Arte

Opinión | The Lulennial II: A Low-Hanging Fruit


Por Fernando Pichardo | Febrero, 2018

Si uno es suficientemente creativo, se dará cuenta que Lulennial II: A Low-Hanging Fruit no comienza en la entrada del espacio donde se montó, sino varias cuadras antes sobre la calle de Bajío. Esta arteria de la colonia Roma Sur es un lugar lleno de energía que, sin embargo, no posee el ritmo acelerado que caracteriza a otras partes del poniente de la capital. Es una vía con árboles viejos a ambos lados del pavimento, locales que no han cambiado su fisionomía en décadas y fruta. Mucha fruta.

Ya sea que aparezcan pintadas en los rótulos de los puestos de jugos, servidas en los postres de las fondas llenas de oficinistas o apiladas en cestos afuera de las recauderías, las frutas son uno de los aportes de color más notorios en el vecindario de Lulu. Para Chris Sharp, cofundador de este espacio expositivo, la idea de posicionar tales elementos como eje central para la segunda edición de esta bienal surgió a partir de la influencia que éstas generan en nuestro día a día, así como la carencia de sentido que una exposición semejante tiene para un medio que se toma demasiado en serio a sí mismo. Hablar sobre fruta y comprender las repercusiones que tienen en nuestra vida debería ser algo tan sencillo como extender los brazos al árbol para arrancar un fruto. De ahí que se haya optado por la elección de la frase low-hanging, un cliché que en inglés alude a algo demasiado fácil para tomar; que no demanda un esfuerzo intelectual.

Si bien la muestra es una continuación de la primera Lulennial, nombrada A Slight Gestuary, en tanto que desafía los formatos monumentales de las ferias de arte desde un área de 9 metros cuadrados, A Low-Hanging Fruit tiene particularidades que la convierten en un proyecto curatorial independiente. La idea original era realizar un homenaje libre a las connotaciones que la fruta posee en la cultura occidental: desde la mitología clásica y la Biblia, hasta el homoerotismo y la protesta social. No obstante, esta bienal también se gestionó con la idea de refrescar la discusión sobre el estado del arte desde el sur global. Por tanto, la Lulennial desinfla el estereotipo de América Latina como un lugar que ofrece sus bondades a través de los productos que crecen en su tierra: un ideal evidente en el trabajo de personajes del siglo XX como Rufino Tamayo, Olga Costa y Miguel Covarrubias.

En colaboración con el escritor y crítico de arte angelino Andrew Berardini, Sharp convocó a más de veinte artistas cuya obra se caracteriza por la multiplicidad de interpretaciones que son capaces de arrojar. La participación de creadores como el mexicano Rodrigo Hernández, el nicaragüense-estadounidense Luis Miguel Bendaña y la brasileña Erika Verzutti, pone en evidencia la presencia panamericana contenida en la Lulennial. Sin embargo, la intención de esta curaduría fue trasladar las complejidades del continente a otras latitudes para luego reunirlas en México, presentando a creadores que hasta entonces tenían una relación escasa o nula con el país como Derya Akay, Yugi Agematsu o Meriem Bennani. De acuerdo con Sharp, “cada artista tiene un tipo de polivalencia propio. No expresan una sola cosa: sus obras fluctúan entre el humor y la profundidad. Nos basamos en una afinidad que dio preferencia a lo conceptual y no tanto a lo geográfico”.[1]

El proyecto de Sharp y Berardini plantea a Lulu como un remanso donde artistas y audiencia puedan despejarse, tras un año marcado por la turbulencia financiera de Documenta, las tensiones raciales y económicas de la Whitney Biennial y la ansiedad ante el futuro que prevaleció en la Bienal de Venecia: “Pareciera que hay demasiada presión en esas exhibiciones a gran escala por resolver los problemas del mundo. […] Existe un consenso general de que el arte debería operar como un político, ocasionando que ya no sea divertido”.[2]

Aún cuando la Lulennial intenta emanciparse de las cargas ideológicas que conciernen al circuito del arte internacional, creo que resulta limitado interpretar los discursos concentrados únicamente bajo una lectura lúdica, especialmente en una metrópolis tropical donde las pulsiones de vida y muerte forman una parte intrínseca de su identidad colectiva.

Resulta necesario cuestionar si el hedonismo al que apela la Lulennial en verdad puede desentenderse del prisma sociopolítico que analiza al arte hoy. Entre las obras compiladas, Penca (2017), de Naufus Ramírez-Figueroa, destaca por la implicaciones políticas y sexuales que el plátano posee en América Latina. La pieza fue fabricada con poliestireno y fibra de vidrio, generando una narrativa que nos recuerda en primera instancia a las connotaciones fálicas de la fruta, pero que de manera ulterior fusiona los cuerpos de los trabajadores explotados y el producto que obtienen a partir del agotamiento de los campos en su natal Guatemala.

Al respecto, Berardini concientiza al público sobre la dificultad de divorciar a las representaciones de frutas en el arte de las fuerzas sociales que las posibilitan:  “La suave, dulce energía del plátano esconde en su matiz, el sufrimiento de millones de trabajadores y la insensibilidad de sus patrones, los suicidios de los invasores corporativos y los millones que han matado y mutilado con sus prácticas laborales asesinas […]”.[3] Caladas, sensualmente apetecibles y en espera de ser consumidas, pareciera que el aparato artístico latinoamericano ha utilizado a las frutas como un mecanismo para domesticar desde el ámbito simbólico a los habitantes, cosechas y plantíos que la región comprende.

A Low-Hanging Fruit también tiene la intención de criticar estructuras de alcance universal bajo una postura burlona. Quizá la obra más representativa para este caso sea Untitled (Support for Mathematics Lesson) (2007), de Gabriel Sierra. En ella, el artista colombiano formó una retícula a partir de la superposición de reglas de plástico para posteriormente colocarlas sobre un plato. Al llenar los huecos con frutas artificiales, crea una cornucopia que evidencia el fracaso de los sistemas métricos para aprehender las formas, texturas y dimensiones que conforman al universo, incluso a escalas tan reducidas como las de una pera, un higo o una granada.

Finalmente, las entregas semanales de Scheme (2014), que forman parte de la obra que Nina Beier trajo para esta bienal, presentan un ejemplo sobre cómo la fruta es capaz de reflejar percepciones sobre la existencia humana que son todo menos superficiales. La artista danesa optó por esparcir peras, coles, pepinos, zanahorias, naranjas, papas, manzanas y otras frutas y verduras en un pasillo, para revisitar el concepto de memento mori y recordarnos la intrascendencia del mundo físico al permitir que estas se pudran con el transcurso de los días. La inclusión de las cajas donde se transporta la mercancía es un recordatorio de la alteración al orden natural que la acción humana ha ejercido en favor de la comodificación, en un momento donde el mundo experimenta la fase inicial del antropoceno.

De acuerdo con Sharp, la Lulennial es “un intento modesto por ser enciclopédicos”. Reúne en un espacio diminuto a latitudes y visiones diversas con el objetivo de establecer una heurística sobre elementos que aunque han construido parte de las economías, imaginarios y dietas latinoamericanos, raramente son tomados como un tema para reflexionar. Aunque en su esfuerzo por comprometerse con un discurso global, pienso que la bienal desatiende al contexto inmediato sobre el que se desenvuelve. Esto no es incongruente si tomamos en cuenta que entre los intereses de Lulu no está difundir narrativas motivadas por las condiciones sociopolíticas regionales, en este caso de la Ciudad de México.[4] Pero en un proyecto que asegura difundir el trabajo de artistas poco conocidos entre los locales, me pregunto cuántos locatarios, vecinos o meseros de la calle Bajío se habrán dado una vuelta para examinar los significados que desprende aquello que compran, venden y saborean con regularidad.

Foto: Scheme, de Nina Beier.

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[1] Chris Sharp en entrevista para GASTV.

[2] Ibídem

[3] Andrew Berardini (2018). The Lulennial II: A Low Hanging Fruit. Mousse, p. 47.

[4] Joseph Del Pesco (2015). “Chris Sharp, Co-Founder of Lulu (Mexico City): in Conversation with Joseph Del Pesco.” SFAQ International Art & Culture. Disponible aquí.