Arte

Opinión | Sangre pesada: profecía de venganza natural


Por Elena Piedra | Julio, 2019

Actualmente el Museo Experimental El Eco presenta Sangre pesada, de Naomi Rincón Gallardo (Carolina del Norte, E.U.A., 1979), videoinstalación que a través de diosas o demonios, tomas áereas y el cierre de una canción de punk, trata la explotación minera en Zacatecas y la destrucción de nuestros entornos. La pieza fue comisionada por la XIII Bienal FEMSA Nunca fuimos contemporáneos, edición en la que el certamen cambió por un programa curatorial para reflexionar sobre las “prácticas artísticas que revisan temas históricos y lenguajes artísticos populares, barrocos, coloniales y modernos”1 y vincular a la acción artística con la comunidad.2

Entre el grupo de 23 artistas en comisión, Rincón Gallardo realizó Sangre pesada, pieza que con un estilo inquietante cuenta una ficción especulativa, tejida de actualidad y tiempos ancestrales, de discursos vigentes y leyendas, para denunciar el daño que la minería y extracción de recursos causa en la tierra y en la vida (sin distinguir entre la vida humana y la que no).

Y es que Zacatecas, además de haber sido la sede de la bienal, de su riqueza en tradiciones, cultura e historia, es la entidad minera más importante del país. Con el primer lugar en producción de plata, plomo y zinc; segundo en cobre y tercero en oro, a estas fechas existen más de dos mil títulos de concesiones mineras en su territorio. La extracción de estos recursos implica el uso de sustancias como cianuro, mercurio y ácido sulfúrico; disolventes, gasolina y, por supuesto, el consumo de enormes cantidades de agua.3

Sobre esto cantan los personajes de Sangre pesada. De carácter híbrido y por pasajes ambiguos, cuatro seres enfátizadamente femeninos, formados por materiales endémicos y cosmovisiones prehispánicas, combinan elementos indígenas con estampados modernos de colores artificiales apelando a lo kitsch. Por un lado, está la mujer de los dientes de cobre que clama por el interior de la tierra, que liba, que se excita hundiéndose en una lujuria de ambición. Por otro, el colibrí, símbolo del equilibrio, del intercambio armónico con la naturaleza. Esperanzadoramente, se cuenta una profecía de venganza natural, de damas voraces que contarán los daños y transformarán el mundo algún día.

El video, plagado de niveles de sentido y referencias a otras formas de expresión —cine, música y danza—, se proyecta a tres canales que envuelven al público espectador en una pesadilla de escenarios derruidos, pulmones metálicos y ruinas húmedas que representan el abandono y la desolación.

Hay múltiples puentes que se tienden entre la obra y el contexto en que se crea. Zacatecas es una ciudad barroca, novohispana y moderna, con una amplia dinámica cultural. La videoinstalación se contrapone a las expresiones más clásicas y se atiborra de significados, denuncia las formas actuales de ejercer poder y, con un alto grado de complejidad, exhorta a borrar la distinción entre lo social y lo natural, ruptura propia de la modernidad.

La obra es coherente con el estilo y discurso de su autora; la relevancia del tema es obvia y, de hecho, trasciende su contexto. Una maldición del mineral que drena los cerros y la tierra y, a la vez, envenena el cuerpo a través de la vida que sobre ella crece, habla de más. Habla de los cuerpos que palpitan las ausencias, la desaparición de formas de vida —sea ya por muerte, extinción o imperialismos culturales—, de un mundo donde lo histórico y lo ecónomico suceden sin ningún respeto por la vida y las personas transcurrimos en un hacer que nos opone a todo, que nos vuelve depredadoras de nosotras mismas.

El tema a nadie puede ser ajeno. Menos ahora, a días de que Grupo México —la misma empresa que en mayo de este año derramó 20 mil litros de agua contaminada a un río de San Martín Sombrerete, Zacatecas, que en 2014 causó la mayor tragedia ambiental en el río Sonora y que lleva años acosando activistas ambientales en Perú— ha envenenado quién sabe cuántos kilómetros del Mar de Cortés con ácido sulfúrico.

Tanto en forma como en mensaje —si es posible delimitar uno solo—, la pieza es sólida. Es notable la estética rebelde, la afrenta a las lógicas convencionales, la inclusión de elementos musicales y su revoltijo de expresiones culturales. Su postura, permanentemente feminista, aparece vinculada al simbolismo de la tierra como madre, como mujer, como fuerza creadora que es ultrajada por el paso de las corporaciones extractivistas.

Este “contra-mundo” creado para hablar del entorno neo-colonial se logra en la continuidad de la investigación y experimentación artística de Rincón Gallardo. La narrativa encriptada grita una denuncia real. El punk, radical, agresivo y ruidoso; las danzas prehispánicas y las composiciones de metales y percusión, han de descifrarse en una reflexión urgente.

Sí, Sangre pesada incomoda hasta los huesos y obliga a mirar el despojo y daño en nuestra relación con el planeta, habla de la mezcla globalizada de las tradiciones y el consumismo desmedido. Invito a invocar a las damas voraces, protectoras del mundo, para que bajen a impartir justicia y a terminar con el hambre de cobre que llevamos todos.

Sangre pesada se exhibe hasta el 25 de agosto de 2019 en Museo El Eco.

Foto: Bárbara Lázara en Sangre pesada. Naomi Rincón Gallardo 2018.

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Reyna Paz Avedaño, “La Bienal FEMSA cambia su formato ya no habrá certamen” en La Crónica, 30 de agosto de 2018, consultado aquí.

Reyes Martínez Torrijos, “Difunden programa de la edición 13 de la Bienal FEMSA; habrá ‘corte de caja’”, en La Jornada, 30 de agosto de 2018, consultado aquí.

REMA y OMZac, “Zacatecas, enclave de extracción para beneficio de las naciones colonizadoras”, en Desinformémonos, 16 de julio de 2018, consultado aquí.

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Opinión | XIII Bienal FEMSA: La cohesión zacatecana

Entrevista | Willy Kautz