libro.

III

“Hay una tentación hoy, en México, de creer que hay una cultura burguesa y elitista frente a muchas ramificaciones populares. Hay una tentación de creer que hay filósofos que pueden llegar a las masas y filósofos también elitistas que sólo pueden ser entendidos en círculos de iniciados que no representan al común de la gente.

Ese pensamiento es muy peligroso; como decía Lenin, creo que nunca harás lo suficiente para ofrecer algo al pueblo. Una obra artística, poética o filosófica, nunca será lo suficientemente buena como para ofrecerla al pueblo. No hablo de excelencia porque es un término completamente consagrado por la mercadotecnia, pero sí hablo del mejor esfuerzo, el mejor trabajo, la mejor obra. Si queremos hacer un trabajo cercano a la gente habría que partir de que pueblo es lo que falta, lo que hay que construir.

No hay un pueblo que esté dado como tal. Pueblo es lo que se construye y se hace a partir del trabajo creador. Las mejores expresiones en el arte mexicano posrevolucionario siempre estuvieron ligados a la exploración de un pueblo que falta. Piensa en el muralismo, cómo generó una apreciación en varios estratos, una apreciación distinta. Me parece que no puede decirse que las obras de Silvestre Revueltas de los años veinte sean no populares a lado de algunas otras obras musicales. O que el muralismo no haya tenido una exploración fuerte y por otro lado una especie de actitud propagandística o ideológica.

Creo que las cosas son mucho más complicadas. Y pensar que hay que hacer cosas comprimidas para que la gente “entienda” puede provocar una cultura tipo Televisa: toda la gente puede comprender una telenovela que no tiene ninguna calidad. Desde ahí creo que habría que pensar que la verdadera postura de cambio sería que lo que nos falta es la construcción de un pueblo, de algo que no está ahí.

La filosofía como el arte y la ciencia tienen funciones distintas; el arte trabaja con preceptos y afectos, la filosofía parte de los conceptos. Los conceptos son creados y los problemas son creados. No hay problemas que estén ahí esperándote, sino que los problemas se construyen así como se construyen los conceptos. Por tanto, la filosofía entra en movimiento en los conceptos. Los conceptos que alguna vez sirvieron para explicar como funcionaba el mundo en el siglo XIX por supuesto que han perdido vigencia porque ahora los conceptos que necesitamos parten de una serie de problemas distintos. Se requiere la creación de nuevos conceptos para pensar las cosas.

Uno muy claro, que tiene que ver con la actualidad, es cómo pensamos el poder. El poder ya no se piensa a partir de la soberanía jurídica, sino a partir de las relaciones de poder. Eso nos ayuda a entender cómo se establecen esas relaciones en torno a una sociedad. Si no hubiese habido ese trabajo de producción conceptual que parte de Nietzsche y se define mejor con Foucault, entonces no podríamos entender cómo se genera la gubernamentalidad biopolítica de nuestros días, qué significa eso, de qué manera incluso se la puede confrontar. Entonces estaríamos ciegos realizando una resistencia ciega como si las formas de poder contemporáneas fueran las mismas formas de poder del S. XIX”.

¿Has trabajado en algún texto la idea de “el pueblo es lo que falta”?

“No. Es una bella frase de Gilles Deleuze [<3]. Lenin decía que el infantilismo de izquierda es creer que podemos salir con cualquier cosa (cuestiones sintéticas, cuestiones comprimidas) y decir ‘esto es lo que necesita el pueblo’. Lenin se dio cuenta de que el infantilismo de izquierda era justamente el mal. Y le decía a la gente que buscaban cambiar el arte por la propaganda: ‘nunca tendrán una idea suficientemente grande del pueblo para entablar sus propias obras’.

Me parece profundamente reaccionario creer que hay un pueblo dado como tal, el pueblo no existe, es algo que se construye. Si el pueblo existiese entonces estamos acabados porque nunca vamos a poder salir de la corrupción, de los asesinatos, de nada. Porque no existe, porque el pueblo es una construcción, tenemos que generar un trabajo artístico cultural de la mayor relevancia, con la mayor fuerza. De otra manera, lo único que vamos a hacer es convertirnos en instrumentalizadores del pueblo. Y si eso es lo que se busca entonces estamos completamente amolados.

Si lo que queremos es seguir instrumentalizando al pueblo entonces denle la Secretaría de Cultura a Televisa y que ellos hagan lo que han venido haciendo durante tantos años de la mejor manera. El Tigre Azcárraga cuando le preguntaban sobre su éxito decía: ‘ustedes venden acero, yo lo único que vendo son mentiras y aire’. Telecomunicaciones. ‘Si ustedes quieren cultura les hacemos una telenovela de la biografía de Juárez’. Como las que hacía Ernesto Alonso, con un cierto matiz cultural.

Si nosotros comenzamos a dudar de que el arte es creación de nuevos ambientes, de nuevos espacios, de nuevos preceptos y de nuevos afectos, si comenzamos a dudar que la filosofía no es divulgación sino creación de conceptos, si comenzamos a dudar que la ciencia debe de ser meramente divulgadora y no creación de nuevos espacios científicos y nuevas funciones científicas, entonces estamos pensando que hay un pueblo dado al cual solo hay que ideologizar correctamente”.1

IV

Desde muy joven me dijeron que la filosofía se trataba del asombro. Busqué asombrarme, y me agoté. Ahora creo que la filosofía se trata del juego, el juego serio, el juego inútil y el juego fallido con conceptos. Ahí poco importa si se hace filosofía.

V

Construir con la escritura espacios distintos para el arte contemporáneo. Sin deudas con el discurso universitario, con su saber de nota al pie de página y de archivo. No desdeño los archivos, sino el uso restrictivo que se puede hacer de ellos: cuando se pule la mirada para decir ESTO ES LA HISTORIA, no una interpretación de documentos y objetos. No voy a mentir, no me llevo bien con ella, pharmakon: veneno y remedio.

No me da ansiedad el veneno, sino el remedio: el resanador, la edición sin diálogo, la pertenencia, la jerarquía, los grupitos que parecen que guardan un secreto, los castillos, los que se dejan comer por su personaje. Esto no es una figura rectórica, el pharmakon no es una metáfora. El gran problema es creer que la metáfora existe, que se está desplazando, que oculta al significante uno. No, ni la metáfora ni el significante uno existen. Eco: aquí no investimos el gran miedo a carecer.

¿Cuántas veces recurrimos a nuestra memoria para salvar la disparidad entre lo real y nuestra interpretación simbólica de ello? Si bien no creo que haya metáfora, tampoco creo que haya objetividad. Creo que siempre hay una disparidad, incluso al interior (por decir algo). La disparidad entre yo, mis afecciones, mis experiencias, mis intenciones, mi relación con la ley, etc. Te quiero decir que te quiero para quererme poco a poco porque me han dicho que una vida sin “te quiero” no vale la pena ser vivida, entonces te digo que te quiero y tú me dices lo que sea y yo reafirmo mi querer, mi querer a la vida, mi querer sentirme querida para sentirme viva. Derrida wore it better:

3 de junio de 1977

y cuando te llamo amor mío, amor mío, ¿te llamo a ti o al amor mío? Tú, amor mío, ¿acaso es a ti a quien así nombro, acaso es a ti a quien me dirijo? No sé si la pregunta está bien formulada, me da miedo. Pero estoy seguro de que la respuesta, si ha de llegarme algún día, vendrá de ti. Sólo tú, amor mío, sólo tú habrás sabido nos pedimos lo imposible, como lo imposible, ambos.

“Ein jeder Engel ist schrecklich”, me gustó.

Cuando te llamo amor mío, ¿acaso te llamo a ti, acaso te digo mi amor? y cuando te digo mi amor ¿acaso te declaro mi amor o acaso te digo, a ti, mi amor, y que eres mi amor? Quisiera decirte tanto.

Derrida ¿a su amante? en La Tarjeta Postal

La otra vez bromeábamos en clase. Decíamos que creíamos que se notaba muchísimo cuando alguna persona escribía un texto y estaba enamorada. I fancy you, you fancy me. Hay algo bonito en buscar las palabras en el diccionario y no entender por completo su significado. Es chocante que la gente escriba tratados en otros idiomas sin la traducción al pie de página. Es chocante porque uno está buscando “saber”, no está buscando placer. El placer del texto. Sin embargo, valoro la sonoridad de otras lenguas que no son mis lenguas maternas. Aunque no entienda. Te quiero, me gustas.

¿Qué comparten Platón, Nietzsche, Freud y Derrida? Que escriben muy bonito. Ya sé que son todos hombres. ¿Dónde está la pregunta falsa?

VI

Aquí acabo por hoy.

Hay una sensualidad en la escritura que nunca he podido echar a andar en la academia. No me gusta masturbarme frente a mis profesores ni ofrecerles una escena pornográfica o voyerista. Tengo que aclarar que estoy a favor de la masturbación diaria (cada quien sabe cuánto dura un día).

Aquí, con usted, ahorita, me siento cómoda hablando de estos temas. En el posgrado no podría afirmar que la metáfora no existe, tendría que pasar días y meses y años lidiando con Lacan y sus compinches. Imagino la cara de la psicoanalista más académica diciendo “esto no está en el texto”. Pero aquí, aquí no necesito del archivo para contarle que no, que la metáfora no existe.

Tampoco me inclino a una metafísica de la presencia que enarbole a la experiencia como la nueva metáfora. Sólo creo que la figura retórica no es el doble, es lo que hay y lo que esta siendo. El ser que es en cada caso, diría mi amigue. Bueno, ya me desvié otra vez. Voy a jugar con Grisalla, mi gatita, a ver si me regala un poco de ella para escribir maullando.

Retomo y ahora sí acabo por hoy.

Los espacios y las editoriales independientes tenemos un problema económico y social fuerte. Hay un valor que no se está viendo y por lo cual intuyo que el gobierno y la iniciativa privada no apoya lo que sucede en esta escena. El valor oculto es la posibilidad de experimentar otros imaginarios. ¿Para qué imaginar? Para tener más opciones y fracasar distinto.

No creo que el arte cure nada porque no creo que haya sujetos enfermos, solo procesos psíquicos y procesos de subjetivación desemejantes que merecen aproximaciones peculiares; diálogos discordantes. Es difícil apoyar proyectos que no curen, que no arreglen, que no mejoren nada; aunque la escena del arte aquí es tan appealing, tan atractiva, por el trabajo que hacemos. No queremos endeudar ese trabajo, es decir, no queremos decirle a ninguna instancia museística, privada o gubernamental “nos deben tanto”. No somos tan tontos.

Más bien creo que como gremio buscamos que se valore que trabajar con imaginarios y con imaginaciones es eso: UN TRABAJO. Un trabajo que no solo es trabajo pero que es trabajo. Esto hay que tomarlo muy serio. El que no produzcamos objetos (aunque el artista sí produce objetos, algunas veces) no significa que no seamos productores. Echamos a andar nuestro cuerpo y nuestra imaginación de manera imperfecta, pero la echamos a andar.

Incluso, bajo ciertos criterios, escribimos textos malos, amasamos obras malas y gestamos espacios malos. Pero ahora no se trata de bueno o malo, se trata de no expulsar a los poetas de la república. Hay que contar más historias, hay que narrarnos más, si no, solo nos quedará lo que el gobierno dice que es ser mexicano, o con lo que el museo o Avelina dicen que es arte. Ojalá fueran públicas las razones por las que Alumnos47 cerró. ¿En qué dejaste de creer, Moisés?, ¿en el politeísmo?

Cuando sucedió el problema alrededor del Fonca, María Minera escribió en Código un texto importante en el que defendía la imaginación como una topología. Esa topología necesita recursos porque hay gente detrás, sosteniéndola. Claro que lo hacemos por placer, pero el placer no debería estar peleado con el dinero, con los recursos necesarios (estamos lejísimos de ser ricos o incluso de vivir “bien” con ellos).

Hay algo muy importante que sucede en revistas impresas y en línea como Terremoto, La Tempestad, Código y GASTV. En este tipo de publicaciones los colaboradores tenemos la oportunidad de imaginar en rangos amplios, podemos ensayar y no cualquiera te deja ensayar. A la ley no le gusta que uno ensaye. Escribimos cosas que no permite la academia (con su saber vigilado) ni en el periodismo (con sus fines de objetividad).

¡Qué bueno que existe la academia y el periodismo! Pero hay otros tipos de escritura, de crítica, de sensualidad, de hallazgo y de placer que solo pueden tener salida en medios como los que enuncié al principio de este párrafo. Por favor valoremos estos espacios, ¡abran blogs!, no esperen que nadie les diga qué pueden escribir y qué no. No esperen a que pasen 15 años para que un académico escriba le historia sobre sus espacios, sus producciones y su mirada. Un título universitario no sirve para mucho aquí.

Lean, produzcan, pinten, platiquen, escriban. Sigámoslo haciendo. Contemos otras historias. Nos urgen otras historias. Si van a consumir, suscríbanse a La Tempestad, a Terremoto, no dejemos que mueran. Lean GASTV y Código. También Letras Libres (sé que hay un capítulo por revisar por su relación con el gobierno, pero ahí nunca me han censurado un texto, además la editora te lee y te comenta —te edita—, ¡un lujo en esta época!).

Contesten a sus columnistas. No crean lo que decimos. Crean lo que decimos. Duden y no duden de sus percepciones, pónganlas a dialogar. Ejercitemos la comprensión. Y por favor, no alimenten el sistema de trabajo inmaterial que tanto nos aqueja. La política de gratuidad no es cool, no resiste: precariza.

¡Miaaaauuuu!

Foto: Dibujo de Rodrigo Simancas para Café para Leer, cortesía de la autora.

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Transcripción de un fragmento de la entrevista a Salvador Gallardo Cabrera, realizada el lunes 27 de mayo de 2019 a propósito de los cursos que impartió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en la primavera de 2019 sobre el pensamiento de Ernst Jünger y Paul Virilio (lunes de 10:00 a 12:00 hrs, salón 202) y de Michel Foucault (lunes de 18:00 a 20:00, salón 107).

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Sandra Sánchez escribe sobre arte contemporáneo, actualmente encuentran sus textos en Confabulario, Letras Libres y La Tempestad, entre otras. Forma parte del colectivo Zona de Desgaste. Este año está al frente, junto con Adriana Kong, de la instalación Café para Leer. En una relación tóxica con el psicoanálisis.