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Plagios contemporáneos, por Brenda J. Caro Cocotle


Por Brenda J. Caro Cocotle | Septiembre, 2016 

He de reconocer que no sabía cómo empezar este texto, un texto sobre el plagio: podría haber recurrido al juego de la referencia oculta, o abrir con un epígrafe en el que citara a M. Schneider [1], o armar un texto que fuera resultado de copiar y pegar fragmentos de escritos ajenos, o bien que el mismo estuviese constituido por una frase ajena nada más, repetida hasta gastarla. Y si bien hubiera podido ganar en inventiva —bueno, casi, lo primero ya lo hicieron de manera brillante Vivian Abenshushan y Luigi Amara, a propósito de otro plagio— [2], lo cierto es que corría el riesgo de que por resultar mordaz, perdiera del todo el argumento. Y se debe aceptar cuando uno no es Borges ni Pierre Menard ni ha inventado el Quijote.

Se pensaría que el plagio académico atribuido al presidente mexicano, Enrique Peña Nieto en su tesis de licenciatura, poco tendría que ver con la problemática del arte contemporáneo en México, más allá de la indignación, despreocupación o chascarrillo de ocasión compartido. Habrá quien sostendrá que eso es agua pasada, noticia menor en una semana que abre con la noticia de que al sector cultural le habrán de recortar un 30% de un presupuesto de por sí insuficiente y mal distribuido, y que las urgencias por discutir son otras. Cierto, las urgencias son otras pero estas últimas no pueden entenderse a cabalidad sino se mira el contexto en el cual se generan: un contexto donde la máxima de Maquiavelo pierde toda dimensión política para convertirse en cinismo acrítico.

Regreso al punto. ¿Qué relevancia tiene el hecho para con una serie de discursos y prácticas artísticas y culturales cuya virtud estriba en poner en jaque la idea misma de la originalidad y la autoría?  En su interesante ensayo, “Falsificación, apropiación y plagio. Reflexiones a partir de La transfiguración del lugar común”, Luis Xavier López Faejeat analiza el sentido que  “tienen la copia, la reproducción, la réplica, el plagio, la duplicación, como una práctica admisible al interior del mundo del arte.” [3] Si partimos de aceptar que como planteamiento estético o estructura conceptual dichas prácticas adquieren un estatus de excepcionalidad que les posibilita fungir como principio discursivo y dispositivo crítico, lo que importa ahora es preguntarse sobre cuál es la frontera en la cual la trasgresión pierde su potencial creativo o su posible efecto político, cuál es el eje en el que el que el derecho de autor rompe con el derecho de copia y cómo defender el ejercicio de éste último en un justo balance con el primero, y cuáles son las relaciones de poder e implicaciones socioeconómicas en los casos en los que la apropiación cultural se convierte en un problema sobre la propiedad intelectual y la privatización y explotación de saberes colectivos. Estamos en un momento en que la producción artística y cultural se haya atravesada por lo digital, el bastard pop, el mash up y la cultura del remix; en el que la “creatividad” opera como recurso económico, simbólico y financiero. No podemos seguir pensando bajo los parámetros de Danto. ¿Qué es lo que nos permite reconocer el golpe crítico y fresco sobre la originalidad en el arte de un proyecto cómo  Who wore it better, de Alison Feldish and Derek Frech [4], o la brillantez ácida y el uso de la “viralidad” de las redes sociales de las piezas de Víctor Sulser [5], realizadas en la coyuntura mediática del plagio de Peña? ¿Qué elementos son los que se habrían de ponderar en el caso del trabajo de Richard Prince, presentando como suyas fotografías de Instagram ajenos? ¿Por qué resultaron indefendibles las acciones y los dichos de Sealtiel Alatriste? ¿Hacia dónde debiera perfilarse lo sucedido con Isabel Marant, Antik Batik y la comunidad de Santa María Tlahuitoltepec a raíz de los usos del diseño artesanal en la moda? ¿Por qué no podemos evitar caer fascinados por figuras como Han van Meegeren o Emyl de Horys qué hicieron de la falsificación un acto de maestría, y de paso hicieron burla de curadores, galeros, periodistas especializados y académicos? ¿Cómo no sentirse asombrado por la adquisición consciente de muchos de esos cuadros chabacanos que imitan abiertamente el estilo de Frida Khalo o Rivera? ¿O por qué, de manera personal, si bien pude reconocer la vulneración de los derechos de autorales en el caso de Javier Marín –y lo grave del asunto–, no pude evitar el preguntarme por qué alguien querría plagiar un trabajo que me parece malo y no ver como chiste involuntario que las copias se ofrecieran en el Monte de Piedad? [6]

Queda claro que los marcos regulatorios y conceptuales en los que se mueve el derecho de autor, el copyright, la propiedad intelectual, el uso legítimo, el derecho de copia, la cultura libre y los bienes comunes están en jaque, y tanto pueden operar como elementos virtuosos como mecanismos de control intelectual y dominación político-económica. Queda claro también que el centro de la discusión no estriba en el concepto de la ‘originalidad’. A estas alturas, y muchas ediciones y rediciones legales y piratas de Benjamin después, ya nadie sostendría que la “creación” ocurre en el vacío. Considero el debate tampoco radica en la noción de la ‘autenticidad’.  Es un problema de carácter ético y de enunciación, de axiología y praxis, más que de ontología (pero, quizá me equivoque).

Porque hay una diferencia entre el derecho de copia y el plagio, entre la parodia y la burla, entre el robo genial y la simple sustracción de ideas, entre el reconocimiento de la diferencia y la mera mercantilización y explotación industrial del saber o técnica ajena, entre la libre circulación de contenidos y la monetización de contenido producido colectivamente y de manera gratuita, entre el reconocer las deudas intelectuales y asumirse el diciente, entre la influencia y el “homenaje-repetición”. Porque el plagio existe y es censurable allí donde la referencia no se trata de un dispositivo estético, consciente de los hilos y estrategias discursivas que operan un determinado sentido, y a los cuáles traer o desafiar para estructurar otro; el plagio existe y es censurable cuando la apropiación no es resultado de una actitud disruptiva sino de la corrupción como constante y modus vivendi; el plagio existe y es censurable allí donde evidencia una profunda pereza intelectual, cuando no da lugar a la crítica sino al mantenimiento de un status quo, de complacencia política y de parálisis; el plagio existe y es censurable cuando importa más llenar los índices de productividad, el ranking de publicaciones y la cantidad de veces que se es citado ante que reconocer que la duda y los fallos son también un conocimiento valioso, válido y legítimo; el plagio existe y es censurable cuando se utiliza como estrategia de networking y se explota el trabajo de asistentes y estudiantes; el plagio existe y es censurable cuando se acusa “habilonamente” a otro de “plagiar” el trabajo “propio”. El plagio existe y es censurable cuando no nos parece tan grave que quien está a la cabeza de la administración pública, o de una institución universitaria, o se presenta como autoridad cultural, académica o científica  o moral incurre en un plagio.

Y cuando el plagio así existe, y se avala y minimiza, se entiende porque en una coyuntura hay muy poco respeto ya no digamos por las ideas ajenas, sino por las ideas propias, el desmantelamiento del sector cultural y artístico es posible.

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1. “Hay dos maneras de decir que el plagio no es un problema: no verlo por ninguna parte; afirmar que está por todos lados”. (Voleurs de mots, París: Gallimard, 1985, p. 29).

2. Abenshushan, Vivian y Luigi Amara, “Del plagio como una de las bellas artes”, en El Universal, México, jueves 23 de febrero de 2012.

3. López Farjeat, Luis Xavier, “Falsificación, apropiación y plagio. Reflexiones a partir de la transfiguración del lugar común”, en Páginas de Filosofía, Año XVI, Nº 19 (enero-julio 2015), pp. 58-79. Detalle curioso: el Dr. López es profesor-investigador en la Universidad Panamericana, la misma institución que expidió el título de licenciatura a Enrique Peña, y que hubo de reconocer que la tesis presentaba “reproducciones textuales de fragmentos sin cita a pie de página ni en el apartado de la bibliografía”, pero que era un “acto consumado” ante el cual no podían proceder institucionalmente. Cf. Universidad Panamericana, Comunicado, [en línea], 28 de agosto de 2016, disponible en www.up.edu.mx/es/noticias/29772/comunicado

4. who-wore-it-better.tumblr.com El sitio permitía la colaboración abierta. Por el momento, se haya suspendida.

5. “Ésta no es una cita”, Trato de citarme  a mí mismo correctamente y no caer en el autoplagio”, “ésta es una cita”. Pueden verse en la siguiente página: https://www.facebook.com/victorsulser/?fref=ts

6. El caso fue cubierto ampliamente por El Universal, desde octubre de 2015 (si bien el hecho fue denunciado por el artista y su representante en el 2014).

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Brenda J. Caro Cocotle es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas y Maestra en Museos. Es Doctora en Estudios en Museos por la University of Leicester, Leicester, Inglaterra.

*El contenido publicado es responsabilidad del autor y refleja su punto de vista.

Imagen: SDP noticias.