Arte

Opinión | Última esperanza, de Al Borde Arquitectos


Por Andrea Cuevas García / @androsclesgc | Febrero, 2015

Con un poco de atención, entre los muros de la arquitectura se pueden leer historias. Pero entre el cristal y el acero, parece difícil reconocer un espacio que sea resultado de una cuyo relato no se agote en la materia. Afortunadamente aún existen algunos casos. En la provincia de Manabí, en Ecuador, se esconde uno que es digno de reflectores.

En medio de una comunidad de pescadores que sufre de pobreza y analfabetismo, donde no hay agua potable, electricidad, alcantarillado, o un sistema de vida propio de las más sofisticadas metrópolis, se trazaron las líneas de una historia contada en arquitectura. Una historia con fecha de inicio pero no final. Y que, a diferencia de todos los edificios, no se puede datar.

La construcción o, mejor dicho, el proceso de la Última esperanza comenzó en 2009 y parece no terminar hasta que su comunidad lo permita. Y es que su legado supera la lógica arquitectónica y lleva a la disciplina a otros territorios donde la autoría, por ejemplo, desaparece para dar lugar al intercambio de conocimiento. En realidad, la Última esperanza no se trata de una construcción física de ningún tipo, sino de un proyecto de metodología educativa a cargo de Al Borde, un estudio colaborativo y experimental que ha llevado la arquitectura a los límites, trabajando en condiciones extraordinarias, con poco presupuesto o sólo con recursos intelectuales y naturales.

En 2009 el estudio ecuatoriano —formado en el 2007 por Malu Borja, David Barragán, Esteban Benavides y Pascual Gangotena— comenzó a trabajar con la comunidad de Puerto Cabuyal para diseñar y levantar una escuela que respondiera a las propias necesidades y condiciones de su contexto. En colaboración con los locatarios, comenzaron a estudiar la zona para reconocer sus sistemas de autoconstrucción y los recursos naturales que podían aprovecharse. Así, con tan sólo $200 USD y mucha mano de obra local construyeron la Escuela Nueva Esperanza; con bases de madera, paredes de caña y techos de paja, su diseño se asemeja a un barco, para crear un sentido de identidad con las familias de pescadores.

Más tarde, en 2011, Al Borde fue nuevamente contactado para crear una extensión. La escuela que fuera construida dos años antes había causado un impacto significativo que, de acuerdo con su profesor, modificó las dinámicas de aprendizaje y motivó la participación de los alumnos. Entonces, ampliar el espacio parecía un avance natural. Y con $700USD de presupuesto, materiales locales y la mano de obra de voluntarios y la comunidad, se levantó la Esperanza 2. El resultado es una escuela que no responde a los espacios educativos convencionales, con salones cerrados, estrictos y frígidos.

Después de cuatro años de constante trabajo en Puerto Cabuyal, en 2013 la gente solicitó por tercera vez el apoyo del despacho. Pero en lugar de construir otro espacio, Al borde propuso la Última esperanza: la etapa final de dos proyectos que, sin embargo, se traduce como el principio de un proceso que tendrá efectos en la calidad de vida de la comunidad. Los arquitectos notaron que los locatarios habían replicado las técnicas artesanales de autoconstrucción en sus casas, por lo que lo más natural era darles herramientas muchas más sólidas que otra escuela, nuevas casas o una iglesia.

Así, la Última esperanza se desarrolló como un proyecto para fortalecer las habilidades que habían adquirido con las otras “dos esperanzas” y reducir la necesidad de arquitectos. Al Borde diseñó un programa educativo, a manera de taller, con base en una pregunta: ¿qué es esencialmente necesario para hacer arquitectura? Se respondieron lo siguiente:

1.     Estar consciente de la realidad que te rodea. (Los estudiantes de arquitectura no suelen estarlo, la gente de Cabuyal sí)

2.     Analizar y sintetizar ideas abstractas. (Los estudiantes generalmente están familiarizados con esto, los locatarios no)

3.     Traducir esas ideas en espacios. (Los locatarios de Cabuyal no están acostumbrados con este proceso)

4.    Conocer los materiales y los materiales de construcción. (Los estudiantes no conocen mucho al respecto, mientras que los locales sí)

De esta manera, Al Borde se enfocó en los puntos 2 y 3 que debían transmitirse en los talleres que se realizaban durante cuatro días al mes. Con el tiempo se impartieron ocho talleres con temarios diferentes, desde aproximaciones conceptuales hasta diseño de muebles. En total, tuvieron 16 estudiantes (de 14 a 72 años) guiados por 4 maestros. La Última esperanza no termina en 2013, se trata de un proyecto arquitectónico de amplio alcance. Sus resultados aún están por verse.

La Última esperanza está nominado al premio Diseño del Año 2014 en la categoría de arquitectura, que otorga el Design Musem de Londres.

Foto: ArchDaily