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William Kentridge y George Méliès, por Andrea G. Cuevas


Por Andrea García Cuevas / @androclesgc | Marzo, 2015

“Creo que en la determinación de dibujar —la manera contingente como las  imágenes llegan a la obra— se encuentra una especie de modelo de cómo vivimos nuestras vidas. La actividad de dibujar es una forma para tratar de entender quiénes somos y cómo operamos en el mundo”.

William Kentridge

Si George Méliès trazó la realidad a través del ilusionismo, William Kentridge lo ha hecho por medio del dibujo. Y ambos lo hicieron desde el lenguaje del cine. A lo largo de la exposición Fortuna, que se presenta actualmente en el MuAC, se puede observar un diálogo constante entre el cine y el dibujo. En medio de bocetos, grabados, videos, objetos y esculturas, la más antiguas de las artes aparece como principio de la imagen en movimiento y no como recurso.

Una de las piezas más significativas de la muestra es 7 fragmentos para George Méliès (2003), un homenaje que el artista originario de Johannesburgo hace al reconocido mago francés que transformó la forma de ver el cine (y la realidad) con su espectacular Viaje a la Luna (1902). Pero las coincidencias entre el cineasta y el artista se dejan ver —aunque quizá no de forma premeditada— principalmente en la sala La sombra de una sombra.

¿Ejemplos? La puesta en escena, con el estilo teatral que Méliès heredó de sus presentaciones como mago, se puede ver en piezas como Ubu cuenta la verdad (1997). Y al igual que el también inventor, Kentridge ha construido sus propios dispositivos para conseguir dar movimiento al dibujo: En lo que viene (ya llegó) (2007) un espejo cilíndrico de acero, al centro de una mesa, convierte los garabatos abstractos trazados sobre papel en una composición con formas en continuo desplazamiento. Una manifestación de la tesis aristotélica del tránsito de la potencia al acto, y un ejemplo, extraordinario, de unos los principales valores del dibujo como técnica.

El Kentridge inventor, interesado en las distintas formas en que las imágenes transforman la mirada (o viceversa), también se puede ver en Fenaquitoscopio (2000) o Manual de geometría (2000) —compuesta por seis fotograbados esteroscópicos con visores que permiten al espectador observar y percibir la profundidad en una imagen plana—. Aunque no se tratan de descubrimientos, los artefactos recuerdan los principios del cine.

Entre el trabajo de Méliès y Kentridge subyace un elemento que, a pesar de las diferentes épocas que separan sus prácticas, los hace afines como artistas o creadores: la narrativa. A finales del siglo XIX y principios del XX Méliès se distanciaba de la función pragmática que los hermanos Lumière le otorgaban al cine. A saber, el mero registro de la realidad. Al igual que el cineasta, el artista sudafricano ha utilizado diferentes recursos para explorar las diferentes formas del relato.

No obstante, en 7 fragmentos para George Méliès (2003), Kentridge construye una puesta en escena pero no transmite una narrativa definida. En el MuAC, ocho videos proyectados alrededor de la sala forman, en conjunto, siete fragmentos en donde el artista nos hace recordar los fascinantes trucos de magia que Méliès implementó en sus películas. En un acto casi performático, la trayectoria que el espectador traza termina por formar parte de la “escena” para, así, construir una narrativa desde el propio movimiento.

Con actos de magia o trazos de carbón, el cine de George Méliès y William Kentridge nos han mostrado otros mundos (posibles).

Foto: El Universal.

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Andrea García Cuevas es licenciada en Arte por la Universidad del Claustro   de Sor Juana. Coordinadora editorial de la revista Código, es investigadora independiente y colaboradora de diferentes publicaciones. Es miembro del proyecto Ángulo O.