Arte

ORNAMENTO Y DELITO: ADOLF LOOS


Por Rodrigo Bonillas

El arquitecto Adolf Loos tuvo una querella con la sociedad vienesa, que a principios del siglo pasado se negaba a que una de sus obras, la hoy llamada Casa Loos (anteriormente la casa Goldman & Salatsch), erigiera su fachada sin ornamento frente al Hofburg, el palacio imperial austriaco, en la Michaelerplatz de Viena. Al final, después de muchos debates en la opinión pública y de amenazas de cancelar el proyecto, Loos, quien predicó por todas partes en pláticas y conferencias sus principios éticos y estéticos, logró la erección de su edificio:

 

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El encargo fue de los sastres Goldman & Salatsch. En la parte inferior, que corresponde a los primeros tres niveles, de giro comercial, el mármol Cipollino de un verde grisáceo cubre los muros. Más arriba, en la zona de vivienda, las ventanas han sido despojadas de toda cornisa y, a excepción de unas cuantas, de todo alféizar con adornos innecesarios. Los muros son pálidos y lisos.

Un año antes de esta pugna, Loos había publicado unas palabras incendiarias: el artículo “Ornamento y delito” (1908).* Ahí consignaba parte de sus ideas respecto a la concordia entre el hombre moderno, que a su parecer encarnaba la punta de la civilización (desde hace varias décadas, como se sabe, esa idea es muy discutible), y la ausencia de ornamento en su vida. El hombre, expresaba, había pasado de lo “primitivo” de los aborígenes a niveles más “evolucionados” de civilización, hasta culminar en el hombre moderno, sano, higiénico, que sabe ahorrar y por lo tanto no necesita de lo superfluo del ornamento. Este hombre, señalaba él, siempre iba a elegir una vajilla de color blanco en vez de otra ribeteada, que implicaba un trabajo extra para el artesano que la producía. Loos elogiaba la mentalidad inglesa de la época (tuvo un fuerte encuentro con la cultura anglosajona a través de una larga estancia de varios años en Estados Unidos a fines del siglo XIX), esa misma mentalidad que, con otra de sus caras, la más siniestra tal vez, hacía de las suyas en el continente africano durante la misma época.

            Las ideas de Loos permearon en el movimiento moderno. Fue uno de los afluentes de la Bauhaus, Le Corbusier, el funcionalismo. Al mismo tiempo, los dadaístas se apropiaron de varios de sus principios y establecieron amistad con él. Tristan Tzara le encomendó a Loos la creación de su casa parisina:

 casa

 

Si las culturas primitivas tatuaban sus caras (una costumbre que para Loos y en general para la opinión de su época permanecía aún en los delincuentes), el hombre nuevo y sano no soportaba ningún adorno: “El papúa se hace tatuajes en la piel, en el bote que emplea, en los remos, en fin, en todo lo que tiene a su alcance. No es un delincuente. El hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado.”**

Hoy el ornamento vuelve a estar extendido en algunos grandes edificios, aquellos cobijados por el gran capital, que pueden recurrir a patrones orgánicos o geométricos para cubrir sus superficies. También, el tatuaje abandona su carácter marginal y subversivo y entra a ser parte de la convención estética, al menos de la corriente que desde hace algunos años se ha apropiado de esa expresión corporal y la ha ubicado en el mainstream. No sabría decir si hay consonancia entre un fenómeno y otro o si se trata de fenómenos sin vínculo. A cien años del artículo de Loos, y a varias décadas del funcionalismo, este giro hacia el ornamento como una de las corrientes de la estética moderna exclama cada vez más fuerte.

 

 


*Adolf Loos, Ornamento y delito y otros escritos, Roland Schachel (selecc., pról., y notas), Lourdes Cirlot y Pau Pérez (trad.), Barcelona: Gustavo Gili, 1972.

** Idem, p. 43.