Arte

Opinión | Si el museo es una escuela, el Museo Jumex no lo es


Por Tania Puente y Jerónimo Rosales | Enero, 2016 

El museo es una escuela: el artista aprende a comunicarse; el público aprende a hacer conexiones.

Luis Camnitzer [1]

Una mujer rubia, con vestido de noche y joyas decorando sus extremidades, platica con sus contertulios en una fiesta de la alta sociedad: «Pero hay algo que es muy extraño y paradójico», dice ella —palabras más, palabras menos—, «por un lado, existe un abismo de raza y de clase. Todo mundo está instalado perfectamente en una jerarquía social que es ‘inamovible’ y al mismo tiempo hay una curiosidad por el otro, un deseo por conocer al otro, y las dos cosas son absolutamente reales. Es un momento interesante en el país, porque algo se quebró y permitió una dislocación que no sabemos adónde conducirá. No tendrá un gran final, eso ya lo sabemos. No será un final feliz ni triste». [2]

Esta escena forma parte de una película proyectada en el segundo piso del Museo Jumex. Sin embargo, lo que sucede fuera de la pantalla, en el mundo no ficticio, es todavía más interesante. Una mujer joven, bella y rubia entra a la sala encabezando una peculiar comitiva: tras ella camina su marido, también joven y bello (aunque no rubio), y siguiéndolos de cerca, dando gritos y con los brazos extendidos, corre a trompicones un niño pequeño que no ha de pasar los 2 años de edad. La criatura también es rubia, de una piel casi tan blanca como las paredes del museo. A cierta distancia del grupo y ocultándose entre las sombras de la sala, se arrastra, cual fantasma, una señorita joven y morena. Viene uniformada con un traje de dos piezas de color azul cielo con motivos blancos en las solapas y las mangas. Carga una gran pañalera Marc by Marc Jacobs de la que sobresale un biberón enorme. Esta mujer morena uniformada es la nana que va detrás del niño rubio. Ella lo cuida para que los papás paseen más a gusto. No cabe duda que, efectivamente, «existe un abismo de raza y clase».

Si el museo es una escuela, esta escuela es como el Instituto Cumbres: está echando la casa por la ventana para recomponer su imagen pública

Bajo un mismo sol: Arte de América Latina hoy es la más reciente exposición del Museo Jumex. Fue presentada por primera vez en junio de 2014 en el Museo Guggenheim de Nueva York. La curaduría estuvo a cargo del mexicano Pablo León de la Barra, quien funge como curador Guggenheim de Arte Latinoamericano dentro del programa UBS MAP Global Art Initiative, que a su vez deriva de la compañía internacional de servicios financieros UBS.

La muestra se compone de 48 obras producidas por 40 artistas de 14 países de Latinoamérica. A partir de esta selección, éstas fueron adquiridas para engrosar las filas de la colección del Guggenheim, una estrategia de legitimación que en repetidas veces ha probado su efectividad dentro de la historia del arte. Su siguiente parada será la South London Gallery, en Inglaterra, en junio de 2016. No sobra preguntarse cuáles fueron los criterios para definir el recorrido geográfico donde se presentaría la muestra.

Durante semanas, la ciudad de México se tapizó de publicidad promoviendo Bajo un mismo sol: no hay parabús defeño que no se haya visto ocupado por la imagen omnipresente del sol con la que el Jumex ha anunciado la exposición. El énfasis en la promoción es un triste recordatorio de que el año pasado el Museo Jumex vio su imagen pública muy golpeada tras la cancelación de la retrospectiva de Hermann Nitsch, evento que atrajo numerosas y merecidas críticas.

Si el museo es una escuela, esta escuela victimiza a su alumnado

En el catálogo que acompaña Bajo un mismo sol, el iluso curador escribe su cartita a los Reyes Magos: tras reconocer que las manifestaciones artísticas de América Latina han sido ignoradas por el eje expositivo europeo-estadounidense, el curador escribe que «aunque hoy en día la situación ha cambiado, en muchas ocasiones persisten actitudes ignorantes y paternalistas. Con excesiva frecuencia, el arte de las periferias ha sido presentado como exótico [y], aun cuando estas producciones artísticas se incorporan a la historia ‘oficial’, muchas veces su significado es neutralizado». [3] En el decir está el hacer: al escribir estas palabras, León de la Barra insinúa que esta exposición busca revertir todos los males que el arte latinoamericano ha padecido. A saber: el desprecio de europeos y estadounidenses por igual, el paternalismo y la ignorancia, la mirada exotizante y la neutralización del significado subversivo de algunas de estas manifestaciones. En el mejor de los casos, León de la Barra olvida que todos estos padecimientos son intrínsecos a la relación desigual que hay entre centros de poder cultural y periferias subalternas.

Bajo un mismo sol es un ejercicio expositivo conciliador que, en su afán de visibilizar la diversidad de expresiones artísticas producidas por creadores latinoamericanos, se vuelve una serie de contradicciones que refuerza esa indeseable mirada vertical enunciada desde los epicentros artísticos anglosajones y europeos.

Si el museo es una escuela, esta escuela basa sus lecciones sobre América Latina en libros de texto estadounidenses

Tropezando constantemente con sus propias palabras, León de la Barra escribe en el catálogo de la exhibición que «el nombre y la idea de América como continente son una invención europea» [4]  y recuerda que la idea de «Latinoamérica» es también una ocurrencia francesa.[5] Estas aseveraciones cobran un divertidísimo cariz cuando consideramos que Bajo un mismo sol es una muestra patrocinada, supervisada y organizada por la Fundación Guggenheim, institución estadounidense. De esta manera, el canon del arte latinoamericano que esta exposición busca promover es, también, una invención externa que se enuncia desde una posición de poder. Parece ser que, por muy autocrítico que sea el primer mundo, inventar a América Latina desde cualquier perspectiva sigue siendo uno de sus pasatiempos favoritos.

En palabras de León de la Barra, además de incorporar la obra de artistas y regiones previamente excluidos por los cánones, Bajo un mismo sol y la Guggenheim UBS MAP Global Art Initiative tiene el noble objetivo de posicionar «la obra de arte y el museo como cajas de herramientas, como amplificadores con el poder de cambiar las maneras en que vemos y nos relacionamos con el resto del mundo». [6] ¡Oh, salve, Fundación Guggenheim! Gracias por redimir el arte contemporáneo latinoamericano y perdonar su ostracismo.

Bajo un mismo sol es una fotografía de nosotros mismos tomada por un explorador estadounidense de apellido Guggenheim que, nada tonto, se ha hecho acompañar de un intérprete nativo llamado León de la Barra. El intérprete, que se llena la boca de palabras como «progreso», «liberación» y «reivindicación», nos tiende la fotografía para que nos reconozcamos a nosotros mismos, como si de antemano no supiéramos quiénes somos. Su presencia funciona como un puente entre nosotros y el explorador, y suaviza la tensión y rispidez que pudiera surgir entre ambas partes.

Si el museo es una escuela, esta escuela basa sus lecciones en dictados, monografías y planillas escolares

La pieza que Luis Camnitzer instaló en la fachada del museo, y que hemos reproducido en el epígrafe de este texto, sugiere que el museo es una escuela. Si así fuera, las cédulas de Bajo un mismo sol funcionan como monografías doctrinarias: en un lado la fotografía de la obra, al reverso la explicación unívoca de la misma. En vez de brindar una explicación sobre el origen de las piezas, o el contexto sociopolítico y cultural de sus condiciones de producción, nos da respuestas fáciles y unidireccionales, plagadas de name-dropping, con miras de sustentar, a través de referencias a otros artistas, las producciones más recientes —para evitar que pierdan su dirección histórica u olviden sus orígenes.

Para ejemplificar, queremos exponer una breve revisión del arte latinoamericano según las cédulas: Plage Parallele [7], una pieza que consiste en dos toallas blancas colocadas sobre el piso, evoca «la posibilidad de sitios y estados ‘paralelos’ que contienen una cierta atmósfera que se encuentra sólo en los trópicos y que González-Foerster ha llamado ‘Modernidad Tropical’». Walk [8], una acción por demás poética, queda justificada porque «entre sus predecesores se encuentran la dérive de los situacionistas, las exploraciones inconscientes del París de los surrealistas o los paseos de Francis Alÿs en la Ciudad de México». La obra Ouro Velho, [9] por su parte, pareciera funcionar sólo porque «reinterpreta el enfoque y la estética del neoconcretismo —específicamente como manifestación en la obra de artistas brasileños como Hélio Oiticica». Las referencias abundan en lo que pareciera un afán por encubrir la mediocridad de algunas obras haciendo referencias a artistas, movimientos y conceptos que el lector no iniciado difícilmente conocerá.

Si el museo es una escuela, esta escuela no se basa en Paulo Freire, sino en Paulo Coelho: creer en el mito

León de la Barra cierra su texto del catálogo poniendo en alto el nombre de su exposición. Da gusto ver que hay agentes culturales que creen en su trabajo, pero pecar de optimismo excesivo es un gran desatino. El curador escribe que en Bajo el mismo sol «el espectador participa activamente en la obra expuesta […] en un entendimiento de liberación y progreso, más allá de los cismas económicos, políticos y sociales del pasado»[10]. ¡Liberación y progreso! Una vez más, un falso profeta aparece ante el público esgrimiendo el viejo argumento de que el colonialismo cultural funcionará a favor de los colonizados.

Pero eso no es todo. La supuestamente inextricable «participación activa» del espectador en la obra expuesta se queda en nada. ¿De qué manera la mamá joven, rubia y bella que fue a pasear al museo con su pequeño hijo —y su respectiva nana— participó en la obra? Salvo que aquella aparición fuera un performance no anunciado en el programa, resulta ilusorio pensar que el público se ha identificado tanto con las piezas expuestas que «participa activamente» en ellas. O tal vez valdría la pena preguntarle al curador: ¿Cómo es que el público participa activamente en las piezas? ¿Cómo se genera el mentado «entendimiento de liberación y progreso»?, y, a estas alturas, ¿alguien cree en el mito «progreso»?

Si el museo es una escuela, esta escuela tiene reglas claras del tipo «no corro, no grito, no empujo y no me subo a las bases de las piezas»

En su afán por recuperarse de los furiosos golpes recibidos el año pasado, el Museo Jumex ha echado mano del star system local para articular Bajo un mismo sol. La museografía estuvo a cargo de la joven arquitecta mexicana Frida Escobedo, cuya propuesta consistió en intervenir el espacio museográfico con tarimas y desniveles. Esta «geografía interior» obliga a los visitantes a caminar a través de las irregularidades, con la intención de que en su tránsito resuene la inestabilidad del contexto latino. Sin embargo, en ocasiones los desniveles son tan sutiles que, como bien señaló Edgar Hernández en su crítica a la exhibición «es común que el visitante termine sobre la base de las piezas»[11], provocando la reacción de los guardias que, presurosos, se acercan al visitante para decirle que no se puede «subir a la base».

La exhibición presenta piezas creadas durante un periodo de poco más de 40 años de actividad artística (1970-2015). Sin novedad, se trata de los mismos artistas pioneros que han definido el arte latinoamericano. La curaduría, en vez de aventurar una selección sincrónica (con todos los riesgos que eso implica) de las producciones actuales, ha optado por los viejos lobos de mar. Hay, incluso, apuestas seguras representadas con piezas mediocres, como la pintura de Gabriel Orozco, Piñanona 1 (2013)[12]. Hay también obras efectivas que hemos visto hasta el cansancio de las cuales Ya veremos cómo todo reverbera (2012) de Carlos Amorales es un ejemplo destacable. La marcha curatorial está dictada, pues, por el interés comercial y el aumento de la plusvalía de las flamantes adquisiciones.

Si el museo es una escuela, esta escuela no es un Montessori (conclusión)

En la pieza de Tania Bruguera, Tatlin’s Whisper #6 (Havana Version) (2009), la artista montó un podio para que, en el contexto de la Bienal de La Habana, la gente pudiera acercarse y decir aquello que suele callar. Una persona tomó el estrado y pronunció en repetidas ocasiones una interesante reflexión: «¿Qué es más importante, hablar o hacer?». En el contexto de Bajo el mismo sol, ¿qué es más importante, problematizar o legitimar?, ¿comparar o imponer?, ¿educar o dictar? ¿hablar o hacer? Las preguntas son claramente retóricas, pues ha quedado claro que Bajo el mismo sol es una exposición que, si bien esgrime algunos argumentos sensatos para construirse sobre ellos, termina cometiendo los errores que critica sin asumir, en ningún momento, las contradicciones inherentes a su proyecto. En este sentido, y recuperando una idea de Walter Mignolo que León de la Barra retoma en el catálogo de la muestra: Bajo el mismo sol «no es una ruptura con el colonialismo sino la perpetuación de sus desigualdades»[13].

 

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1.Luis Camnitzer, A Museum is a School (El museo es una escuela), 2009/2015, instalación específica de sitio y postal.

2. Tamar Guimarāes, Canoas, 2010, video a color, con audio transferencia de formato 16mm, 13’30’’.

3. Pablo León de la Barra, Bajo un mismo sol: Arte de América Latina hoy, Fundación Jumex Arte Contemporáneo, México, 2015, p. 11.

4. Ibid, p. 5.

5. «El término fue utilizado por primera vez alrededor de 1830 por el pensador francés Michel Chevalier para diferenciar a América Latina de la América angloparlante. Posteriormente, Napoleón III lo adoptó en oposición a los intereses británicos y estadounidenses en el continente». Ibid, p. 5-7.

6. Ibid, p. 35.

7. Dominique González-Foerster, Plage Parallele, 1999/2015, dos toallas blancas.

8. Wilfredo Prieto, Walk, carretilla, tierra, planta e impresión de inyección de tinta.

9. Adriano Costa, Straight from the House of Trophies—Ouro Velho, 2013, pintura sobre tela y plástico.

10. Pablo León de la Barra, op. cit., p. 32.

11. Edgar Hernández, Bajo un mismo sol, Excélsior, se puede leer aquí.

12. La cédula-monografía al pie dice lo siguiente de esta obra: «las fronteras entre lo racional y lo orgánico quedan disueltas». ¡Perfecto! ¡Ya tocaba que alguien disolviera esas fronteras!

13. Originalmente: «la modernidad no es una ruptura con el colonialismo sino la perpetuación de sus desigualdades», Pablo León de la Barra, op. cit., p. 23.

Imagen: El Universal.