Arte

Perfil | Fritzia Irízar


Por Andrea García Cuevas / @androclesgc | Septiembre, 2015

Un trozo de cabello, kilos de sal, cañas, maíz, azúcar, una caja fuerte, un diamante. Elementos que en el devenir de lo cotidiano resultan tan familiares como ajenos; su presencia en el mundo aparenta una obviedad que, sin embargo, permite olvidar las estructuras o los sistemas que hay detrás de ellos. ¿Qué tienen en común todos estos elementos? Como objetos son casi fetiches de un estatus social o económico (pre)concebido, como mercancía revelan escalas de valores tan disímiles entre sí.

La obra de Fritizia Irízar deambula en este contexto, donde un trozo de cabello puede demostrar la pobreza más extrema y al mismo tiempo ser un objeto de lujo. Su obra se sitúa en una polaridad que es posible tanto en lo real como en el arte por las dinámicas capitalistas que rigen nuestros intercambios con el dinero. Y aunque el acento está en lo económico, la artista también explora valores como lo simbólico, la fe, el deseo y el misticismo, que son capaces de alterar la escala de estimación de casi cualquier cosa.

Proyecto tras proyecto, Irízar (Culiacán, 1977) se ha acercado a estos fenómenos a partir de cosas aparentemente insignificantes o con una carga simbólica fuerte para entender qué hay detrás de ellas. En uno de sus trabajos más importantes hizo evidente la desigualdad económica que existe en nuestro país por medio de una sola pieza que, por sí misma, es sinónimo de exceso. Para Sin título (Naturaleza de imitación) (2012), la artista convocó a indígenas tarahumaras para donar trozos de cabello que más tarde —gracias a un procedimiento de extracción de moléculas— se convirtió en un metal precioso.

Con una serie de pruebas biológicas, las muestras capilares de los voluntarios mostraron una realidad que es ante todos ojos evidente: la mala salud provocada por la crisis alimentaria y la pobreza extrema que azota a aquellas regiones de Chihuahua. Por su parte, el diamante artificial no sólo mostró las carencias que sufren los pueblos indígenas, sino también el poder del deseo para hacer de una pieza cualquiera un objeto de alto costo. Del horror a la belleza.

Así como con el cabello, también ha utilizado otros recursos aparentemente simples como la sal, que desde tiempos ancestrales ha sido asociada con el dinero y la fe. Si un kilo de sal en un mercado alcanza precios “comunes”, en la obra de Irízar su valor entra en juego al insertarla en las dinámicas del mercado del arte. En 2011 la artista colocó una barra de sal compactada sobre un pedestal a manera de instalación dentro de Zona Maco. Durante la feria, el público podía comprar dese 1 gramo hasta 1 kilo por precios de los $100 a los $1000 pesos. De esta manera, Sin título (tótem 11) (2011) perdía su aura como obra de arte al tiempo que la sal adquiría un estatus artístico que a su vez, como pieza, incrementó su valor de acuerdo a la cotización de la misma “firma” de la artista.

Por su parte, el proyecto Sin título (fe de azar) (2010) aprovecha la suerte atribuida simbólicamente a la sal y la estimación que se le impone al arte de acuerdo a su contexto. La instalación constaba de 333 sacos de kilos de sal de grano, completamente cerrados y puestos a la venta. Uno de los sacos incluía un diamante original que previamente fue depositado en presencia de un notario público. Aunque los sacos se convertían en un objeto de deseo, Irízar estipuló una cláusula en el contrato de venta: si el comprador abre el saco para intentar encontrar el diamante, la pieza pierde completamente su valor como obra de arte.

¿Pero qué vale más, un diamante o una obra de arte? La respuesta depende de la escala de valores que una persona otorga a las cosas. Y, de esta manera, la artista ponía en tensión el placer que puede causar el azar y la fe que se le puede atribuir tanto a la sal como al arte.

En su más reciente pieza la artista hace manifiesto otro de sus intereses: el de la invisibilidad de factores que determinan y sostienen un sistema económico. En palabras de Tatiana Cuevas: “fuerzas inasibles que mueven la cotidianeidad contemporánea”. Camaleón Blanco / JMAF (2015) expone la industria económica detrás de las empresas de refrescos o cereales, basadas en la sustitución de azúcar de caña por jarabe de alta fructosa —un ingrediente más económico en términos de producción. Mientras las compañías se enriquecen mediante un vicio sustentado en el engaño, el consumo de estos productos agudiza graves problemas de salud pública.

Fritzia Irízar estudió Artes Visuales en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda. Su obra ha recibido diferentes becas y reconocimientos, como la beca del programa Bancomer-MACG Arte Actual y el Premio Bienal de Artes Visuales del Noroeste de México. Recientemente, la editorial Turner presentó la primera monografía de la artista mexicana, con textos de Abraham Cruzvillegas, Cuauhtémoc Medina, Tatiana Cuevas y Luis Felipe Ortega.

Foto: talcual.