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Opinión | Sepulturas alternativas


Por Fabritzia Peredo | Febrero, 2016

Siempre he tenido la firme convicción de donar mis órganos cuando muera. Tal vez es la ausencia de alguna creencia religiosa o una filosofía más liberal, pero pienso que una vez que mi cuerpo se encuentre sin vida, carecerá de importancia a dónde sea trasladado o con qué fines sea tratado, mientras pueda conservar su utilidad para otras personas. ¿Pero después de ello, qué?

Bajo el contexto cultural en el que vivimos —y sobre todo bajo la religión que profesan muchas personas— la tradición indica ser enterrados junto a los familiares más cercanos al morir. La cremación es otra alternativa que ha ido ganando terreno en los últimos años: este servicio registra un crecimiento anual del 10% en nuestro país, siendo la Ciudad de México con mayor demanda debido a la sobrepoblación en panteones, un costo menor y una mentalidad más abierta. Sin embargo, la cifra disminuye considerablemente en zonas rurales o rancherías. A nivel internacional, la cremación también se ha convertido en tendencia y países como Reino Unido, Suiza y Japón recurren a ésta por encima de la inhumación[1].

Curiosamente, existen otras alternativas menos convencionales y muy interesantes. Una de ellas son los ataúdes biodegradables, fabricados con cartón, bambú, papel, fibras vegetales, entre otros materiales, que contribuyen a reducir la deforestación y su precio es muy accesible. Aunque es una iniciativa relativamente nueva, concentrando la mayoría de sus fabricantes en Europa, hay casos de éxito en Latinoamérica. Restbox, por ejemplo, es una compañía argentina especializada en el desarrollo de estos productos. Esta empresa ofrece ataúdes que no contaminan el agua gracias a la ausencia de ceras, metales y barnices en sus materiales. El montaje se puede realizar en pocos minutos sin necesidad de utilizar herramientas especializadas o mano de obra calificada. También ofrecen el servicio de cremación, el cual sólo necesita la mitad de gas y de tiempo para completar el proceso.

Otro proyecto reciente con un valor altamente innovador es The Infinity Burial, creado por Jae Rhim Lee y Mike Ma. Se trata de un traje especial fabricado con hongos, mismos que actúan como agentes consumidores de células muertas filtrando los contaminantes durante el proceso de descomposición, propuesta que devuelve a la tierra el cadáver de una forma totalmente orgánica. Los diseñadores concuerdan que el mayor reto para su compañía ha sido el factor cultural y el miedo a la muerte. “Vender un producto que incita a la gente a confrontar su moralidad requiere más que sólo el uso de las tácticas usuales de marketing, distribución o ventas”, comenta Lee. Por ello han tenido que involucrarse en el proceso de la muerte de una forma mucho más íntima, acercándose a la toma de decisiones familiares y la planificación de los funerales.

¿Después de la muerte, qué? Al volver a mi cuestionamiento inicial, valdría la pena considerar este tipo de propuestas a favor de la sustentabilidad y empezar a planear nuestro deceso sin tabúes. Nuestra injerencia en el cuidado del planeta no termina cuando el corazón deja de latir; tal vez después de todo sea un buen punto de partida, un legado que confirme los principios personales más allá de la existencia terrenal.

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Foto: fastcoexist.

[1] Fuente: El Economista.