Diseño

Opinión | Verano Archivo


Por Fabritzia Peredo | Julio, 2016

El miércoles pasado me lancé a la inauguración de Verano Archivo. Diseño en proceso. Con una especie de emoción particular porque hacía ya tiempo que no acudía a una exposición de diseño y, por los nombres que se anunciaban en el cartel, me pareció prometedora. Según una reseña en su página oficial, esta muestra alberga más de 60 proyectos en curso de diseñadores mexicanos consolidados y emergentes, quienes ponían en evidencia las etapas de exploración detrás de sus productos. “Muy interesante”, pensé.

Lo primero que vi fue un montaje de sillas y un banco de madera y al fondo el título de la exposición sobre espejos decorados. No me pareció nada brillante, pero tampoco quise hacer un juicio tan pronto y seguí mi camino. Entré a la sala principal y comencé a observar los productos colocados sobre las largas mesas. En unos instantes me sentí totalmente perdida. No había una sola referencia del autor de los proyectos ni una explicación de los mismos. Comencé a avanzar un poco más, confundida, y también me percaté de que la exposición no tenía un orden coherente. Algo se me estaba pasando. Volví a la entrada, esta vez en búsqueda de una pista sobre cómo entender la exposición y allí estaba: Una pila de folletos en blanco y negro con la lista de las propuestas y sus autores.

Regresé más tranquila, con la confianza de que ahora sí podría entenderlo todo. Error. Al frente del folleto se dibujaba el plano del acomodo de los productos a través de números revueltos y en la parte trasera, los números hacían referencia al diseñador junto con una breve explicación de su diseño. Por lo tanto, cada vez que observaba un objeto tenía que buscar con papel en mano el número, voltear la hoja y leer de quién y de qué se trataba. Y este proceso se repetía más de 60 veces, ya que no había un orden. Por supuesto, con la poca paciencia que me caracteriza, en la segunda mesa ya estaba un poco harta. Y no era la única; escuché varios comentarios negativos acerca de esta dinámica.

Es que la mayoría no eran objetos que por sí solos comunicaran algo. Por ejemplo, en una de las mesas encontré un retazo de estopa, varios pedazos de fibra y unos cordones enredados. Busqué en mi folleto y se trataba de un proyecto de La Tlapalería, llamado Maldita pobreza. “Un grupo de piezas que gira en torno a la belleza en los pequeños detalles que carecen de valor monetario”, leí. Volví a observar las piezas y me pregunté de qué se trataría el proyecto en curso. No se me ocurrió nada. Seguí observando. Azulejos, floreros, tejidos; nada me contaba una verdadera historia conceptual.

Seguí deambulando por la sala, ya con desesperación y desilusión. De pronto, algo llamó mi atención: una serie de piezas poligonales enorme fabricada en diferentes materiales. “Wow, por fin algo bueno”, dije en voz baja. Busqué en mi hoja y se trataba de una secuencia de investigaciones geométricas para explorar las posibilidades y usos formales de aquellos sistemas con base en la repetición de patrones, por Pedro Cerisola. ¡Vaya! Esto si tenía un orden visual y una congruencia de proceso. Me pasé varios minutos observando la belleza de cada pieza, cuidadosamente trabajada en madera y aluminio por el diseñador para concebir candelabros y lámparas. Tomé varias fotos y continué el recorrido.

Al lado, otro elemento llamó mi atención de nuevo: un par de aves vivas dentro de una casita de madera. Se trataba de un prototipo de Emiliano Godoy que, según la reseña, permite producir huevos de codorniz en un espacio muy pequeño, interior y urbano. Me quedé un par de minutos más observando a la parejita de codornices y traté de descifrar cómo produciría huevos dentro de ese sitio tan pequeño. Tampoco encontré una explicación a la mano.

Al final de la sala, había un par de carpetas con el brief de cada uno de los proyectos. “¡Por fin entenderé algo!”, exclamé en mi interior. La emoción no me duró ni 10 segundos, ya que eran carpetas de hojas y hojas, me tomaría un día completo leer todo eso. Empecé a hojear para leer al menos la descripción de uno de ellos, uno que había visto al principio, 1/8 Takamura exponía una playera torcida con tiras reflejantes de seguridad para ciclistas o personas que necesitan una protección con señalamientos. Contaba que este diseño se ha venido trabajando desde noviembre de 2015 y no ha concluido, ya que aún sigue experimentando con materiales y procesos.

Al salir de la sala, me percaté que había agua y cerveza en el jardín. Me decidí por la cerveza y puedo asegurar que, junto con la pieza colgante, fue lo mejor de la noche. Después de unos tragos, comencé a cavilar sobre este asunto, es decir, qué tan mala impresión me he llevado para otorgarle a la chela el premio mayor dentro de una exposición de diseño. Concluí que no es cuestión del diseño o los diseñadores, porque talento y trabajo hay y mucho, pero la forma de comunicarlo en esta ocasión dejó bastante que desear. Pienso que es absurdo darle un giro artístico a una exposición totalmente técnica. Con una explicación a detalle de cada proceso e incluso con ayuda de materiales audiovisuales, habría material de sobra para robar la atención del espectador y sensibilizarlo sobre la intensa labor que hay detrás de la fabricación de un producto, por sencillo que parezca. Eso y una secuencia ordenada, caray.

Cuando quise ir por otra cerveza me di cuenta que ya se las habían terminado todas. La última decepción de la noche antes de irme a casa.

Foto: Archivo.