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Poesía en Armas: Alcira Soust Scaffo, por Lucía Hinojosa


Noviembre, 2018

“Duerme abismo mío, los reflejos dirán 

que el descompromiso es total

pero tú hasta en sueños dices que todos

estamos comprometidos que todos

merecemos salvarnos”.

Roberto Bolaño.¹

El cuerpo de obra de Alcira Soust Scaffo requiere de una profunda capacidad interpretativa para reconstruir su universo, compuesto por un terreno laberíntico, fragmentado por acciones, mitologías y provocaciones. Su fantasma exige una arqueología poética que se alimenta de una constelación de preguntas que han transitado, quizás, en el inconsciente del género mismo durante más de un siglo: ¿Es posible habitar la poesía para diluirse en ella? ¿Es su sombra un cataclismo más potente que la poesía misma? ¿Qué es la poesía en armas y cómo transpira hasta la realidad social, la realidad política?

Escribir poesía, ¿vivir dónde? en el Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) fue la primera exposición que investigó a profundidad la vida y obra de Alcira, reuniendo una pedacería de evidencias —entrevistas, notas, dibujos, cuadernos, transcripciones, listas de pendientes, fotos, cartas— que iluminan su intento por desvanecerse a través de procesos que buscaban desarticular o desmembrar el vehículo vivo de la poesía en tiempo real, es decir, sus acciones buscaban una transformación radical que respondieran a su contexto para después desaparecer casi instantáneamente.

La muestra significó la reconstrucción de un archivo que respira a partir de una red de oralidades, trazando un mapa de la memoria de la vida universitaria de la UNAM desde la década de los 60 hasta los 80, revelando la intervención e interacción afectiva de la poeta y activista. Los testimonios expuestos —una serie de entrevistas al grupo de amigos y colegas que estuvieron cerca de Alcira y que estuvieron en el movimiento estudiantil del 68 como Alfredo López Austin, Aimée Wagner, Julio Dozal, Guadalupe Ferrer, entre otros— refuerzan el personaje mítico y al mismo tiempo invisible de Alcira, elucidando su inseparabilidad como sujeto político y poético.

Alcira Soust Scaffo nació en la pequeña ciudad de Durazno, Uruguay, en 1924. Fue la menor de tres hermanas de una familia de clase media. La experiencia de su niñez, la capacidad de juego y la libertad del pensamiento infantil fueron obsesiones que perduraron durante su vida, convirtiéndose en modelos para habitar el mundo que de alguna manera se implantaron no sólo en la producción simbólica de su trabajo, sino también en la forma de pensar el activismo político e intervenir en él.

Los tres chanchitos, libro tridimensional desplegable (1945).

La pedagogía, su afecto por la tierra y la jardinería eran también vehículos posibles para vivir en el conocimiento. Para Alcira, la poesía era un modelo pedagógico que podía mezclarse o acompañar cualquier proceso educativo o de crecimiento. Se formó como maestra en Uruguay y en la década de los 50 llegó por primera vez a México con una beca del CREFAL (Centro de Cooperación Regional para la Educación de Adultos en América Latina y el Caribe) para trabajar con comunidades indígenas y campesinas de Pátzcuaro. Durante su estancia, escribió un ensayo en torno a la importancia de la transformación de la personalidad para poder recrearla.

En su trabajo existe un interés básico que responde a la condición humana y a la observación metafórica de procesos cíclicos vinculados a la naturaleza. Estas reflexiones formaron parte de su vida siempre, tejiéndose poco a poco en una práctica libre y multidisciplinaria. Uno de sus grandes proyectos fue Poesía en Armas, que trabajó desde 1972 durante casi dos décadas, y culminó en la creación del Jardín Cerrado Emiliano Zapata en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Las múltiples actividades y obsesiones de Alcira permiten imaginar su praxis y experimentación en la poesía, a pesar de que muy poco de su trabajo fue publicado. La producción de Alcira habitaba en otros espacios, circulando con otro tipo de ritmo y fuerza: hacía intervenciones con mimeógrafos y otros soportes, así como traducciones propias de poetas franceses modernos que ella admiraba —en especial a Rimbaud, el gran ícono maldito— para después hacer carteles, postales o volantes.

Sus listas de pendientes se entremezclan con citas de escritores y dibujos, y los pocos poemas que escribió los reeditó durante décadas. Así experimentaba con juegos silábicos, poesía concreta y distintas fuentes para crear un nuevo alfabeto. Su desinterés por la circulación editorial de su trabajo o su silencio por inscribirse en estos circuitos permanecen en misterio que sigue operando desde diversos puntos de quiebre, cuestionando la relación del éxito y el fracaso.

Durante 1968, Alcira optó por una vida errática y vivía en el campus de la universidad. Su estado de salud siempre fue frágil, padecía de esquizofrenia. No tenía un trabajo estable, hacía pequeñas tareas para amigos y maestros como traducciones de francés, pero principalmente regalaba poemas y dibujos a manera de volantes. Desde años antes se había vinculado con poetas y artistas de la escena mexicana, como José Revueltas, quien recuerda su primer encuentro:

“Conocí […] a Alcira en el café Sonora. Estaba en una mesa y, mientras escribía sobre una pequeña hoja de papel, lloraba en silencio. Terminó de escribir, hizo con el papel un sobre diminuto
 y fue a mi mesa para entregármelo[…]: Leído el poema, fui a sentarme junto a Alcira, ante su mesa. Temblaba, sufría, no cesaba de llorar. Su estado psicológico era casi alarmante. Me hizo sufrir también. Todo se le agolpaba en el alma: la guerra de Vietnam, la persecución de los negros, el vacío y el dolor de la vida. Yo la amaba —la amo— fuera de todo sexo o deseo”.²

Su involucramiento en el movimiento estudiantil fue clave, su activismo poético impulsó e inspiró a muchos de sus compañeros para después convertirse en un ícono de resistencia durante la ocupación militar. El 18 de septiembre de 1968 cuando Ciudad Universitaria fue invadida por el Ejército Mexicano, Alcira fue cautivada, escondida en un baño en la torre de Humanidades. Se dice que ayudó a escapar a estudiantes poniendo versos de León Felipe en los altoparlantes. Alcira fue encontrada en la torre después de haber estado 15 días escondida comiendo papel de baño para sobrevivir. El relato audiovisual del antropólogo Alfredo López Austin describe el momento en que la encuentran.

Después de 50 años, el complejo enclave que retienen los fantasmas políticos, arquitectónicos y narrativos construidos por mitos afectivos y anónimos reaparecen a partir de conmemoraciones temporales. Si enfocamos nuestra atención en el símbolo poético de Alcira Soust Scaffo, respetando su naturaleza outsider, como diría Monsiváis, aún tiene la capacidad de desenvolverse como agitador político desde un lugar retador, pues ahí donde habita su ingenuidad es donde está la fuerza que hace temblar, desde lo vulnerable, los muros de la memoria.

Foto de obra: Publicación Alcira Soust Scaffo | MUAC UNAM, disponible para descarga aquí.

Foto principal: Revista de la Universidad de México.

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¹ Roberto Bolaños, Poesía Reunida, Duerme abismo mío, los reflejos dirán, México, Penguin Random House Grupo Editorial/Secretaría de Cultura, 2018. p. 73

² José Revueltas, México 68: Juventud y revolución, México, Era/Conaculta, 2014, pp. 77-78

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Lucia Hinojosa (Ciudad de México, 1987) es artista visual y escritora. En 2013 co-fundó diSONARE, un proyecto editorial bilingüe.