Arte

Opinión | Travesías


Por Gustavo Cruz / @piriarte

Vale la pena detenerse a preguntarnos ¿qué se festeja en un aniversario? Indisociable como esta idea con la del paso del tiempo, se vuelve problemática la relación que guarda éste con aquella. No es difícil imaginar la negativa de más de uno a aceptar la propuesta de que, por ejemplo, festejar un cumpleaños es festejar el paso del tiempo, celebrar el envejecimiento. Quizás sea todo lo contrario, un cumpleaños es conmemoración del momento en que empezamos a ser, pero también del hecho de que, a pesar del devenir del tiempo y su poder transformador sobre el mundo y sobre nosotros mismos, seguimos siendo. Así, un aniversario se transforma inevitablemente en celebración de la identidad, tanto en individuos como en instituciones.

Con motivo de su cuadragésimo aniversario, el Museo Carrillo Gil montó la exposición Travesías: los viajes de las obras más representativas de la colección 1948 – 1974, que documenta el recorrido que  hicieron al rededor del mundo importantes pinturas de los tres muralistas mas afamados del movimiento vanguardista nacional (David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco), cuando aún eran parte de la colección privada del Dr. Álvar Carrillo Gil. Festejo de los orígenes del museo y de la relevancia de sus obras es conocidas. Partiendo de este planteamiento, el espectador encontrará en la muestra piezas que, si es asistente regular a muestras sobre pintura mexicana o el muralismo, le serán familiares. No es que sea una molestia poder ver Intertrópico (Siqueiros, 1946), Los muertos (Orozco, 1931) o algunos bocetos de Rivera. Esta muestra no es para encontrarse con obras no conocidas, sino como una reunión con viejos amigos.

Y esta dinámica es asumida explícitamente por el museo, que advierte el carácter documental y narrativo de la exposición, características que no demeritan el esfuerzo. Ver el material con que fueron publicitadas las exposiciones en las que participaron la pinturas en países muy lejanos, como Japón, Rusia o Suecia; las fotografías que registran dichas exposiciones, su aproximación al público, hacen notar que el arte no se basta a sí mismo para existir. Los circuitos en los que es experimentado, su circulación, pues, es parte determinante en los procesos del arte. También, con la insistencia en el carácter folklórico de las piezas expuestas, se vuelve evidente el papel que la producción cultural tiene como constructor de identidades.

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